Mentir nos hace sentir mal al inicio, pero nuestros cerebros se adaptan

El estudio lo hizo la University College de Londres mediante un experimento en el que se incentivó a voluntarios a que mientan.

Los seres humanos podemos dejar de sentir remordimiento si mentimos constantemente. | Fuente: N+1

(Agencia N+1 / Daniel Meza)  A más mentiras, mayor es la pérdida de sensibilidad de nuestros cerebros hacia el acto de mentir, concluyó un estudio de la University College de Londres publicado en la revista Nature Neuroscience.

Tali Sharot, neurocientífica y coautora del trabajo y su equipo se preguntaron si nuestro cerebro podría desensibilizarse frente a la mentira del mismo modo en que nos acostumbramos a imágenes violentas o de horror. ¿Podría la culpa por mentirle a alguien disminuir con la práctica?

“Si mientes o haces trampa para tu propio beneficio, te hace sentir mal, respondió Sophie Van Der Zee, de la Universidad Libre de Amsterdam. “Pero si lo sigues haciendo, el sentimiento baja, por lo que eres más propenso a repetir el acto”.

Sharot y sus colegas realizaron un experimento en el que se incitó a los voluntarios que mientan. En la tarea, a cada persona se le mostró jarras de monedas, llenas en distintos grados. En tanto, mientras su cerebro era escaneado (usando Neurosynth, un método que utiliza imágenes de resonancias magnéticas), cada persona debía decirle un estimado a sus compañeros en otra habitación. Estos últimos, debían confiar en los estimados de los primeros.

En algunos rounds, una respuesta correcta significaría un premio económico para ambos participantes. En otros, sin embargo, al voluntario se le decía que una respuesta incorrecta resultaría en un premio económico más alto, pero una retribución menor para su par. Además, mientras más errada sea la respuesta, mayor sería el premio económico para el emisor. En otros rounds, las respuestas incorrectas beneficiaron al compañero, pero no al emisor.

Sharot halló que sus voluntarios se veían felices al mentir si esto significaba que sus compañeros se beneficiaban; no obstante, en estos rounds las mentiras se mantuvieron en el mismo nivel. Pero cuando se trató de mentiras que los beneficiaban a ellos mismos, la deshonestidad de los voluntarios crecía, cada mentira era más grande que la anterior. Por ejemplo, una persona podía empezar ganando una libra pero acababa mintiendo por el equivalente a ocho libras.

Los escaneos cerebrales mostraron que la primera mentira estaba asociada con un brote de actividad en las amígdalas, áreas envueltas en respuestas emocionales. Pero esta actividad disminuyó en tanto las mentiras progresaban. 

Sharot espera que su investigación ayude a evitar los espirales de mentira. “Si conoces los mecanismos de mentir, es posible que podamos evitar que gente actúe deshonestamente”, dijo. Una forma, cree la científica, es apelar a las emociones de esta persona para disparar los niveles de actividad en las amígdalas. “Si el gobierno quiere que la gente pague sus impuestos, deberían apelar a las emociones para conseguirlo”, dice.

El trabajo no dejó satisfecha a la neurocientífica Lisa Feldman Barret, de la Universidad Northeastern, quien (si bien reconoció el hallazgo como interesante) cree que enfocarse en la amígdala como fuente de emociones en el cerebro puede inducir al error. Otros estudios mostraron, dice la investigadora, que las amígdalas no son necesariamente factores críticos que evidencien emoción de los sujetos en estudio.

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