El debate sobre qué es y qué no es leche no ha perdido intensidad en la última semana. | Fuente: AFP

La precariedad normativa, el anhelo de enriquecerse más allá de toda medida o contrariándola o desobedeciéndola y la sinuosidad de las normas -que aquí normalmente están hechas para incumplirlas- han reabierto un capítulo que demuestra cuánto hay que trabajar para parecer un país en vías de desarrollo.

Por azar o por negligencia, -y ojo que ya no hablamos de los grandes proyectos, las idas y vueltas de la economía, los subterfugios de la política-, sino de la bienaventurada leche de cada día. El tema como es natural nos ha dejado perplejos porque si de algo se ufanaban los consumidores era de la leche evaporada, cuya elaboración está en manos de firmas con muchos años de actuación y una fama de seguridad y limpieza alimentaria.

Bueno, ya sabemos que se incluía en una variante de los productos lácteos una serie de añadidos que impedían una determinada proporción de leche natural, sana, sempiterna y se le ponían pócimas que podían reemplazarla parcialmente, con lo cual se bajaban los costos de la celebrada leche. Lo que se evaporaba era la honradez informativa. Es decir, no se rendía cuenta en los complejos y oscuros callejones de las advertencias sobre los componentes de la "evaporada" que en la práctica no lo era. No lo es, porque todavía se siguen vendiendo esos productos.

Al incendiarse la pradera, se advirtió que ese tipo de irregularidades se multiplicaba en varios otros alimentos y, con presteza, se anuncia que se modificará el etiquetado con las instrucciones de los productos alimenticios.

Hágase la luz. ¿Quiere decir que estamos hasta hoy a ciegas sobre lo que consumimos en envasados alimentarios, harinas cuáqueres y otras minucias? Es verdad que se incluye una información técnica, con un tipo de letras que nos anuncia su ilegibilidad. Y aunque fueran tipos legibles, tampoco entenderíamos porque está concebidos bajo un frío tecnicismo. Y, con franqueza, un comprador habitual de productos industrializados no es un químico farmacéutico, ni inquisidor químico, ni un nutriente tan avispado.

Es más, no es la primera vez, ni será la última, que gobiernos que velan por el bienestar de lao ciudadanos hayan procurado normas en protección consumidor: hace 4 años, por ejemplo, se dio una ley de alimentación saludable con el objetivo de exigir un nuevo etiquetado de los productos.

¿Estuvo vigente desde entonces? Por cierto que no, la gracia es acrecer la lista de los incumplimientos. A raíz del escándalo de la semana pasada, ahora el ministro aparece con una voluntad de operar de inmediato. Y para que no haya dudas, tranquiliza a los productores señalan que ello no demandará gastos a las empresas. Para culminar, permanezca tranquilo porque también se añade que próximamente se aprobará un reglamento de la leche. No de la mala, ojo.

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