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En primer lugar, el incremento de los estrógenos puede dar lugar a cambios en la capacidad del cerebro para aprender y tomar decisiones. Con respecto a la progesterona, los estudios indican que genera un aumento en la expresión de proteínas del citoesqueleto (entramado de proteínas que proporcionan soporte interno a la célula) de la región del hipocampo. Esto puede implicar una mayor plasticidad de las sinapsis, las conexiones entre las neuronas.
En el cerebro de la mujer embarazada se incluye una reducción del volumen de la sustancia gris, la zona del cerebro formada principalmente por los cuerpos neuronales. Además, aumenta el ancho de los surcos y el tamaño de unas cavidades llamadas ventrículos, al tiempo que disminuye el espesor y la superficie de la corteza. Sin embargo, tras el nacimiento del bebé se revierten esas modificaciones y vuelve a crecer el cerebro. Si bien la pérdida de materia gris parece a primera vista perjudicial, supone todo lo contrario: esta merma puede representar un ajuste fino de las conexiones.
Agrandamiento de la amígdala, aumento del tamaño de la glándula pituitaria, disminución del volumen del hipocampo, aumento de la actividad del precúneo e incremento en la actividad del giro cingulado, la corteza prefrontal y la corteza orbitofrontal.
Las alteraciones, que favorecen los procesos socioafectivos, se pueden entender como una ventaja adaptativa. La cognición social mejorada promueve el vínculo maternofilial y ayuda a la madre a cuidar a su bebé y a reconocer sus necesidades mediante la decodificación de los sonidos y llantos infantiles. Además, permite a la progenitora interpretar los estímulos sociales que puedan anunciar una amenaza.
Se necesita más investigación al respecto, ya que en el último siglo solo se han realizado unas pocas docenas de estudios explorando el impacto del embarazo en el cerebro femenino. Además, estos trabajos se han llevado a cabo en un reducido número de mujeres.The Conversation