Crítica | Blade Runner 2049: casi humanos

La secuela del clásico de la ciencia ficción es una película oscura y fascinante sobre un futuro con crisis de identidad.

Título original: Blade Runner 2049| Director: Denis Villeneuve | Año: 2017 | Duración: 163 minutos. | Fuente: Sony Pictures

El mayor acierto de Blade Runner 2049 es la elección de su director. El canadiense Denis Villeneuve consigue que esta secuela mantenga la misma atmósfera de la película original de los años ochentas y a la vez le aporta su sello. El estilo de Villeneuve para contar la travesía de personajes frente a un misterio  ha calzado perfecto con el mundo de Blade Runner: un futuro de autos voladores, anuncios publicitarios que parecen tener vida propia y androides rebeldes y sentimentales, pero en el que se esparce una soledad territorial, que lo abarca todo. Más que una historia de ciencia ficción, el universo de Blade Runner refleja un estado espititual.

Como en la cinta de 1982 la trama se puede definir en pocas palabras. En aquella cinta, un grupo de replicantes, unos seres diseñados a imagen de los humanos, había escapado hacia la Tierra y un agente llamado Deckard (Harrison Ford), un blade runner, tenía la misión de matarlos. Ahora el cazador se llama K (Ryan Gosling) y tiene la misión de encontrar a viejos replicantes que aún están prófugos, pero en el camino se topará con un detalle que indicaría que estos han evolucionado al nivel de los humanos y esa búsqueda lo enfrentará con su propio origen. También volverá Deckard para comprobar que el pasado no se ha ido. El ritmo que toma la cinta es el mismo que moviliza a K, quien también es un replicante. Es por eso que la sensación siempre es introspectiva. Aunque este es un mundo dominado por la tecnología sus habitantes transitan calles desoladas y oscuras, o ciudades abandonadas. Y entre ellos K investiga, persigue pistas, con las dudas de quien en el fondo no quiere saber la verdad porque será desoladora.

¿Qué es lo que nos hace humanos? Esa es la gran pregunta de esta película y de la estrenada hace 35 años. En este futuro una corporación ha sido capaz de crear a seres que se camuflan entre la gente como cualquiera, y que tienen un concepto elevado de la libertad, porque no la poseen completamente. En el fondo viven preguntándose por el sentido de la existencia, cuestionando si lo que vivieron pasó en realidad o son recuerdos falsos, implantados en una fábrica. Es decir, los replicantes de este futuro son los humanos de hoy. No es por eso extraño que la novia de K sea una muchacha en holograma (Ana de Armas), un producto a la medida de la soledad, una compañera que protege secretos, decifra lo que uno no puede, que captura emociones y sentimientos. Acaso tan parecido a lo que algunos sienten por su celular.

La estupenda dirección de fotografía de Roger Deakins crea la atmósfera que le da sentido y continuidad a la historia original. Punto aparte para Benjamin Wallfisch y Hans Zimmer en la música que remite a la banda sonora de Vangelis que se volvió legendaria. Y todo se enriquece con el punto de vista del director Denis Villeneuve y sus ambientes sombríos y sus largos planos con personajes confundidos. Blade Runner 2049 es una cinta de ciencia ficción, con las reglas del género, pero sin las estridencias de los efectos especiales. Está en cambio contada desde el silencio y con los pasos lentos de una marcha final. Quizá le sobran minutos y cierta solemnidad y frialdad afecten su ritmo, pero Blade Runner 2049 es arte cinematográfico.

Como la original cinta de culto de 1982, Blade Runner 2049 es una película atípica en el género de la ciencia ficción. Harrison Ford vuelve como un sobreviviente en un mundo de replicantes. | Fuente: Sony Pictures
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