Esta es mi vieja ‘pley’. La saqué de su caja después de muchos años. | Fuente: Más Consolas

A lo largo de mi vida como gamer, he vivido mil y un anécdotas. Algunas buenas. Otras no tanto, como la que les voy a contar hoy. Y es que a veces aprendemos, a la mala, que lo barato sale caro.

Era el año 2007. Mayo, si mal no recuerdo. La PlayStation 3 ya estaba en el mercado. La quería. Pero hace una década, traer algo de Estados Unidos no era tan sencillo como hoy. Y el precio en las tiendas formales estaba por los cielos. Así que decidí comprar la consola en Polvos Azules.

Compré el modelo de 80 GB, aquel que venía con MotorStorm de regalo. De hecho, fue el único juego que tuve por varias semanas, ya que mis ingresos no me permitían comprar otro título. Le agarré el gusto al juego de Evolution Studios y lo exprimí todo lo que pude.

Pero, de pronto, algo salió mal. Un día coloqué el disco en la consola y esta no lo reconocía. No habían pasado ni dos meses desde la compra de la consola y algo había pasado con el lector. No leía ni juegos ni películas. Ya se imaginan cómo me sentía, teniendo en cuenta la gran inversión que había hecho.

Casi inmediatamente llevé la consola hasta la tienda donde la había comprado, y le expliqué el problema al vendedor. A continuación reproduciré -palabras más, palabras menos- la conversación que tuve con él luego que le pidiera una solución:

Vendedor (V): Mira, amigo, no eres el primero que viene con ese problema. Al parecer es un lote defectuoso de la ‘pley’ y sus lásers están quemándose.
Fernando (F): Pucha, entonces, aplica la garantía. Me cambiarás la consola, supongo.
V: No. Acá el problema no es mío. Es de PlayStation. Ellos tienen que responder.
F: Pero quien me vendió la consola eres tú, y me dijiste que tenía garantía.
V: Sí, pero la garantía no la doy yo, la da PlayStation.

Se imaginarán que a esas alturas, ya estaba incómodo y sentía que me estaban estafando. Pero lo que vino fue de campeonato.

V: La solución es fácil. Hacemos que PlayStation asuma. Le llevamos la consola, ellos la revisan. Y como es un problema de su consola, te cambian el láser o fácil te dan una consola nueva.
F: Está bien, ¿pero cuánto tiempo demorará?
V: Un mes, fácil. Es que hay que llevar la consola a Estados Unidos. Tú entiendes, ¿no?
F: Pucha, un mes. Bueno, si me garantizas que el problema quedará solucionado, caballero.
V: Ok. Pero tú tienes que pagar el envío de la consola hasta Estados Unidos. Yo hago todo el trámite. Te saldrá 100 dólares.

Me quedé mirando al vendedor estupefacto. No creía lo que me estaba diciendo. Sin inmutarse, me había dicho que yo tenía que pagar 100 dólares, aparte de lo que ya había pagado por la consola, para solucionar mi problema. ¿Qué clase de garantía es esa?

No accedí y llevé la consola a casa, ya que el vendedor no me daba otra solución. A los días, un amigo cercano -que le compró al mismo vendedor- tuvo el mismo problema con su PlayStation 3. Lo acompañé a reclamar, y la misma historia: pagar cien dólares para que lleven la consola a Estados Unidos y ahí aplicar la garantía. O al menos esa era la historia que nos contaron.

Pero en esta oportunidad, el vendedor salió con una alternativa: “Mira, hay esta opción. Acá en el sótano, los técnicos te pueden cambiar el láser por 100 dólares y la consola queda como nueva. Y esta misma tarde puedes estar jugando”.

Sería por las ganas de jugar, por el temor de que la consola nunca regrese de ese hipotético viaje a Estados Unidos o por la desazón de ya haber desembolsado una fuerte suma y no disfrutar del producto, pero mi amigo accedió.

El hombre nos llevó al sótano de Polvos Azules, a un puesto pequeño. Se acercó a la persona que atendía e intercambiaron unas palabras. Luego se dirigió a nosotros. “Ya está acordado, le pagan a él nomás”, nos dijo y se fue.

El técnico desarmó la consola, cambió el láser y la ensambló. La probó y todo funcionó nuevamente. Motivado por eso, yo también llevé mi consola al técnico. Nunca me reconocieron la garantía. Lección aprendida: lo barato sale caro.

La ‘pley’ reparada me duró casi dos años antes de volver a fallar. No la llevé al técnico. Compré una PlayStation 3 Slim en una tienda formal. La vieja ‘pley’ la metí en su caja y la dejé en un lugar visible de mi dormitorio, como un recordatorio de que nunca más debo comprar una consola en Polvos Azules.

PD: La semana pasada participé en el podcast de Cultura Parallax, en el que hablamos de la PlayStation 3. Los participantes compartimos las historias de cómo conseguimos nuestras consolas, y debo decir que varios tuvieron problemas similares al mío.

Recuerdo que el primer MotorStorm tenía una genial banda sonora. El juego era más que aceptable. | Fuente: Más Consolas
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