¿Sabías que hay más de 1 millón 300 mil peruanos que no pueden cubrir el costo de una canasta básica de alimentos? Frente a una realidad donde un sector importante de la población no tiene acceso a alimentación, las ollas comunes se han convertido en el gran ejemplo de lo que se puede lograr en comunidad.

En nuestro país, la evidencia de la solidaridad comunitaria para enfrentar las crisis data de hace muchos años. Las ollas comunes nacieron como un antecedente a los comedores populares, cuando las esposas de obreros, campesinos y maestros las organizaban en los paros y huelgas sindicales. Más tarde, en 1978 surgirían los primeros comedores populares creados por mujeres de diferentes barrios como una alternativa para reducir el costo de la alimentación familiar. Actualmente, estas organizaciones –clubes de madres, comités de vaso de leche, comedores populares autogestionarios, cocinas familiares y centros materno-infantiles– ya cuentan con un marco legal que las ampara y les permite acceder a recursos del Estado.

 

Para sacar adelante a una olla común, sus socios o integrantes deben dividirse tareas como la compra de alimentos, recojo de donaciones, distribución de alimentos para la semana, cocina y despacho de menús. Además, en este tipo de organizaciones, el rol de los líderes es vital, pues son quienes las gestionan y sostienen, poniendo en práctica habilidades de administración, salubridad y nutrición.

Según la Defensoría del Pueblo, el 36% de los integrantes de una olla común dedica de 5 a 6 horas al día a estas labores.

En el 2020, las familias más vulnerables del Perú se vieron afectadas por la pandemia de la Covid-19, una crisis que generó el aumento del desempleo y la pobreza. En este contexto, se reactivaron ollas comunes que ya habían existido previamente y nacieron otras nuevas. Sin embargo, pese a que las ollas comunes son un recurso solidario importante para muchos peruanos, la escasez de recursos económicos limita sus posibilidades de abastecimiento y pone en riesgo su subsistencia.

“Las ollas comunes cumplen un rol fundamental en la supervivencia de muchas familias, pero el 72% no cuenta con los recursos suficientes para brindar más de una comida caliente al día, siendo esta comúnmente el almuerzo.” – Defensoría del Pueblo

Pensando en la importancia de las ollas comunes del Perú, Alicorp ha lanzado «Ollas Que Desarrollan», una iniciativa que busca unir esfuerzos junto a diferentes aliados para convertir a las ollas comunes en organizaciones sostenibles en el tiempo. El programa, impulsado por Alicorp y gestionado por la ONG Juguete Pendiente, no solo busca facilitar el acceso a productos de la canasta básica a través de donaciones, sino también equipar sus lugares de trabajo y fortalecer sus capacidades para que puedan crecer y continuar ayudando a más familias.

 

Las ollas comunes salen adelante gracias a sus líderes y socios, quienes día a día garantizan que un sector importante de la población pueda satisfacer sus necesidades alimenticias. Hoy te contamos las historias de algunos líderes a lo largo de diferentes regiones del Perú:

 

En Cusco, a 18 kilómetros de Ollantaytambo y a más de 3.800 ms.n.m., se encuentra la comunidad campesina originaria de Patacancha, conformada por 210 jefes de familia y un total de 800 habitantes. Aquí vive Daniel Machaca Yupanqui, quien con solo 36 años ya es presidente de su comunidad.

Hasta hace un tiempo, en Patacancha no existía el término ‘olla común’ y todo tipo de trabajo comunitario se conocía entre los vecinos como ‘minka’ o ‘ayni’, tal como lo llamaban sus ancestros. Entre ellos se reunían para preparar la merienda, comer juntos y confraternizar en fechas especiales; hasta que llegó la pandemia y lo cambió todo.

En medio de una crisis que afectó a todo el país a nivel sanitario y económico, la disposición de esta comunidad cusqueña para lograr el bienestar colectivo se hizo evidente y así nació su olla común. En su organización, cada día 10 miembros de la comunidad –hombres y mujeres– se ofrecen como voluntarios para cocinar el menú completo: sopa, segundo y matecito para acompañar. Todo esto es preparado con insumos que son resultado de la cosecha o de lo que logran reunir en la feria comunal, donde intercambian sus productos por los de la ciudad.

Desde la pandemia, cada vez les es más difícil acceder a buenos productos para alimentarse; sobre todo porque se dedican esencialmente a la agricultura, una actividad que no les genera ingresos diarios. “Trabajamos una vez al año nuestra campaña de papa, la vendemos y con eso debemos mantener a nuestra familia hasta el siguiente año”, explica Daniel Machaca.

Entre las principales preocupaciones de Patacancha está el bienestar de los 230 niños de la comunidad, que necesitan estar bien nutridos para desarrollarse adecuadamente. Por otro lado, a los mayores también les gustaría fortalecer sus capacidades y generar ingresos suficientes con su propia producción, pues trasladarse a otras ciudades en busca de trabajo implica separarse de sus familias por largos periodos.

Para Patacancha, el programa Ollas Que Desarrollan es la mano amiga que tanto necesitaban para emprender la iniciativa. “Somos una zona alejada del centro de las ciudades y pocos llegan a visitarnos. Estamos muy unidos y muy agradecidos, sabemos que podemos progresar”, dice Daniel en nombre de toda la comunidad.

 

Magda Eugenia Marquina nació en Cajamarca –como sus padres– pero a los 15 años se mudó a Ancón, en Lima, con su mamá y sus hermanos. Ahora, Magda vive con su esposo en su propia casa y es líder de la olla común “María Fe”.

Antes de la pandemia, Magda se dedicaba a vender todo lo que pudiera comercializar de manera ambulante en los mercados cercanos a su hogar, principalmente en el “Huamantanga” de Puente Piedra. Sin embargo, la crisis sanitaria la golpeó a ella y a su comunidad, obligándoles a pensar en una forma de ayudarse entre todos. Así, el 5 de mayo del 2020, nació la olla común “María Fe”.

“El trabajo empieza desde las 6 de la mañana y sigue hasta las 4 de la tarde, ya que no solo es cocinar, sino también es comprar y limpiar”, cuenta Magda, quien como líder conoce a detalle todas las labores de la organización. A diario atienden a alrededor de 100 personas, incluyendo a quienes no tienen la posibilidad de colaborar por el plato de comida.

En el camino, Magda y sus socias se han encontrado con los retos de gestionar una olla común: no tener un sitio fijo donde cocinar, falta de acceso al agua de manera permanente, conseguir los insumos y trabajar con utensilios prestados. Además, durante la época más dura de la pandemia, con mucho miedo y escasa información sobre la Covid-19, su principal desafío fue llevar alimento a las familias que se enfermaban. “Poníamos la comida en bolsas y la dejábamos en las puertas. También teníamos que ayudar a quienes perdían a sus familiares”, relata.

Para esta organización comunitaria con muchas ganas de crecer, el apoyo de Ollas Que Desarrollan ha sido vital, sobre todo porque así pueden atender a los más vulnerables. “Los niños deben tomar un buen desayuno y, ahora que están regresando al colegio de manera presencial, queremos que al salir de estudiar encuentren un almuerzo listo”, finaliza Magda.

 

Gelsy López tiene cinco hijos y los mayores, como muchos peruanos, tuvieron que conseguir un trabajo apenas terminaron su educación secundaria. Dedicada a la venta de golosinas de manera ambulatoria, el día a día de esta familia consistía en conseguir algo básico para vivir: la alimentación. Sin embargo, no era la única en esta situación y junto a sus vecinos formó su propia olla común en el 2019.

La olla común se construyó a base de mucho esfuerzo de cada participante, quienes fueron reuniendo ollas, cucharones y organizando ‘picaronadas’ con el fin de conseguir el dinero necesario para los insumos. No obstante, con la llegada de la pandemia y las medidas de restricción, todo cerró y afectó a las personas más vulnerables del lugar, como los adultos mayores que viven solos. “Fue una situación muy triste porque todos nos encerramos y pensábamos mucho en las personas mayores, hay señoras que nos preocupaban porque nos recordaban mucho a nuestros padres”, cuenta la líder.

Si bien es cierto que, con las medidas de prevención y las vacunas, se ha ido construyendo una nueva normalidad donde otra vez se pueden encontrar entre vecinos y cocinar para la olla común, sus necesidades no han cambiado y quedan carencias por solucionar. Por ejemplo, ahora durante el invierno, además de hambre muchas familias pasan frío por vivir en casas construidas con materiales no adecuados.

Gracias al programa Ollas Que Desarrollan, las familias que son beneficiarias de la olla común de Gelsy López tienen asegurado el alimento por tres meses. Además, ahora logran ver una oportunidad de desarrollo gracias a las capacitaciones, donde aprenden a gestionar su organización y se proyectan a emprender en nuevos negocios. “Nos hemos convertido en una sola familia, es un solo asentamiento humano y el problema de uno, es problema de todos”, recalca Gelsy.

 

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Ova Arias es de Pasco, tiene 36 años y es madre de un pequeño de cuatro. Hace media década, llegó a Santa Rosa para ocupar el terreno que le dejó su mamá cuando enfermó, en una época donde en la zona no se entregaban títulos de propiedad. Pensando en su futuro, ese mismo año y con mucho esfuerzo, postuló a la Universidad Mayor de San Marcos e ingresó. Ahora, gracias a su trabajo y el de su esposo, tiene un negocio con materiales de drywall para solventar sus gastos.

“He sido beneficiaria del Vaso de Leche y estuve a cargo de su gestión, ayudando a mejorar la calidad de vida de los vecinos”, cuenta Ova. Sin embargo, el 16 de marzo empezó la pandemia y el número de familias vulnerables creció: si al inicio entregaban desayuno a 25 niños empadronados, pronto tuvieron 89 familias necesitando alimento. Pensando en hacerle frente a esta situación, el 9 de abril del 2020, nació la olla común “Hijos de Villa Hermosa”, con ocho hombres asumiendo la labor de cocinar.

“Mi pareja y yo decidimos dar nuestro hogar para apoyar a familias que muchas veces no comían por varios días. Así, en la casa de mi mamá, abrimos la olla”, narra. Cuando todos tenían miedo de la Covid-19, la olla común recibía sin temor a los vecinos para darles alimento gratuitamente, pues los insumos los obtienen a través de donaciones. “Hemos pedido apoyo y nos han entregado con mucho cariño lo que han podido. Comemos menestras de 3 a 4 veces por semana y hasta hemos llegado a cocinar 36 kilos de arroz y un saco de lentejas por día”, agrega Arias.

Ollas Que Desarrollan también llegó al distrito de Santa Rosa para entregar donaciones y capacitar a los líderes de la zona. “Las fases del programa son interesantes, con las capacitaciones deseamos que todos se eduquen y mejoren. Dentro de mi comunidad hay mamás con niños pequeños que quieren trabajar y ahora con sus nuevas habilidades podrán reactivarse económicamente”, concluye Ova.

 

A menos de una hora de Piura se encuentra Paita, un puerto donde las familias se solventan económicamente a través de la pesca. En un asentamiento humano de esta zona vive Katherine Morante, líder de la olla común “Ampliación Miraflores”.

La historia de esta olla común empezó a raíz de la pandemia, cuando las familias se vieron obligadas a suspender su trabajo como pescadores. Ante esta situación, con la solidaridad, unión y ganas de emprender que caracteriza a cada miembro de la comunidad, fueron aportando dinero para la 'chanchita' o colaborando con insumos como pollo, huevos, latas de atún, entre otros productos dentro de sus posibilidades. “Al inicio, cocinábamos solo a leña y nos reuníamos por turnos en la casa de un vecino, donde nos hicimos una gran familia. Luego fuimos creciendo y hasta nos prestaron una cocinita”, cuenta Katherine.

Durante los meses más críticos de la emergencia sanitaria, algunas iglesias apoyaron a esta olla común con donaciones; sin embargo, desde este año no cuentan más con esta ayuda. “Fue chocante dejar de recibir ese apoyo porque aún no nos podíamos reactivar económicamente, pero lo vimos como un empujón para sacar lo mejor de nosotros y nos fortaleció”, agrega. De esta manera, empezaron a vender refrescos y comida –como papa a la huancaína y papas rellenas– a los negocios cercanos para reunir fondos.

Para las socias de la olla común “Ampliación Miraflores”, esta ha sido una oportunidad para conocerse, aprender y sacar su lado más humano. “Nacimos por la necesidad de los alimentos, ahora estamos en un local comunal y somos felices de acompañar a todos”, expresa en nombre de su comunidad.

 

Las historias de Daniel, Magda, Gelsy, Ova y Katherine demuestran que, con un esfuerzo articulado entre diversos sectores, es posible construir un modelo de trabajo que seguirá ayudando a miles de familias peruanas en los próximos años.

 

¡Tú también puedes apoyar! Junto a Juguete Pendiente, la compañía invita a personas, empresas y organizaciones a sumarse y ser un aliado por el bien de las ollas comunes. Ingresa a www.ollasquedesarrollan.pe.

 

 


 

 

Fuentes usadas en este reportaje: