La dureza de la migración: integrar la familia a través de un locutorio

Según las estadísticas, la migración peruana tiene rostro femenino y maternal; la mayoría de las madres migrantes "integran" a su familia a través de un locutorio.
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 PERUANOS EN EL EXTERIOR  comparte extractos de un informe de Lucía Alvites, consultora del proyecto "Perú Migrante", sobre las madres e hijos que se "integran" a través de un locutorio, el único nexo que mantiene "viva" la relación familiar.

Las cifras

El Perú cuenta con más de 3 millones de emigrados/as, la mayoría mujeres con el 50.4%, aumentando al 65% en algunos países de destino como Chile y España. Alrededor de 70% de ellas está en edad laboral y fértil (18 a 39 años), por lo que cerca de medio millón son madres con hijos/as en Perú, en el lugar de residencia o en ambos.

Madres del locutorio

No es sólo un cambio de cantidades, a diferencia de antes en que migraban acompañando a un hombre, ahora son protagonistas autónomas de su cambio geográfico y biográfico, solas o como jefas de núcleo familiar. 

Uno de los lugares claves donde se expresa esa dimensión subjetiva, donde se pone nombre propio a las cifras, y se evidencian estas resignificaciones de las relaciones familiares es el locutorio. Cabinas individuales estrechas, con espacio para una sola persona, que cuentan con un teléfono y un contador de tiempo de la llamada, divididos por paneles livianos de madera y vidrio, donde estas mujeres ejercen periódicamente, casi siempre los fines de semana, su rol y función de madres, sostenedoras de hogares y familias a cientos de miles y a veces millones de kilómetros de distancia. 

Sentimientos encontrados

Mujeres que viven el desarraigo, la nostalgia, la depresión, la preocupación constante y la culpa por haber dejado a los/as hijos/as en el país de origen, como costo para garantizarles un presente y un futuro. A muchas las lleva al abuso de recreación, alcohol, drogas, o en la búsqueda del esquivo apoyo y/o amor caen en la promiscuidad que viene acompañada de ETS o VIH. Otras, en cambio, sufren la negación de sí mismas, privándose de la recreación, que deviene simbólicamente en signo de irresponsabilidad y de falta del sacrificio esperado que justifica el movimiento migratorio: “Yo casi nunca voy a fiestas, el sábado pasado fui, pero casi no voy, porque yo he venido a trabajar y a ahorrar. Yo cómo voy a estar bailando en la fiesta, y mi mamá cuidando a mi hija, mi mamá de ahí llama y mi amiga le dice se ha ido una fiesta, y ella me dice, Nancy ¿cómo vas a ir a la fiesta? yo cuidando a tu hija y tu bailando, así no es la cosa…” (Nancy, 37 años, 5 años en Argentina, una hija en Perú).

Ahorrar para enviar remesas

En muchos casos se auto explotan, viven en pésimas condiciones de salud, vivienda y alimentación, con el único objetivo de ahorrar para enviar remesas en dinero a casa, evitar el riesgo de la deportación o incluso simplemente estar ocupadas y no pensar para que “no las ahogue la nostalgia y la pena”. Un ejemplo claro de esto son las trabajadoras del hogar “cama adentro”, que deciden no alquilarse ni por el fin de semana un cuarto para ellas, aceptando vivir de lunes a domingo dentro de la casa donde laboran, encierro que implica fuerte explotación laboral y es causa de ansiedad, desesperación y hondas depresiones. 

Oportunidades de desarrollo

Sin embargo, también existe la contraparte a estas situaciones. La esperanza, los sueños y los planes se alimentan de novedosos crecimientos, emancipaciones y oportunidades. Y es que la migración es también la posibilidad de autonomía biográfica, de poder ser ellas en referencia a sí mismas y no al otro masculino. Algo sumamente importante es la independencia económica y el rol de proveedoras que asumen, lo que les permite un mayor nivel de decisión en el hogar así sea a distancia.

Los hijos del locutorio

Al otro extremo del cordón umbilical del locutorio, encontraremos a los niños y niñas, el anclaje principal de las madres con su país de origen. Viviendo la ausencia física y la presencia emocional y operante de la madre, que está, paradojalmente, lejos pero presente, por y para ellos/as. Sin embargo son los/as menos tomados en cuenta a la hora de decidir migrar. Aunque parecen más maduros para su edad y muestran gran apego a quienes los cuidan y crían, en su mayoría la abuela, sus silencios, gestos y palabras revelan heridas y dolores de la ausencia, aunque la saben necesaria: “Para trabajar porque acá no tenía trabajo… paga mi colegio y mis cosas, a mi abuela le manda y para eso trabaja” (Daniel, 11 años, Lima, su mamá lleva 5 años en Brasil). No parecen querer hablar de las dificultades de esa doble autoridad, aunque las propios madres y familiares si la reconocen. 

Madres e hijos/as de locutorio son las dos caras de un mismo proceso de reconstrucción en que no existe un único modelo de familia migrante, sino un interminable laberinto de posibilidades y dinámicas, tantas como personas que viven la movilidad. Migrar es un acto fundamentalmente familiar, que involucra e impacta a la familia y desde la familia a las sociedades y poblaciones en su conjunto, las que se van, las que se quedan, las que ven pasar, las que llegan y las que ven llegar, las que regresan y las que ven regresar.