Un salto al vacío de 15 minutos, cinco de ellos en caída libre, con velocidades de más de 1.100 kilómetros por hora y temperaturas de 68 grados bajo cero, como el que realizó  el austríaco Felix Baumgartner, supone someter al organismo a unas condiciones extremas que pueden ser fatales.

Los riesgos empiezan ya con el ascenso en globo hasta la cota de 36.576 metros. A los 19 kilómetros se cruza la llamada línea de Armstrong, a partir de la que la presión atmosférica es tan baja que el agua se evapora.

Jonathan Clark, jefe médico de la "misión estratos", compara lo que pudo ocurrir con la sangre y los tejidos de Baumgartner con la explosión de burbujas que se produce al abrir una botella de gaseosa.

"Eso puede causar la muerte muy rápidamente", advierte el experto, en declaraciones que recoge la radiotelevisión pública austríaca ORF.

La baja presión implica otros riesgos, como que los gases acumulados en el cuerpo se expandan (por eso el saltador evitó los alimentos con fibra antes de la misión) o se produzca una embolia por la formación de burbujas en el riego sanguíneo.

Para evitar problemas, Baumgartner contó con un traje presurizado que, aparte de proteger de las bajas temperaturas, mantuvo estable la presión alrededor del cuerpo del austríaco.

El traje, sin embargo, difiere de los usados por los pilotos de avión, ya que dejó al austríaco suficiente movilidad y visibilidad para poder moverse y "bucear" en el aire durante su caída.

Tras saltar al vacío, el cuerpo de Baumgartner tardó unos 30 segundos en alcanzar 1.110 kilómetros por hora, lo que a esa altura le permitió romper la barrera del sonido.

Esa enorme aceleración fuee uno de las mayores preocupaciones del equipo de la misión, ya que se sabe que la colisión de ondas de choque puede alterar o incluso romper objetos.

Pero durante un descenso de 15 minutos de duración total pudieron pasar más cosas, como que Baumgartner perdiera el control y la caída libre degenere en una caída en barrena o en espiral.

En ese caso, si el eje de rotación se hubiera fijado en los pies, la acumulación de sangre pudo provocar que el austríaco pierda el sentido. Si la sangre se desplazaba a la cabeza, el peligro era mayor, con posibles hemorragias cerebrales y en los ojos.

Si se daba esa situación, Baumgartner contaba con un paracaídas que se abriría automáticamente para estabilizar la caída si la barrena dura demasiado tiempo o es demasiado intensa.

La galería de posibles horrores era aún más larga. Un aterrizaje descontrolado o demasiado violento; la intensidad de la radiación ultravioleta o incluso que una apertura prematura del paracaídas ralentice el descenso hasta el punto de que al saltador se le acabe el oxígeno.

EFE