"No es sexista usar género masculino en todos los casos"

Algunos especialistas acusan que cierto uso del lenguaje castellano tiene una impronta machista. El lingüista Gonzalo Ramírez profundiza sobre esta polémica.

El uso cotidiano del lenguaje en el centro del debate. | Fuente: Ilustración / Deposit Photo

Escribe: Gonzalo Ramírez Herrera | Lingüista y Filósofo.

Existe una intuición, ampliamente difundida, en la que se asume que nuestra visión del mundo está determinada por las categorías de la lengua que utilizamos. A esta se le conoce como la hipótesis Sapir-Whorf (1940). Esta idea, debatida desde su presentación1, suele reaparecer cada cierto tiempo: la más reciente fue la polémica en torno al uso del género gramatical en el castellano formal y su relación con la visibilización de la mujer en ámbitos laborales.

El debate

Diversas guías de uso del castellano en España y América comenzaron a practicar cierto tipo de “higiene verbal”, con el fin de “visibilizar a la mujer” dentro del ámbito laboral. Esto, sin duda, motivado por la evidente asimetría que existe entre los hombres y mujeres en un espacio de trabajo. Con esto me refiero a la diferencia injustificada de sueldos, posiciones laborales inaccesibles para las mujeres, poco desarrollo en sus profesiones, etc. En esta línea, las empresas sugerían que se optara, por ejemplo, por desdoblamientos en los correos: [señores y señoras] en los encabezados, en lugar de únicamente [señores].

Asimismo, se sugería utilizar mayoritariamente determinantes sin marca de género, así en lugar de [los interesados] se sugería utilizar [cada interesado] o sencillamente, suprimirlos, como en [fui con unos colegas profesionales]. También se conminaba a usar preferentemente nombres colectivos, como [profesorado] o [alumnado] en vez de [profesores] y [alumnos]; o también construcciones metonímicas como [la juventud] en caso de [los jóvenes]. La idea, como es evidente, era reducir el uso del género masculino y buscar expresiones que permitan mencionar los dos géneros.

Posición del feminismo

Las posturas feministas plantean que no seguir estas recomendaciones es emplear un lenguaje sexista: un lenguaje que excluye a uno de los dos géneros. Su argumento más poderoso es una versión simplificada de la hipótesis Sapir-Whorf mencionada líneas arriba: para ellos, los usos gramaticales no son algo superfluo y sí contribuyen con el objetivo de visibilizar a las mujeres. Estos manuales indican que: “[H]ay que recordar, (…) que diversas teorías mantienen que el lenguaje utilizado modela comportamientos y conductas personales y colectivas, porque son la base de nuestro imaginario personal y colectivo”. 

También indican que no quieren cambiar la gramática ni van en contra de ella: solo quieren cambiar las conductas “discriminatorias” que hay en los usos cotidianos. Plantean que el argumento de economía lingüística (usar menos para decir más) es insuficiente y no hay evidencias claras de su pertinencia, por lo cual los hablantes podrían modificar sus usos sin problemas. Por último, en Perú, el Plan Nacional de Igualdad de Género 2012-2017 establece como Objetivo Estratégico: “Fortalecer una cultura de respeto y valoración de las diferencias de género” y que esto tiene lugar gracias a las sugerencias en los usos antes mencionadas. En resumidas cuentas: si cambiamos nuestros usos gramaticales de género, estaremos contribuyendo con el objetivo democratizador propuesto.

La voz de la RAE

Ignacio Bosque, conspicuo lingüista español, presentó un informe sobre esta controversia. Su postura fue, principalmente, crítica. Bosque indica que si bien los manuales de lenguaje no sexista parten de premisas verdaderas, su conclusión no lo es. Revisemos. La primera premisa sostiene que existe discriminación hacia la mujer, lo cual es un hecho innegable para todos. La segunda indica que sí existen comportamientos verbales sexista, lo cual también es correcto. La tercera plantea que existe toda una importante política en las empresas por erradicar el lenguaje sexista de dicho ámbito o en el ámbito académico, donde se sugiere actualmente evitar el uso únicamente de la inicial del nombre porque se ha constatado que la gente piensa que el autor es, por lo general, varón.

Es necesario extender la igualdad social de hombres y mujeres, y lograr que la presencia de la mujer en la sociedad sea más visible. Esta cuarta premisa, casi un corolario de las anteriores, es igualmente correcta. Sin embargo, la conclusión es insostenible según Bosque: ya que “Consiste en suponer que el léxico, la morfología y la sintaxis de nuestra lengua han de hacer explícita sistemáticamente la relación entre género y sexo, de forma que serán automáticamente sexistas las manifestaciones verbales que no sigan tal directriz, ya que no garantizarían la visibilidad de la mujer”.

Bosque plantea como ejemplos que no puede ser considerados igualmente excluyente un uso como [Los directivos acudirán a la cena con sus mujeres], claramente sexista, frente a [los trabajadores de la empresa], donde el género masculino aparece por defecto y no con intenciones de segregar. En esta misma línea, el desdoblamiento en la coordinación puede tener sentido en ciertos contextos, como en [No tiene hermanos ni hermanas], pero no se deduce que en todos los casos donde no se usan las dos formas se esté siendo discriminatorio. Para Bosque, realizar los cambios sugeridos en los usos gramaticales, no representa mayor cambio en el mundo real.

Un comentario final

Ambas posiciones tienen tantos detractores como seguidores. Pero en este punto vale una última reflexión. Primero, debemos entender que el sistema gramatical no sigue las intenciones de los hablantes, al menos no de manera consciente y menos la de un grupo determinado de hablantes. El desarrollo de concordancias de género sobre el que se debate es un proceso histórico y arbitrario. Es decir, que, en castellano escrito, el adjetivo masculino pospuesto de una enumeración como [la casa, el perro y la chompa rojos] no es producto de una ideología específica donde el “hombre” se imponga sobre la “mujer”: es la evolución del latín al romance el que ha configurado esta situación.

Más grave sería para estas prácticas de “higiene verbal” si estuviéramos tratando una lengua sin distinción de género gramatical, como las hay muchas, entre ellas el quechua, aimara y más lenguas americanas, así como el inglés. Además, el cuidado, como bien indica Bosque, debe estar en los usos de nuestra lengua y no en la corrección del sistema gramatical, ya que las reivindicaciones simbólicas se dan en el primer ámbito. Por todos los medios, hay que evitar esta confusión. Por último, la lucha real sobre la visibilidad de la mujer debe darse con reformas concretas en el mundo real: reducir las asimetrías antes mencionadas es una tarea de los individuos y del Estado en conjunto a través de reformas puntuales, no solo en la forma en que la sintaxis determina el género gramatical de nuestras oraciones.

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[1] Steven Pinker nos cuenta en las páginas 62 y 63 de El instinto del lenguaje de 1994 (citamos la versión en español de 1995 editada por Alianza Editorial) cómo esta teoría surge de una anécdota de Whorf con bidones vacíos y bidones llenos de vapor; asimismo comenta que este autor no tuvo contacto directo con los grupos que estudiaba y que sus traducciones eran tendenciosas.

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