Antes de "Rosa Mística", Augusto Tamayo ya había dirigido dos películas de época: "El bien esquivo" y "Una sombra al frente". | Fuente: Argos


Aunque "Rosa Mística" nos hable de una mujer limeña del siglo XVII que trata de comunicarse con Dios, y que enfrenta a su familia y a la Iglesia Católica para que la dejen tomar sus propias decisiones y hacerse responsable de ellas, en realidad nos está contando también algo de lo que pasa con las mujeres en la actualidad, en una ciudad que ya no es colonial, pero lo parece. El director Augusto Tamayo advierte desde el inicio de la película que no veremos una biografía como tal ─nadie llama al personaje por su nombre real Isabel Flores de Oliva─ sino una interpretación muy personal de la figura de quien llegaría a ser Santa Rosa de Lima.

Contada en espisodios con temas que se aproximan a su vida, como la soledad o el dolor, la película narra de forma cronológica su primer acercamiento a Dios, su negativa de casarse como quiere su madre, su voluntad de mantener un culto desde su casa y sin ordenarse de monja, sus visitas recurrentes a diversos sacerdotes para informarles sobre sus decisiones, obtener consejos y moverse dentro de cierta formalidad religiosa pero dando la contra.  

 

No sobresale una imagen santa e inmaculada de Rosa (la actriz Fiorella Pennano), sino más bien una visión provocadora, de un personaje que no toma acciones por el bien común sino por su propio beneficio, que hace las cosas solo si estas la encaminan a su obsesión de que Dios la escuche, que es dueña de su cuerpo para decidir no ser madre o para dañarlo con coronas de púas o latigazos. Tamayo no juzga sus acciones como las de una mujer que ha perdido la cordura sino como una que logra la libertad de vivir a su manera ─equivocada o no─ y de que se respeten sus creencias.

Sin embargo, conforme avanza la película, la historia se siente más solemne y reiterativa. "Rosa Mística" se alarga y se entrampa en su discurso, en las conversaciones con los sacerdotes o en lo que siente Rosa, y se dice más de lo que se hace. No son datos históricos, sino diálogos o reflexiones para entender en esencia la complejidad de Rosa, pero se nota la necesidad del director de que lo mucho que ha estudiado sobre el personaje pueda caber en las más de dos horas que dura la película, que nada quede fuera.

La película aprovecha bien los espacios cerrados de iglesias y casonas para contar una historia de época sin necesidad de exteriores, aunque descuida algunos detalles como el color de la sangre, que en unas escenas es roja y en otras marrón. En una puesta en escena algo teatral destacan las breves apariciones de Bruno Odar, mientras que la protagonista Fiorella Pennano cumple muy bien con darle carácter una joven que enfrenta voces ─sobre todo masculinas─ que le dicen cómo debería ser y parecer. Es un personaje escrito para no cruzar la línea totalmente, cuando parece estar por desbordarse da un paso atrás.

Valoración: 3/5

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