Costó, pero se logró. ¡Ganamos una partida en Warzone! | Fuente: Activision
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Por: Fernando Chuquillanqui

Periodista, cinéfilo, coleccionista, gamer.

Fueron decenas de partidas, discusiones internas, cambios de estrategia, burlas, problemas de conexión, desconexiones forzadas por llamadas de novias (y esposas), risas, más discusiones internas. Pasó de todo antes de que, por fin, nuestro equipo lograra una victoria en Warzone. Parecía algo inalcanzable, pero el pasado domingo, 28 de febrero, nos llevamos el triunfo.

Todo comenzó mal para nuestro equipo, al que cariñosamente llamamos Hoya (en referencia a una marca de cascos de ciclismo que compramos hace varios años). Nos conectamos Carlos, Beto y yo (Luis no entró, ya que estaba solucionando unos problemas con su router). Las dos primeras partidas fueron para el olvido: los tres morimos apenas tocamos tierra y ninguno pudo salir del Gulag. Para momentos como esos, acuñamos la frase: “Esa partida no existió”.

A la tercera partida, nos fue mejor. Logramos coordinar mejor y llegamos al círculo final. El problema fue que llegamos mal preparados, con armas poco adecuadas, sin placas en nuestras armaduras y sin la indispensable máscara de gas. Todo parecía cuesta arriba. Y esto se vio reflejado cuando llegó el enfrentamiento contra un team que estaba bien preparado y nos eliminó uno a uno. Quedamos en cuarto lugar. Pero no terminamos conformes. Llegamos a las instancias finales porque nos escondimos bien, pero no porque propusiéramos una estrategia coherente.

La cuarta partida nos fue mal. Sobrevivimos al aterrizaje, pero no al primer enfrentamiento contra un equipo. Nos acorralaron y fuimos presa del nerviosismo. Solo Carlos sobrevivió al Gulag, pero murió a los pocos minutos, víctima de su soledad. Puesto 20, pero con un sinsabor de que se hizo poco o nada.

No hay quinto malo

La quinta partida de la jornada comenzó pésimo. Aterrizamos en el techo del Hospital, pero a los pocos minutos caímos abatidos a manos de dos equipos. Carlos, acaso nuestro mejor representante, murió en el Gulag. Beto y yo sobrevivimos a los duelos y reaparecimos en la zona del Downtown, rodeados de enemigos.

“¿Qué?, ¿están vivos?”, dijo Carlos con sorpresa. Tras perder en el Gulag, se había puesto a ver su celular, esperando la siguiente partida, sin percatarse que sus dos compañeros estaban ya rebuscando un edificio para recolectar armas y dinero.

Beto y yo logramos juntar cuatro mil dólares, con los que teníamos dos opciones: traer de regreso a Carlos o comprar un UAV. “Tráiganme a mí. Conmigo tienen más chaces de ganar”, dijo Carlos. Al final, decidimos traerlo.

La tienda para hacer la compra estaba rodeada de edificios y, por ende, de enemigos. Beto y yo coordinamos para uno cubrir al otro, y logramos traer de vuelta a nuestro amigo. El problema es que un team rival se dio cuenta de nosotros y comenzó un tiroteo. Yo maté a uno, Beto a otro. Carlos, desde el aire, observó que se acercaba otro team, por lo que optó por caer metros más abajo.

Beto y yo sobrevivimos como pudimos, lanzando granadas y disparando nuestras últimas balas. La muerte estaba cerca, pero la estrategia de Carlos funcionó. Mientras los enemigos estaban distraídos tratando de matarnos, Carlos los atacó por la retaguardia. Estábamos vivos, pero mal armados y sin placas en nuestra armadura.

El círculo comenzó a cerrarse, obligándonos a seguir avanzando por el Downtown en dirección al Hospital. Parecía que la partida terminaría donde nuestro equipo cayó al inicio. El camino hacia el Hospital nos demandó un nuevo enfrentamiento, en el que Beto dio la vida por el equipo, ultimando a un enemigo, pero cayendo herido. No pudimos regresar a revivirlo, ya que el círculo se cerró sobre él. Murió asfixiado.

Carlos y yo nos percatamos que el círculo final estaba en el Hospital, tal como lo habíamos previsto. El problema era que, para llegar, debíamos cruzar el inmenso canal que lo separa del Downtown. Quedaban aún cuatro equipos que podían aparecer por cualquier lado, sin contar a los que posiblemente nos estén esperando en el Hospital. Y así ocurrió.

Carlos pasó primero el canal y llegó al otro lado, mientras que yo decidí quedarme cerca de un puente cubriendo su camino. Un enemigo apareció desde el Downtown y le disparó a Carlos por la espalda. Inmediatamente, comencé a defender a mi amigo. Le rompí la defensa, por lo que no le quedó otra alternativa que meterse en el humo. Ahí cometí el error de darlo por muerto y voltear, para alcanzar a Carlos. De la nada, reapareció y me disparó a traición. Caí abatido. Carlos, testigo de mi muerte, eliminó al rival. Quedaban solo dos equipos.

“Toma mi arma”

Carlos iba a continuar su camino, pero le recomendé que recoja mi arma: una confiable light machine gun (LMG). Se acercó a mi cadáver, tomó el arma y emprendió camino al Hospital. Era un enfrentamiento desigual. Quedaban solo dos equipos, pero cuatro soldados. O sea, el equipo rival estaba intacto.

Carlos subió el canal y llegó al Hospital, donde los enemigos lo recibieron con una ráfaga de disparos. Había un jeep aparcado cerca, al parecer con el que ese equipo había llegado a la zona. Carlos se subió y logró ubicar a los rivales. Estaban sobre un techo cercano, disparando a distancia.

Todo parecía perdido, pero la ayuda llegó desde el cielo... literalmente. El círculo comenzó a cerrarse atrás de los soldados, por lo que tenían que salir de su posición. Carlos aprovechó esto para rodear un muro y dispararles con la LMG... mi LMG. Los rivales se pusieron nerviosos y cometieron el error de intentar escapar. Carlos abatió a un par. Un tercero logró esconderse tras un muro. Todo se resolvería en un mano a mano. Pero Carlos casi no tenía balas.

La única solución fue subir al jeep e intentar arrollar al rival. Y así lo hizo. El enemigo, desorientado por el círculo cerrándose, pensó que Carlos seguía en su anterior ubicación, por lo que apuntaba hacia ese lado. Carlos lo atropelló a placer.

“¡Ganamos!”, “¡Por fin!”, “¡Era hoy, Ramón!”, gritamos desde nuestras casas. Por unos segundos recordamos a Luis, que no pudo participar en la épica jornada. “Con él, no la hacíamos”, dijo Carlos. Beto secundó. Yo también. Todos reímos.

Por fin, después de tantos intentos, el equipo Hoya se alzó con la victoria. Vimos la anhelada cinemática del helicóptero recogiendo al team del campo de batalla. Por unos instantes, aunque sean efímeros, fuimos los mejores de Warzone.