Resident Evil: Infinite Darkness se estrenó el pasado 8 de julio en Netflix. | Fuente: Netflix
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Por: Fernando Chuquillanqui

Periodista, cinéfilo, coleccionista, gamer.

A lo largo de su ya extensa historia, la saga Resident Evil ha sabido de triunfos y fracasos, tanto en sus entregas videojueguiles como en sus (ya varias) incursiones en otros formatos, como el cine, la televisión, la literatura y hasta el teatro.

Si bien recientemente hemos visto una suerte de resurgir de la saga en la industria de los videojuegos, con notables entregas como Resident Evil 7: Biohazard y el más reciente Resident Evil Village; no podemos negar que en los últimos años en el cine la cosa no ha caminado del todo bien, con la cuestionable película de animación Vendetta, sin contar con los despropósitos protagonizados por Milla Jovovich.

Pese a ello, Netflix ha asumido la responsabilidad de hacer una nueva adaptación de Resident Evil, esta vez a modo de miniserie. Infinite Darkness (La Tiniebla Infinita, por estos lares) no solo junta a los queridos Leon S. Kennedy y Claire Redfield en el protagónico, sino que la producción se presenta como parte de lore oficial de la saga. A priori, hay elementos como para tener altas expectativas.

Sin embargo, tras ver los únicos cuatros capítulos (hasta el cierre de este post, no se sabe si habrá una continuación), debo decir que no he quedado satisfecho. Para empezar, no sé por qué se ha dividido la producción en cuatro capítulos, cuando bien pudieron juntarlos todos y publicar una nueva película de animación. No podría decir que ‘maratoneé’ la serie, ya que la terminé en menos de hora y media.

La historia principal de Infinite Darkness se ubica cronológicamente después de los acontecimientos del videojuego Resident Evil 4, aunque la serie también narra los hechos ocurridos años antes, en el ficticio Penamstan: país fronterizo con China que es utilizado como campo de pruebas de armas biológicas.

La premisa es interesante, con un arranque que se inspira (tal vez en demasía) en La Caída del Halcón Negro. Hay mucha acción y tenemos una buena cuota de zombis. Lamentablemente, este fue solo el inicio, ya que luego la miniserie se convierte en un drama de conspiración política, muy alejado del espíritu de los Resident Evil.

Gracias a la magia del guión, Leon y Claire se ven involucrados en este complot, nacido en el propio seno de la Casa Blanca: uno de los altos funcionarios busca utilizar las armas biológicas para su beneficio y su mayor interés es desencadenar un conflicto bélico entre Estados Unidos y China.

El mayor problema de la miniserie es que se enfoca demasiado en desarrollar este tema. Los zombis apenas aparecen en los cuatro capítulos, mientras que nuestros protagonistas se convirtieron en meros detectives detrás del antagonista. Los momentos de acción y tensión, marca de la casa, se cuentan con los dedos, mientras que no hay segmentos de miedo o siquiera suspenso.

Los nuevos personajes introducidos -salvo una, tal vez- no llegan a tener un desarrollo adecuado (debido a la corta duración de la miniserie), al punto que nunca llegas a empatizar con ninguno. Si bien hay ciertos guiños a la saga videojueguil, como la constante mención a lo ocurrido en Raccoon City y alguno que otro cameo rebuscado; no hay la participación de otro personaje de los videojuegos, salvo los mentados protagonistas.

Lo más destacable de Infinite Darkness es su apartado audiovisual. El diseño de personajes y escenarios es fotorrealista, mientras que el apartado sonoro tiene muy buen nivel. El trabajo de los actores de voz también está muy bien logrado, tanto en inglés como en español latino. No obstante, mi recomendación es ver la serie en su idioma original.

Resumiendo, lamento decir que Infinite Darkness no suma nada a la saga, ni siquiera llena cabos sueltos en el lore principal. Pero -debo reconocer- no lo pasé mal durante la casi hora y media que duró la miniserie. No es un despropósito, como fueron las películas de Milla Jovovich; pero tampoco aborden la producción de Netflix con expectativas altas.