Aprender a hacer la paz
Aprender a hacer la paz | Fuente: AFP

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Las semanas pasan y la humanidad entera se resigna al espectáculo del pueblo ucranio sometido a bombardeos, crímenes de guerra y a la amenaza de su desaparición como nación independiente. La invasión rusa de Ucrania ha terminado por enterrar la ilusión de una época de paz que inauguró el fin de la Guerra Fría (1948-1989). Peor aún, dejará el recuerdo desalentador de la especie humana que sin haber superado el impacto del daño universal causado por el covid-19, se muestra incapaz de superar su más antigua brutalidad: odios nacionales que culminan con ciudades destruidas, civiles martirizados, familias viviendo entre escombros y niños y ancianos obligados a huir y emigrar.

Los países del Pacto militar occidental, la OTAN, han decidido apoyar a Ucrania, sin convertirse en países beligerantes. Lo que explica las pérdidas considerables del ejército ruso, en particular sus unidades de tanques. Jurgen Habermas es uno de los filósofos vivos con más notoriedad mundial. A sus 92 años ha publicado un artículo, reproducido en El País, en el que defiende la política cauta del Canciller alemán, orientada a evitar que la defensa de Ucrania pueda conducir a una guerra generalizada y peor aún, al uso de armas nucleares.

¿Puede un hombre solo, dueño de todo el poder en su país, desencadenar el infierno atómico para no reconocer su derrota? Putin es la prueba de que sí, puede. Y las respectivas iglesias ortodoxas son un factor de respaldo ciego a sus gobiernos. Las consecuencias de la guerra afectan en el Perú el alza de precios y las dificultades para procurarnos fertilizantes. Pero la consecuencia más grave es el ejemplo del fanatismo nacionalista, de la concentración del poder, de la manipulación de la prensa y del desprecio a la vida humana.

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