Mucho se ha escrito sobre la festividad del Corpus Christi en el Cusco. Se trató de sus orígenes, de los oficios que se realizaban, de la merienda típica que se degustaba y las efigies como obras de arte; pero pocos explicaron sobre el simbolismo social que dicha celebración representa en los pueblos del ande.

El historiador Martín Romero Pacheco considera que el Corpus Christi, aparte de una festividad religiosa de carácter medieval, es la fiesta de la unidad de los grupos sociales en el Cusco, un espacio donde se juntan pobres, ricos, negros, blancos, cholos, españoles, cristianos y paganos en el centro del antiguo imperio inca.

Las imágenes que se veneran como patronos en estos grupos sociales tienen estrecha relación con su organización, sus pensamientos, sus triunfos y sus frustraciones.

Él nos dice: “todas las efigies que proceden del antiguo Contisuyo y zonas periféricas, vale decir el Patrón Santiago, la virgen de la Almudena, la virgen de Belén, Santa Bárbara y Santa Ana representan al pueblo. El patrón Santiago es el símbolo del pobre soldado que lucha contra los moros; la Virgen de Belén, cuyo origen nace en la virgen de la Leche, considerada una de las más fastuosas, tiene riqueza pero no tiene casta, no tiene la alcurnia. Ella es la patrona del Cusco y representa a la Pachamama”, nos dice.

“Aquí también se encuentra la Virgen de la Almudena, una virgen de color oscuro, con facciones indígenas cuya veneración especial se halla entre las familias más pobres, al igual que Santa Bárbara que viene desde el distrito de Poroy; y Santa Ana del antiguo barrio de Karmenca.

Al respecto  José Antonio Velasco, que escribía con el seudónimo de "Loredan", en los años  de 1936, en el diario el Comercio del Cusco, señala: “Terminando la procesión de la octava han salido de la fila, de entre  las andas pesadas de plata labrada, dos imágenes menuditas que apenas se alzan un metro entre la multitud y se han acurrucado como avergonzadas de su pobreza (…). Se trata de la imagen de Santa Ana, la viejita madre de María, y de Santa Bárbara, patrona del Rayo, que vienen en hombros de sus devotos nativos desde su aldea de Poroy".

De otro lado, Pedro Bravo Escóbar, quien escribía con el seudónimo de "Armando Guerra",en un artículo periodístico, en el año de 1936, describe: “La imagen de la virgen de Belén tenía que hacer el recorrido por el cuadrilátero de la plaza mayor con la solemnidad que requiere la importancia que se gasta de ser patrona de la ciudad”.

El historiador Martín Romero señala más adelante “cuanto más nos acercamos al centro del ombligo, el Cusco, encontramos a San Pedro; San Blas, el patrono de los artesanos; a San Antonio; San Cristóbal; la Virgen Purificada; la Virgen de los Remedios; la Linda de la Catedral; estas dos últimas de singular importancia en las élites de alto nivel económico, motivo por el cual les llamaban las vírgenes pitucas del Cusco”.

Para ubicarel tercer grupo, nos dirigimos hacia el Valle Sur donde podremos encontrar a dos efigies, estos son: San Jerónimo y San Sebastián, este último es la representación de un oficial que a pesar de haber tenido una posición, renuncia a su investidura para luchar a favor del cristianismo. Sus cargadores llevan las andas descalzos como símbolo de humildad.

Más al sur está San Jerónimo, patrono de los profesionales, una de las imágenes más grandes, al igual que San Cristóbal, San Sebastián y San Jerónimo, que tienen como devotos a las familias procedentes de las panacas reales y a los de la clase media.

Para completar esta historia señalamos que el plato típico del Corpus Christi es el Chiriuchu, un plato que se come frío y que contiene elementos de la costa, sierra y selva como símbolo de unidad y diversidad cultural. Entre ellos están el cuy, gallina, chalona, tostado, cau cau (huevera de pescado), cochayuyo, maíz, queso, tullan (tripa del cuy relleno con sangresita, papas, cebolla y zanahoria) y rocoto en tiritas.

Como se podrá apreciar, el Corpus Christi no solo es una festividad, sino representa en el fondo una lucha y unión latente de elementos que desde hace más de 500 años se encuentran en pugna en los pueblos del ande, principalmente a lo largo de los territorios que abarcaron el imperio del Tawantinsuyo.

Por: Adelayda Letona García