Probablemente muchas veces nos hemos preguntado a dónde van nuestras almas cuando dejamos de existir. Algunos dirán que dependiendo de cómo te hayas comportado con tu prójimo irás al cielo o al infierno, lo cierto es que mientras tengamos vida no lo podremos saber.

Sin embargo, hay quienes aseguran saber, por lo menos, a dónde irán sus almas después de que sus corazones dejen de latir. Me refiero a los pobladores del sector de Jupaimarca, ubicado en el caserío de Pallca, provincia de Bolognesi (Áncash).

El último refugio de quienes pasaron a mejor vida

Ellos aseguran que horas después de haberse producido el entierro de un difunto del lugar, su alma se refugia en una cueva de piedra de más de 500 años de antigüedad, la cual se encuentra bastante deteriorada por las fuertes lluvias.

Alfredo Velásquez Montes, presidente de la comunidad campesina de Huasta, cuenta que las almas se desplazan hasta la cueva acompañadas de un silbido que rápidamente es identificado por los pobladores, quienes a pesar de estar acostumbrados a este ruido no han dejado de sentir miedo.

“Cuando las almas pasan los perros aúllan en medio de una apacible calma”, refiere Velásquez, agregando que moscos grandes de color negro vigilan el descanso eterno de las almas.

Los habitantes de Jupaimarca aseguran que han visto desfilar las almas de los habitantes de este lugar que pasaron a mejor vida; sin embargo, los incrédulos como yo, diremos que solo se trata de una leyenda que forma parte de sus creencias populares.

Pichcay, la costumbre del lavado de ropa de los difuntos

Pero ya que tocamos el tema de difuntos, les contaré que en la provincia de Huari existe una costumbre que se conoce como pichcay, que consiste en lavar toda la ropa del fallecido cinco días después de producida su muerte.

Antes de dirigirse al río, los parientes del difunto esparcen ceniza de leña detrás de la puerta principal y al volver verifican si alguien ha dejado sus huellas. Si se detectan algunas pisadas puede ser interpretado como que el occiso pasó por ahí o como el presagio de otra muerte.

Los huarinos llevan a un río las prendas de vestir del occiso, y en algunos casos de toda la familia, para restregarlos con abundante agua, jabón o detergente, con la finalidad de despedir definitivamente a su ser querido.

En la noche del quinto día, velan algunas ropas del fallecido acompañadas de una cruz y flores blancas sobre una mesa, mientras los parientes acompañan las melodías de los cantores. En la madrugada del día siguiente retiran todo lo que colocaron en la mesa salen de la casa y recorren el camino por el cual solía ir el difunto para despedirlo y decirle adiós para siempre.

Estas son solo algunas creencias y costumbres de dos pueblos ancashinos sobre sus difuntos, quienes quizá gozan de una mejor vida donde quiera que se encuentren, mientras que a nosotros solo nos queda rezar por sus almas.

Por: Yanet Reyes

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