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Nunca se negó a entrar en la batalla de "la imprescindible política", aunque eso supusiera salpicarse de fango y ganarse numerosas antipatías y enemistades, en su país y fuera de él.

Mario Vargas Llosa quiso incluso ser presidente de Perú y compitió en las elecciones de 1990 contra Alberto Fujimori, con tan poco éxito que terminó abandonando la campaña antes de la segunda vuelta ante la aplastante popularidad del ingeniero japonés.

Fueron sonadas las acusaciones de poco patriotismo que le dedicaron en Perú cuando el 13 de junio de aquel año abandonó el país en vísperas de aquella segunda vuelta y terminó pidiendo la nacionalidad española.

"No es esto algo que me quite el sueño. Y, tal vez, ser tan poco popular me facilitará poder dedicar en adelante todo mi tiempo y mi energía a escribir, algo para lo que confío ser menos inepto que para la indeseable pero imprescindible política", escribió el Nobel en su esclarecedor libro "El pez en el agua", en el que puso al desnudo los riesgos de implicarse en la lucha por el poder público.

No sólo se convirtió en el enemigo número 1 de Fujimori; también se distanció sonoramente del hoy presidente Alan García, al que llamó "gran arquitecto de las intrigas y maniobras que facilitaron el triunfo de Fujimori", aunque la reconciliación con García llegó en 2008 después de que este último hubiera -en palabras de Vargas Llosa- enmendado sus errores y se hubiera convertido al liberalismo.

Coqueteó con el comunismo en su juventud, como la casi totalidad de escritores latinoamericanos, pero terminó abrazando la orilla opuesta, que definió como "la trinidad inseparable de la civilización, la legalidad, la libertad y la propiedad", citando palabras de su muy admirado Fiedrich Hayek.

Ha sido este liberalismo a ultranza la que ha guiado su pensamiento y su comportamiento político en las dos últimas décadas, convirtiéndolo en acérrimo adversario de la Cuba de Fidel Castro o la Venezuela de Hugo Chávez, aunque tampoco ha ahorrado críticas contra las tentaciones dictatoriales de estadistas de otro cuño, como el colombiano Álvaro Uribe.

Aunque en Perú y en el resto del mundo es considerado un derechista, Vargas Llosa siempre ha matizado que él es ante todo un liberal laico, y en este sentido ha descolocado a la derecha tradicional con sus posturas a favor del matrimonio homosexual, el derecho al aborto o la legalización de las drogas blandas.

El único lugar del mundo donde dice sentirse "de izquierdas", o aliado con la izquierda, es Israel, país que visitó en 2005 para producir su muy polémica serie de artículos "Paz o guerra santa", donde no sólo criticó al terrorismo islámico -como se esperaba-, sino que dejó muy mal parada la política de Israel para con los palestinos, lo que le valió para el resto de su vida un poderoso enemigo.

Tampoco rehuyó una visita al Irak ocupado por las tropas estadounidenses, en la que una vez más mostró su independencia de criterio al poner en cuestión la legitimidad de la invasión de las tropas estadounidenses.

La última intervención polémica de Vargas Llosa es muy reciente, del pasado septiembre, cuando presentó su dimisión irrevocable como presidente de la Comisión peruana de Alto Nivel para la construcción del Lugar de la Memoria, que honrará en el futuro a las víctimas del terrorismo y el contraterrorismo (1980-2000).

Con esta dimisión, el escritor protestaba por un decreto del gobierno de Alan García que propiciaba la excarcelación de numerosos policías y militares acusados de delitos de lesa humanidad, decreto que finalmente tuvo que ser retirado.

Con esta actitud, Vargas Llosa contribuyó a lavar en cierta medida la imagen de tibio defensor de los derechos humanos que muchos en Perú todavía le reprochan.

Alan García, una vez más, rectificó. No le pedía otra cosa Mario Vargas Llosa, el hombre que siempre reivindicó su derecho a mancharse en la política, a equivocarse y a corregirse. EFE