Cuarentena en el Perú. | Fuente: Andina

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En la lucha por las grandes causas que toman mucho tiempo y en las que se juega el destino de personas, suele haber un momento de duda y decepción. Cuando uno lee las memorias de guerra de personajes emblemáticos como Churchill y De Gaulle descubre a seres humanos con caídas y fragilidades. Tras la imagen de un líder heroico obligado a dar confianza ante la adversidad, se ocultaba en ambos casos una lucha interna contra lo que Churchill denominó “el perro negro” de la depresión que lo persiguió desde su infancia. La gestión de la crisis actual se parece a esas grandes causas. Hay que movilizar a un país, al que se pide sacrificios sin poder ofrecer a cambio la certidumbre de una vacuna, ni un medicamento, ni una cama en un hospital idóneo.

En la inmensa mayoría de los países se ha optado por la salud y la sobrevivencia antes que por la economía y el empleo. Incluso en el Reino Unido, cuna de la economía de mercado y la ciencia económica, el gobierno asume los más de 20,000 muertos afirmando que sin confinamiento la cifra hubiera sido mucho peor. La experiencia de otras grandes pandemias (incluidas las de años recientes) ha permitido elaborar una previsión de la tasa de contagios y la consiguiente curva epidemiológica. En nuestro caso, las previsiones anunciadas por el gobierno nos han significado “éxitos esquivos”, según la expresión usada ayer por el presidente Vizcarra. Es evidente que nosotros, como casi todos los países, no estábamos preparados para hacer frente a una amenaza súbita y desconocida. Ha sido difícil mantener el confinamiento y lo han pagado con su vida decenas de policías, empleados de mercados y agentes municipales. Ha sido también difícil adaptar nuestros hospitales, y lo han pagado con su vida muchos médicos y enfermeras, así como pacientes de otras enfermedades. Y es difícil también contener los efectos económicamente devastadores del confinamiento y diseñar el mecanismo por el que nuestra economía se eche a andar, generando riqueza y puestos de trabajo. Los bonos, las garantías al crédito y el plan Reactiva Perú han hecho lo suyo, pero la mayoría de los trabajadores peruanos son informales y viven de lo que producen cada día. Pese a todo, en el Perú se ha respetado la cuarentena más que en otros países de la región. Y si es exacta la curva ofrecida por la Universidad Tecnológica de Singapur, nos acercamos al pico y podemos esperar que hacia el 15 de mayo se haya reducido considerablemente el número diario de contagios.

Lo importante ahora es perseverar en el esfuerzo y evitar que la decepción engendre irritación, odio y sectarismo político. Y menos aún aprovechamiento para imponer agendas particulares.

La conferencia de prensa del presidente hizo ciertas modificaciones al formato para no limitar el papel crítico de los periodistas. Vizcarra pareció querer apaciguar la polémica surgida en torno a una eventual alza de los impuestos para el sector de más altos ingresos. Una decisión de ese tipo debe ser analizada en función de su impacto sobre el estímulo y el empleo, pero también en función del momento en que se toma. François Mitterrand la introdujo en 1981 en Francia porque era una propuesta de su campaña electoral. Más cerca de nosotros, el conservador Álvaro Uribe la propuso a principios de marzo para colmar brechas sociales y diez años antes la integró a su política contra las FARC.

El politólogo Alberto Vergara ha enfatizado en su columna de El Comercio la especificidad de nuestra situación: “Esta no es una mala coyuntura económica. Es una crisis estatal-nacional… que disparará preguntas por la viabilidad misma del proyecto republicano común… Lo que realicemos –y lo que no hagamos- pesará por décadas en la memoria colectiva, en la autoestima nacional y por tanto en la confianza o desconfianza que nos tengamos como país”. La gravedad del tono de Vergara no le impide citar dos exhortaciones formuladas por el gran músico panameño Rubén Blades, a quien llama “maestro”: “Mucho control y mucho amor”.

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