El rescate de las personas atrapadas | Fuente: RPP Noticias

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(Se multiplican las señales de nerviosismo a medida que se acerca la fecha en que los fiscales peruanos interrogarán a ejecutivos de Odebrecht. El Acuerdo de colaboración recibe algunas críticas justas, pero también una campaña malintencionada de los que quieren que fracase la lucha contra la corrupción).

Una vez más, comenzamos una semana con la esperanza de que se aclare el camino que el Perú debe recorrer hacia el restablecimiento de la confianza en nuestras instituciones y el consiguiente impulso a nuestro desarrollo económico. Los dos objetivos están relacionados: de la seguridad jurídica y la probidad de los funcionarios depende que un país pueda atraer inversiones y que los proyectos se lleven a cabo de acuerdo a los presupuestos elaborados y los plazos previstos.

Por eso la mega-corrupción asociada a proyectos de inversión pública y empresas constructoras deja dos tipos de consecuencias: obras inacabadas (como el Gasoducto del Sur, carreteras, hospitales, sistemas de irrigación) y decenas de autoridades sometidas a medidas penales, investigaciones y sospechas. Desdichadamente en la triste lista de autoridades figuran los cuatro últimos presidentes elegidos democráticamente. Ante esta realidad, la Fiscalía ha multiplicado sus iniciativas y logrado avances que pasarán en las próximas semanas por dos etapas cruciales: la firma de un acuerdo de cooperación fiscal con Odebrecht y los interrogatorios fiscales a los principales ejecutivos de esa empresa brasileña.

Era previsible que la inminencia de los interrogatorios desencadenaría una campaña de los que desde ya saben que las confesiones brasileñas los pondrán en evidencia. Hemos escuchado todo tipo de argumentos contra el Acuerdo y se lo ha llegado a calificar de “traición a la patria” y a compararlo con algunos de los peores momentos de la historia peruana de la corrupción. Pero es cierto que todo acuerdo es fruto de una negociación y que en este caso era particularmente difícil integrar objetivos diferentes: asegurar las confesiones, evitar que Odebrecht se declare insolvente y obtener la más alta reparación civil posible.

Tragedia en Abancay y en Brasil

Y mientras tanto, como cada verano, nuestro país se ve afectado por lluvias que generan destrucción y muerte, desafiando nuestra capacidad de reaccionar ante emergencias, pero sobre todo de prever los desastres. Las noticias que nos llegan de Abancay dan cuenta de la fragilidad de nuestras construcciones en un territorio que sabemos vulnerable. Pero no se trata solo de la realidad física del territorio. Tan importante como eso es el respeto a la normativa de Defensa Civil.

¿Tenía licencia de funcionamiento el hotel en el que se celebraba la boda en la que perecieron 15 personas? En espera de conocer la respuesta, asumamos que más matan la negligencia y la corrupción que los desastres propiamente naturales. No solo en nuestro país, como vemos en el caso de la rotura de un dique construido en el marco de un proyecto minero del Estado brasileño de Minas Gerais. La desaparición de 300 personas exige severas decisiones.

El recuerdo de holocausto  

Está claro que los seres humanos somos capaces de negligencia y corrupción, pero también de odio y de negación de la condición humana de nuestros semejantes. La expresión mayor de esa constante criminal en la historia es el holocausto del pueblo judío cometido por la Alemania nazi y sus aliados durante la Segunda Guerra Mundial. Por eso se celebra cada 27 de enero la Jornada Mundial en Memoria de las víctimas del holocausto, en conmemoración del día en que fue liberado el campo de Auschwitz. Auschwitz, una localidad en Polonia, es un nombre que ha modificado para siempre la conciencia que tenemos de nosotros mismos. Cerca de 6 millones de judíos fueron asesinados en campos de concentración por el simple hecho de haber nacido judíos. Como escribió el sobreviviente Primo Levi: “Ha sucedido, y en consecuencia puede volver a suceder. Ese es el origen de nuestro deber de memoria”.

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