Hasta el momento se han confirmado tres muertes. | Fuente: Foto: Minsa

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El hombre es el único animal que sabe que va a morir y es también el único que entierra a sus muertos. La conciencia de la muerte da gravedad a la vida y es seguramente el origen de la religión, del arte, de la pasión amorosa y de la tendencia a reproducirnos. Los tres primeros fallecimientos por el coronavirus en el Perú, por previsibles que hayan sido, nos conmueven y nos confirman que estamos ante una amenaza sanitaria, que no por ser planetaria deja de golpear con cada persona que desaparece. Trece días después de la llegada a nuestro país del “paciente cero” nos ha llegado la hora del encuentro con lo inevitable: no seremos la excepción, pero podemos limitar al máximo el número de víctimas fatales.

Nuestro mejor homenaje a los fallecidos debe ser redoblar el esfuerzo para evitar que el virus se expanda y por eso respetar las consignas de seguridad establecidas por el gobierno: confinamiento de quince días, toque de queda, contactos reducidos al mínimo necesario, uso de mascarillas, lavado de manos. Solo con ese esfuerzo limitaremos el número de muertos y evitaremos que el sistema hospitalario colapse. Nuestro país ha sabido tomar medidas radicales a tiempo, priorizando la salud pública antes que los riesgos económicos generados por la brusca reducción de la actividad productiva. La población, con excepciones lamentables, viene colaborando. Y la comunidad internacional reconoce nuestro esfuerzo, como evidencia el elogio formulado por el editor del semanario The Economist, Michel Reid, quien en su momento fuera uno de los más duros críticos del presidente Vizcarra.

Debemos perseverar en el esfuerzo de la cuarentena y de la clausura de fronteras, para identificar y atender a los ya contagiados y seguir el camino de los países que han logrado hacer retroceder al virus. En China, 80 días después de las primeras infecciones, por primera vez han pasado 24 horas sin ningún nuevo caso. Y mientras tanto, Italia, con más de tres mil 400 muertos ha pasado a tener más victimas fatales que China. Y carece de la capacidad de construcción rápida de hospitales y de fabricación masiva de ventiladores mecánicos.

Se nos dice que en 48 horas entrará en funcionamiento el nuevo hospital de Ate, con cincuenta camas destinadas a contagiados en estado grave, lo que permitirá aligerar la presión sobre otros centros de salud que se hallan desbordados. La nación reconoce el esfuerzo extraordinario de médicos y personal sanitario, que deben atender durante largas jornadas a personas que llegan en mal estado con la esperanza de sobrevivir. El presidente ha propuesto que se habiliten también las Torres de la Villa Panamericana, que podrían acoger a cientos de pacientes. Ha anunciado también la asignación de 102 millones de soles para comprar un mayor número de pruebas de despistaje.

Entre las numerosas consecuencias imprevistas de la crisis sanitaria hay que destacar la situación en las prisiones. A nadie se condena a contraer en la cárcel una enfermedad contagiosa eventualmente mortal. Ese principio ha beneficiado, previo pago de fianza, al expresidente Alejandro Toledo, pese a que la Corte de San Francisco le había rechazado hace pocas semanas la prisión domiciliaria. Pero es un riesgo que viven miles de detenidos, en particular bajo el régimen de prisión preventiva. La circunstancia exige una política del Ministerio de Justicia orientada a garantizar el sometimiento a la Justicia de quienes todavía no han sido juzgados. No queremos más prófugos, pero tampoco quisiéramos tener un estallido de coronavirus en las prisiones.

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