Final Fantasy VII se estrenó el 31 de enero de 1997, en exclusiva para la PlayStation de Sony. | Fuente: Square Enix
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Por: Fernando Chuquillanqui

Periodista, cinéfilo, coleccionista, gamer.

Cuando se estrenó Final Fantasy VII yo tenía 14 años. Iba a empezar tercero de secundaria. La PlayStation había destronado a la Super Nintendo en las preferencias mundiales. Y no existía Square Enix. Era otro mundo.

En aquella época, los RPG estaban en las antípodas de mis gustos personales, aunque debo admitir que nunca les di una oportunidad, pensando -con mucha ignorancia y prejuicio- que estos juegos no contaban buenas historias y que su jugabilidad era “anticuada”. Por eso, el estreno de Final Fantasy VII pasó prácticamente desapercibido para mí.

Como ya les conté, mi reconciliación con los RPG se dio muchos años después, con Ni no Kuni: Wrath of the White Witch. Fue casi un renacer como gamer darme cuenta de lo que me estaba perdiendo por no haber querido darle una oportunidad a este género.

Con el paso del tiempo fui jugando varios RPG, saldando viejas deudas pendientes. Una de ellas, precisamente, fue Final Fantasy VII, que comencé a jugar recién hace unas semanas, incentivado por el próximo estreno del Remake.

Veintitrés años después

No pretendo hacer un análisis riguroso de Final Fantasy VII, porque ya han pasado largos 23 años desde su estreno. Pero sí quisiera compartir con ustedes lo que me transmitió el juego de la extinta SquareSoft. Desde ya les advierto que voy a mencionar varios spoilers, por si es que aún no completan esta aventura.

La primera cinemática, en la que te presentan a Midgar, tal vez no sea tan impresionante ahora. Pero, hace 23 años, debió ser un momento realmente impactante, no solo por lo detallado del trabajo, sino por la transición en tiempo real hacia el gameplay.

Las primeras horas me dejaron sensaciones encontradas. El apartado visual y técnico me dejó la sensación a obsolescencia, mientras que la jugabilidad tiene claroscuros. Si bien el sistema de combate -por turnos- es ágil y bastante intuitivo; el control del personaje en el mapa (o dentro de los dungeons) y de los distintos vehículos sí me recordó que estamos ante un juego con más de dos décadas de antigüedad.

Esto también se ve evidenciado en segmentos tan pobres como cuando usas un snowboard. El control es errático y prácticamente no hay castigo por hacerlo mal: puedes llegar a tu destino de tumbo y en tumbo.

Acá me permito hacer un paréntesis para comentar algunas características exclusivas del port de PlayStation 4, que es el que jugué. Square Enix incluyó un par de comandos que, en mi opinión, rompen el juego y matan la experiencia: Si presionas L3 la velocidad del juego se multiplica por tres, haciendo que todas las acciones y diálogos se aceleren. Y si presionas R3, tus barras de vida y de Límite subirán al tope inmediatamente, eliminando todo el reto.

Uno de los puntos más destacados de Final Fantasy VII es su banda sonora, obra del gran Nobuo Uematsu. Hay piezas que se han quedado grabadas en mi cabeza, como los temas de Tifa, Aeris o Red XIII, así como la vertiginosa melodía de la persecución en motocicleta o la roquera canción que aparece cuando te enfrentas a un boss. Un gran trabajo que espero ver replicado en el Remake que está a punto de estrenarse.

La gran historia detrás

A nivel argumental, Final Fantasy VII es un ejercicio de narrativa y construcción de personajes soberbio. La historia, a priori simple y lineal, va tomando rumbos insospechados y nos lleva por terrenos que abordan temas tan actuales como la política, la ecología y hasta el control de medios.

Hay algunos vacíos argumentales y personajes que no tienen un tratamiento tan profundo, pero esto -me han dicho- se complementa con otros videojuegos, así como con la película Advent Children, de 2005.

Lo que más me sorprendió es la capacidad que tiene la historia de Final Fantasy VII de crear momentos de increíble emotividad, y esto se debe a una narrativa pausada y bien estructurada. Conocer el pasado de Barret y su amistad con Dyne, o el destino del padre de Red XIII; te estruja el corazón y te permite entender las motivaciones de estos personajes.

La muerte de Aeris, que me la ‘spoilearon’ hace años, es un evento hermosamente construido. Es un hecho que no crees que puede ocurrir, porque la florista está contigo por más de 25 horas de campaña (hasta pensé que era mentira lo de su muerte). Empatizas con ella, la llegas a querer y hasta se convierte en elemento importante de tu equipo. Pero te la quitan.

Es uno de los momentos más impactantes del juego, al punto que la pelea contra Jenova∙LIFE -que ocurre inmediatamente después de la muerte de Aeris- la afrontas con amargura y pena. Es realmente un momentazo no solo de Final Fantasy VII sino de la historia de los videojuegos.

Valió la pena cada hora invertida (fueron más de 60), no solo para conocer de primera mano la gran historia detrás de Final Fantasy VII sino como una revisión de la propia historia de mi hobby favorito.

Hoy entiendo más que nunca la relevancia que tiene Final Fantasy VII y la expectativa por el Remake. Sin duda, Square Enix tiene sobre sus hombros tamaña responsabilidad.