Foto: Difusi
En el debut como director del diseñador Tom Ford era muy previsible la apoteosis estética, pero no tanto una confección dramática tan lograda como la que desfila por "A Single Man", la película que viste a Colin Firth -Copa Volpi en Venecia- y a Julianne Moore para el Oscar.

Tom Ford, el hombre que se convierte en modelo de sus propias fragancias, el diseñador que devolvió el esplendor a Gucci y triunfó en Yves Saint Laurent, corría el riesgo de sepultar la intensidad de la novela de Christopher Isherwood en un exceso de egolatría, en ese divismo incompatible con la autocrítica.

Sin embargo, el maestro de la moda canaliza con sabiduría su narcisismo y sale más que airoso de su osada ópera prima. Una película en la que desglosa los matices emocionales con los excesos épicos de un gran desfile de alta costura.

Con muchos más pliegues de lo que a simple vista muestra. Con un material que mantiene tan frágilmente el equilibrio como un tacón de aguja. Y con un resultado vaporoso y a la vez contundente.

La moda, arte todavía desdeñada por su supuesta frivolidad, está sumamente presente en "A Single Man". Y es cierto que a veces el énfasis esteta eclipsa su doloroso retrato de la soledad, apoyado en la medida más gigantesca interpretación de Colin Firth.

Pero no es menos cierto que Ford amplía su gusto exquisito y su sensibilidad para la belleza a un tratamiento ejemplar de los temas más profundos del filme, que no es sino la historia de un hombre que ya no quiere seguir viviendo.

Profesor de universidad, homosexual y viudo, a pesar de que las leyes de una California de 1960 no le den este título oficialmente (como tampoco se lo darían hoy). En su "acera de enfrente" ya sólo le quedan unos vecinos cotillas, algún estudiante aventajado y una amiga frustrada porque nunca pudo conquistar su amor.

Una época dorada truncada por un accidente de coche, la certeza de que la conexión entre almas es más un milagro que una tónica general y un tiempo que avanza sin remisión, hacen la suma de una angustia intolerable.

Y Ford viste este vacío existencial con las mejores galas en un contraste a veces ortopédico, pero casi siempre desolador. Contando con que, eso sí, Firth y Moore tapan con su intensidad los tropezones dramáticos de primerizo.

También la muy expresiva fotografía del español Eduard Grau, la solemnidad musical de Abel Korzeniowski y la selección de vestuario de Arianne Philips -y tras la que, sin duda, está el propio Ford- hacen reverberar todavía más el sufrimiento entre la sofisticación.

Dejan más patente el patetismo.

Por eso, lástima, se cuela al final la esperanza, que no combina -quién lo diría, viniendo de Ford- con lo que hasta entonces era una mirada sin concesiones a una vida que, como a veces pasa, simplemente dejó de ser habitable.

-EFE-