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Cuántas veces en la vida de las personas surgen diversos imprevistos, como malas noticias, pérdida de algún ser querido, accidentes o dificultades, entre otros, que terminan afectándolas emocionalmente.

Ante esas vicisitudes hay quienes reaccionan inmediatamente, sobreponiéndose a esas eventualidades, hasta encontrar una solución; y por el contrario, hay otros que se desmoronan ante la primera dificultad, pensando que ya todo está dicho o hecho y que de ahí no habrá quién los saque.

Este tipo de respuestas son las que encontramos en el cotidiano, y no se podría afirmar si son modelos de conducta innatos o aprendidos. Lo que quizás es cierto es que todo problema tiene una solución si estamos preparados para afrontarlo.

Lo que sí es una verdad es que nadie está exento a sufrir un accidente, a recibir una mala noticia, a ser víctima de un robo, a perder a alguien querido o quedarse sin nada ante un incendio o fenómenos de la naturaleza como inundaciones, terremotos, u otros.

Estos hechos suelen ocurrir en todas partes, en cualquier momento, y no hace distinción de personas. Lo importante es aceptarlos como tal y no dejarse envolver por la calamidad, perdiendo el control. Hay personas que buscan victimizarse en el problema, que disfrutan inspirando lástima y que como tal todos tienen que estar pendientes de su situación.

En otro contexto, muchos conflictos de pareja se dan cuando ante el menor indicio negativo que surge entre ambos, uno de los dos reacciona impulsivamente respondiendo con palabras ofensivas de grueso calibre o atacando físicamente al otro, algo del que después tendrá que arrepentirse.

¿Cómo salir de este tipo de situaciones? Lo normal es que al inicio las personas se paralicen por el impacto del dolor o la pérdida, que no puedan pensar ni actuar racionalmente. En cuestión de segundos el cerebro empieza a movilizar millones de descargas eléctricas entre todas sus neuronas, y ahí es cuando es importante apelar al pensamiento para entrar en razón.

Una técnica ante ello es respirar profunda y lentamente, inhalando por la nariz y exhalando el aire por la boca las veces que sean necesarias, hasta recuperar el control de las emociones. De esa manera los hemisferios derecho e izquierdo de nuestro cerebro se relajarán y dejarán de enviar impulso nerviosos incontrolados.

De esta manera lograremos serenarnos, nuestro ritmo cardiaco se estabilizará, y poco a poco nos tranquilizaremos hasta que la mente se aclare y pueda pensar sin sosegarse. En ese estado, libres de toda presión emocional, será posible hacer un diagnóstico de la situación, evaluar el tipo de daño recibido y hallar una salida al problema.

Finalmente, evaluadas las circunstancias, es importante trazarse objetivos, y planificar nuevas estrategias para alcanzar las metas fijadas a corto o mediano plazo. Buscar la ayuda de terceros, de personas de confianza, será vital para la recuperación.

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Producción y redacción de textos: Amelia Villanueva Ramirez