"Nadie entra, nadie sale" es la consigna que se escucha en Cantagallo, la comunidad indígena urbana del centro de Lima, convertida en un súbito gueto sanitario que cercó y aisló aún más del resto de la ciudad a los shipibos que allí viven después de que el 72 % de ellos diera positivo por coronavirus. Con unas 250 familias de la etnia amazónica shipibo-konibo en condición de pobreza que sobreviven hacinadas y sin servicios básicos a orillas del contaminado río Rímac, Cantagallo se ha vuelto el punto de mayor concentración de COVID-19 en Perú.

| Fuente: EFE | Fotógrafo: Sergi Rugrand

Tras registrar tres muertes en los últimos días, las pruebas realizadas el martes por el Ministerio de Salud en este asentamiento a apenas a 20 minutos a pie del Palacio de Gobierno de Lima revelaron que, de 656 muestras tomadas, 476 dieron positivo, entre ellos ancianos y diabéticos, según el artista shipibo David Ramírez. Con siete infectados de cada diez pobladores, Cantagallo está muy por encima del promedio nacional, donde el 13,8 % de las 553.302 pruebas hechas a nivel nacional hasta el miércoles habían detectado a 76.306 portadores del virus SARS-CoV-2. De esos han fallecido 2.169.

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"Para nosotros no es una sorpresa, porque yo ya tenía los síntomas. He sido quizás uno de los primeros en sentirlos, y luego los hemos tenido casi todos", explicó a la agencia Efe por teléfono desde su casa el dirigente shipibo Juan Agustín Fernández, uno de los contagiados por el coronavirus. Para este comunicador de asuntos indígenas, el Gobierno, que ya hizo algunas pruebas antes en menor cantidad en Cantagallo, llegó tarde con las pruebas masivas. Al día siguiente de dichas pruebas, los habitantes de Cantagallo amanecieron rodeados por una valla que custodiaba un nutrido grupo de policías y militares para impedirles con tono castrense cruzar el cerco a cualquiera que osase a acercarse al perímetro, ahora infranqueable.

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"Se ha impuesto desde arriba, y así tampoco debe ser", lamentó Fernández, que ve como al otro lado de la valla el virus circula hace tiempo sin control, pues Lima es el gran foco de contagio en Perú al registrar casi 50 000 casos, el 65 % de todo el país. Para ellos, se trata de una cuarentena forzada dentro de la propia cuarentena que se sigue a nivel nacional desde el 16 de marzo, sin que la propagación del virus de señales de descenso. Segregados del resto de la ciudad, la orden es que no salgan de sus precarias casas durante catorce días hasta que estén todos curados. No se descarta tampoco que algunos sean trasladados a los hospitales asignados para casos de COVID-19. "La comunidad tiene mucho temor. Están nerviosos. Más le temen al encierro que al propio coronavirus, porque muchos no han tenido tiempo de ir al banco a sacar dinero para comprar sus productos", comentó Fernández

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Para su abastecimiento, el Ministerio de Cultura repartió 900 canastas con alimentos de primera necesidad. Otros tienen enfermedades distintas al COVID-19 como tuberculosis, y tampoco han podido salir para adquirir sus medicamentos. En el caso de Agustín Fernández, tiene una madre enferma a la que necesita enviarle su tratamiento. La vulnerabilidad de Cantagallo era de sobra conocida, como ya había reportado Efe el pasado 5 de abril tras visitar la comunidad, donde los shipibos advertían las complicadas condiciones en las que afrontaban la cuarentena obligatoria, sin agua potable ni tampoco desagüe.  Eso les obligaba a verter las aguas residuales frente a sus casas, sobre la misma tierra desnuda de sus polvorientas callejuelas, y a utilizar un baño de un mercado cercano, al que no no pueden acudir de noche cuando entra en vigor el toque de queda.

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Gracias a los continuos reclamos de sus dirigentes, la Municipalidad de Lima colocó baños portátiles y también repartió alimentos, pero eso no fue suficiente para evitar la llegada del coronavirus a Cantagallo.  Los mismos shipibos fijan el lugar de su contagio en los grandes mercados de Lima, a donde acudieron durante la cuarentena para adquirir comida, especialmente algunos productos tradicionales de su cultura como pescados de los ríos de la Amazonía y hojas de bijao.

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Uno de esos mercados es el de Caquetá, a unos 10 minutos en autobús de Cantagallo, que resultó ser uno de los principales focos de contagio de COVID-19 en Lima. Allí, uno de cada cinco vendedores está contagiado por el virus, y compradores como los shipibos se lo llevaron presuntamente "de yapa" junto a sus adquisiciones. El virus también pudo expandirse por los cientos de shipibos que llegaron a Cantagallo en los últimos días en busca de refugio tras haberse quedado sin trabajo en otras regiones del país. Allí pararon para descansar y tomar fuerza para emprender una peregrinación a pie de 800 kilómetros hacia su tierra natal.

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Este es el último capítulo de una historia de dos décadas de marginación y olvido por parte de las autoridades frente a este grupo, en su mayoría procedente de las comunidades nativas de la región selvática de Ucayali. Hace apenas seis meses que reocuparon la explanada de escombros en la ribera del río Rímac que habitan, y allí reconstruyeron sus casas con lo primero encontraron a mano después de que un gran incendio en 2016 las redujese a cenizas. Entonces solo se salvó la escuela.

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Lo hicieron cansados de esperar que se cumplan la promesa hecha hace siete años de que serían reubicados en un complejo de viviendas, proyecto que no se concretó siquiera después del incendio. "Cantagallo es la imagen visible del estado de los pueblos indígenas de la Amazonía peruana. Si Cantagallo, que está frente a las narices de Palacio de Gobierno, está abandonado y sin inclusión social ni educación intercultural, ¿cómo estarán los demás pueblos más recónditos de la Amazonía?", concluyó Fernández. (Con información de EFE)

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