Para muchos la inauguración más conmovedora en la historia de los Juegos Olímpicos se llevó a cabo en Atlanta 1996. Y es que Muhammad Ali, con un avanzado Parkinson, depositó la llama olímpica en el pebetero instalado en el Estadio del Centenario de la ciudad estadounidense.

El exboxeador prendió su antorcha con el fuego de llama que poseía la atleta estadounidense Janet Evans y levantó con firmeza, a pesar de su enfermedad, la última antorcha antes de que se encienda el pebetero olímpico.

En el estadio lo único que se escuchaba era el apaluso de todos los espectadores, que se habían quedado atónitos ante la sorpresiva presencia de Ali.

El secreto se mantuvo muy bien guardado, pues nadie se imaginaba que el ganador de la medalla dorada en Roma 1960 iba a ser el encargado de darle, oficialmente, punto inicial a los Juegos Olímpicos.