Omar, un niño de nueve años que perdió la pierna derecha en una explosión de una mina, sentado en el patio de su colegio el pasado 1 de abril, en Al Raqa, Siria. | Fuente: EFE

Un día Omar estaba jugando con sus amigos entre las ruinas de los edificios destruidos en la ciudad siria de Al Raqa. La mala suerte le llevó a pisar una mina, una de las miles que dejó el grupo yihadista Estado Islámico (EI) y de las que los niños pequeños son las víctimas más vulnerables.

"Me explotó una mina cuando jugaba con mis amigos", contó a la agencia Efe Omar, de 10 años, sentado junto a su amigo Firas. Fue el Estado Islámico quien "puso la mina que me explotó", relata con semblante serio desde una escuela con paredes rosas que iluminan las estancias.

Fue poco después de la liberación de Al Raqa, la capital de facto de los extremistas en Siria hasta octubre de 2017, cuando Omar se quedó sin sus dos piernas por la explosión. Durante los meses de la batalla con las Fuerzas de Siria Democrática (FSD), una alianza liderada por kurdos y respaldada por Estados Unidos, el EI colocó minas por toda la ciudad para evitar que los civiles escapasen.

Khaula, una niña de nueve años que perdió la pierna en la explosión de una mina, baja unas escaleras el pasado 1 de abril, en su casa en Al Raqa, Siria | Fuente: EFE

Minas

Estos artefactos continúan siendo el mayor peligro para los habitantes a día de hoy. "No tenía piernas. Los niños jugaban con las bicicletas, pero yo no podía", cuenta Omar. Fue la ONG Hope Makers Organization (Creadores de Esperanza, en inglés) la que vio su foto en Facebook. Decidieron ponerse en contacto para ayudarle y darle un porvenir: unas prótesis para las piernas.

Ahora, acude todos los días a la escuela de otra ONG, llamada Creadores de Futuro, junto a otros compañeros, niños víctimas de la guerra. "Estoy contento aquí, me enseñan matemáticas y muchas cosas. En el futuro quiero ser periodista", dice sonriendo con la mirada.

Omar camina con un poco de dificultad. Ha sido un proceso duro, al que le ayuda su amigo Firas, compañero inseparable y de quien no se despega. Entre ellos emplean el lenguaje de signos por sus dificultades a la hora de hablar.

Y afirma: "Aquí me ayudaron a poner las prótesis y además los creadores de futuro nos dan clases". Sentado en su pupitre, Omar solo pide una cosa: "Quiero que pongan prótesis a los niños sirios para que puedan andar y llevar una vida normal".

Khaula, la niña que quiere ser enfermera

Nueve años tiene la pequeña y tímida Khaula, que sentada en la alfombra de su austero hogar habla con la agencia Efe sobre su vida después de haber recibido una prótesis.

A Khaula le explotó también una mina cerca de su hogar en Al Raqa, cuando salió con sus amigos y olisqueó entre los restos de la guerra, jugando como cualquier otra niña. La pequeña perdió toda su pierna izquierda desde la pelvis y tiene una prótesis completa.

"Después de la prótesis voy al colegio mejor. Antes no podía ir a jugar", susurra sin apenas abrir la boca con una sonrisa tímida y bajo la atenta mirada de sus dos hermanos pequeños.

Una furgoneta va y viene a recogerla cada día desde la escuela a su casa, que se encuentra a muy pocos metros de distancia. Allí la espera su madre, abuela y sus hermanos en una pequeña vivienda alquilada en la que su único acceso es a través de unas escaleras, que Khaula sube y baja con destreza. Un poco retraída y abrumada, Khaula destaca lo contenta que está en el colegio y, después de lo que le ha pasado, tiene claro lo que quiere ser: enfermera para ayudar a los demás.

(EFE)

Un grupo de niños en Siria. | Fuente: EFE
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