Amazonas y sus rostros de pobreza

En la Amazonia, por todos lados, uno ve y respira pobreza, y uno se pregunta qué porvenir podrían tener las decenas de niños que uno siempre encuentra.
RPP/ Cortes

“El Perú es un méndigo sentado en un banco de oro”, así lo dijo el italiano Antonio Raymondi hace más de un siglo, y no se equivocó. Ese méndigo continúa al igual que el banco de oro. El méndigo es el Perú y ese banco de oro es la riqueza que tiene nuestra patria a lo largo y ancho de su territorio.

Muchas poblaciones que reflejan la plena realidad de ese méndigo, son nuestros hermanos que se encuentran en el corazón de la selva.

En 1988 recorrí Condorcanqui, provincia fronteriza de la región Amazonas con la República del Ecuador, volví a ella en 1995 y en 1998 por el tema del conflicto del Cenepa y hace meses, y en todas estas visitas, vi que casi nada había cambiado.

Nuestros hermanos awajum y wambisa seguían con los mismos problemas de siempre y si no fuera por los soldados del Ejército, los enfermeros de las postas y los profesores de las escuelas, el Estado peruano no tendría presencia.

¿Cómo es posible?, me preguntaba.

Sin duda, la presencia del gobierno, por lo menos en las comunidades recónditas en donde aún hay personas que no saben que la bandera roja y blanca es la bandera del Perú; es poca; pero es importante indicar que el Estado hace su esfuerzo por reducir la pobreza, desnutrición crónica infantil y analfabetismo.

En la Amazonia, por todos lados, uno ve y respira pobreza, y uno se pregunta qué porvenir podrían tener las decenas de niños que uno siempre encuentra, ora en el peque peque surcando al traicionero Marañón, ora correteando en las pampas de las comunidades, o en las escuelitas, que se mimetizan con el medio ambiente y con las viviendas colindantes, que da la sensación de que no hay un centro educativo.

La banderita ondeando sobre un carrizo y el escudo ya despintado sobre las paredes de madera, nos da el mensaje que si hay una escuela.

Aun con la precariedad que un pedazo de tiza en la pizarra despintada raya en lo inimaginable, las escuelitas son una lumbrera en la oscuridad del olvido. Allí día a día, los rostros de la pobreza, llegan muchas veces con el estómago vacío, sin uniformes algunos, sin zapatos la mayoría.

Estos rostros de la pobreza, tienen en la mayoría de los casos que desplazarse en sus peque peque, que son pequeñas embarcaciones a remo, por una, dos, y hasta tres horas, bajo la lluvia, o caminar en la agreste vegetación sorteando quebradas y puentes de troncos, y más de un riesgo para llegar a sus escuelitas, buscando la superación.

Hace poco conocí a una joven awajun que acaba de terminar Ciencias de la Comunicación en la Universidad Pedro Ruiz Gallo de Lambayeque. De hecho que el esfuerzo de esta jovencita de ir desde su comunidad hasta las aulas universitarias, es un ejemplo para decenas de rostros de la pobreza que a diario están en sus escuelitas.

Entre las riquezas de la selva amazonense, sin duda están estos niños, que con sus rostros de pobreza, son la esperanza de sus nacionalidades awajum y wambisa. A ellos y por ellos les debemos el desafio de hacer un país diferente, sin carnet político, pero si con un documento de identidad que cada vez nos haga más peruanos.

Por Juan César Cabrejos Becerra

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