En cualquier tramo de la Panamericana los encontramos. Sus rostros tostados por el fuerte sol y prominente barba, reflejan entusiasmo y fervor a pesar de los más de mil 800 kilómetros que caminan desde su punto de partida en Tacna, hasta su destino final Piura.

Con sus mantas, carpas y mochilas, los peregrinos caminan días y semanas con el único propósito de llegar hasta la provincia de Ayabaca, en Piura, para reencontrarse con el milagroso Señor Cautivo.

Los vemos en los peajes, óvalos o descansando en cualquier sombra natural, apelando a la generosidad de quienes los miran con asombro y cierta incredulidad. De esta forma se les hace más llevadero el camino a la sierra de Piura. A su paso por Trujillo, en la Libertad, los abordamos y conversamos con algunos de ellos.

Hay personas que peregrinan por primera vez, algunos van acompañados de sus hijos y otros llevan años con la promesa de sacrificio. Los más intrépidos cargan cruces o réplicas del Señor Cautivo, pero todos coinciden que es para agradecerle un milagro, pedirle salud o el bienestar de algún familiar.

Aseguran, que el sacrificio que realizan no es nada comparado con aquellos devotos que llegan de rodillas o arrastrándose hasta el santuario Nuestra Señora del Pilar. Las expresiones de fe y el sacrificio que nos revelan son sorprendentes.

Los que observan con cierta extrañeza el paso de estas personas, en su mayoría vestidas con prendas de color morado, señalan que uno tendría que recibir un milagro de Cristo para hacer semejante sacrificio o comprender las acciones que realizan.

Por: Julio Correa Lecca

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