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El Cristo de Pachacamilla no se ha quedado en Lima. Desde hace muchos años, el Señor de los Temblores, tal como también se le denomina, ha trasladado sus milagros y su devoción a Trujillo para ser recibido con innumerables muestras de fe.

Aquí,  a miles de kilómetros de distancia del muro con la referencia divina que alguna vez pintó el esclavo angoleño conocido como Benito, la imagen del Señor de los Milagros también recibe el cariño de sus devotos en medio de turrones de Doña Pepa e  incienso acompañado de llanto y oración, pero también de entusiasmo.

Por  eso, y durante el primer día del mes de octubre, como ya es costumbre, se ofició una masiva Celebración Eucarística en el templo Santo Domingo, ubicado en pleno centro histórico de Trujillo.

La misa es también el preludio de la esperada salida del ícono más importante de la religiosidad peruana. Entonces, las cuadrillas conformadas por unas 40 personas colocan las andas al hombro e inician el recorrido junto a vehementes sahumadoras y una morada multitud.

Muchos de los presentes, conmovidos, tienen sin duda una historia que contar, algún milagro que agradecer, quizá una lágrima convertida en risa al amparo del Cristo Moreno.

La figura doliente del hijo de Dios parece acoger cada una de las peticiones que emanan con fe los pacientes del Hospital  Belén de Trujillo o los ancianitos del Centro del Adulto Mayor de EsSalud.

Los días posteriores se programan misas desde muy temprano, para que los devotos inicien su jornada con la bendición divina y continúen acompañando al Cristo de Pachacamilla en las salidas desde su templo.

Los fieles también pueden participar de las novenas que preceden a la procesión central que este año ha sido programada para el 19 de octubre. Ese día, miles de personas le rendirán sentido homenaje y recordarán que aquel Jesús Nazareno es también Patrón Jurado y Protector de Trujillo.

Devoción de color morado y fe norteña en su máximo esplendor. Así se vive el fervor al Señor de los Milagros en la cálida urbe que lo recibe a los acordes de una salerosa marinera.

Por: Julia Góngora

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