Don “Luchito”, como llamaban sus amigos a Luis Cárdenas Raschio, dejó para la posteridad innumerables trabajos de investigación, así como una valiosa colección de telares, estampillas, artesanías y máscaras.

Su colección de nacimientos es una de los más importantes del Perú y de América Latina, que atraía turistas de todas partes del mundo. “El año pasado yo le traje de Ferrara (Italia) un nacimiento de hierro incrustado en un cofrecillo de anillos”, cuenta con mucho pesar el escritor Sandro Bossio.

Pocos saben que él fue el primer técnico en fotograbado y clisé, que era la sustitución de un taco xilográfico por una plancha metálica sobre la cual se reproduce una imagen.

Trabajó en los años cincuenta en el diario “La Voz de Huancayo”, y en 1962 entró a laborar al diario Correo como fotograbador y reportero gráfico. Precisamente, una fotografía que ha dado la vuelta al mundo, donde aparece José María Arguedas con un mate burilado entre las manos en la Plaza de la Constitución fue tomada por Luis Cárdenas Raschio. Aunque casi nadie le ha reconocido el crédito, pese a ser publicada en muchos medios, era tan sencillo y dadivoso que solía reír con esa anécdota antes que reclamar.

Cierto día, a fines de 2009, don Luis mostró a RPP Noticias una pieza poco común: Una cabeza reducida por los indios jíbaros de la Amazonía, obtenida durante uno de sus tantos viajes. “pagué todo lo que tenía por esa cabeza y me quedé pateando latas en el Ecuador”, contaba don Luis con una sonrisa, y añadiendo luego el macabro proceso de empequeñecer una cabeza humana.

Sabía muchísimo sobre el antiguo Huancayo. Probablemente era el último de los huancaínos que más conocía sobre la evolución urbanística de la ciudad y de las costumbres de los huancas. Era especialista, como nadie, en temas de folclor, danzas y cantos nativos.

En su juventud viajó por diferentes partes de la zona para adquirir vestuarios y adornos legítimos. “Los bailarines de huaylarsh temblaban cuando él era jurado”, cuenta Sandro Bossio, porque él nunca estaba en las sillas sino en los vestidores comprobando que los fustanes y las bayetas sean originales”.

Aborrecía la invasión cultural y luchó toda su vida por mantener nuestras tradiciones. Pero igualmente apreciaba haber sido amigo de la última “cotuncha” (se trata de aquellas mujeres que usaban el cotón y la faja en el sur de Huancayo). Ella pasaba vendiendo sus plátanos en su “valay”. Cuando ella murió, murió la etnia de las “cotunchas”.

Son inolvidables sus memorias sobre la Feria Dominical de Huancayo cuando se realizaba en la calle Real, así como sus historias sobre las costumbres de la Ciudad Incontrastable.

Cantaba huaynos acompañado de su vieja guitarra, derrochando siempre alegría y buen humor. Dedicó su vida a recuperar del olvido y el paso de los años una infinidad de costumbres, tradiciones y manifestaciones artísticas andinas del Valle del Mantaro. Desenterró la práctica andina del “Pagapu” o pago a la tierra, la cual forma parte del actual calendario turístico regional.

La casa de don Luis siempre estuvo abierta para los investigadores, visitantes, turistas y hasta curiosos.

En las navidades y desplegando una paciencia digna de Job, montaba en su casa un nacimiento para el que utilizaba una habitación entera con miles de figuritas que representaban, con total realismo, todas las danzas de la zona central.

Por: Lizzet Paz

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