| Fuente: Andina

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Es deber y derecho de todo ciudadano decidir cuál es el candidato que corresponde mejor a la idea que cada uno se hace de nuestro país. Lo que está en juego es la posibilidad de iniciar un nuevo quinquenio que garantice la salud de todos, que consolide nuestra democracia y nos permita retomar índices de crecimiento que contribuyan a reducir la pobreza y generar empleos dignos. Con sus excesos y limitaciones, la campaña electoral habrá servido para conocer las propuestas y las personalidades de los que solicitan nuestro voto. Los electores juzgarán si las propuestas corresponden a sus valores y si los candidatos que las encarnan poseen las virtudes necesarias para gobernar un país diverso y difícil como el nuestro. Lo que le conviene al Perú es que el voto sea masivo, porque de esa manera las autoridades quedarán respaldadas por una mayoría clara y representativa, que nadie pueda desconocer. La abstención favorece la dispersión del voto y resta legitimidad a los que deberán gobernar por mandato de las urnas.

Inevitablemente la campaña electoral se ha visto fuertemente condicionada por la pandemia, que atraviesa en nuestro país por su peor momento. Nuevas variantes, lentitud en la vacunación y servicios hospitalarios deficientes han limitado los desplazamientos presenciales de los candidatos y han inclinado el ánimo ciudadano hacia el descontento y el voto castigo. Pese a todo, hemos sido capaces de mantener el calendario electoral y la ONPE ha sabido adaptarse a condiciones excepcionales: horario de voto más dilatado, distribución por grupos etarios y número de DNI, una sola mesa por habitación, vasta difusión de los locales de voto. Si pese al luto, el domingo vivimos una fiesta democrática, podremos apoyarnos en ese logro para no tener dudas de que cuando nos organizamos y nos unimos somos capaces de grandes realizaciones. Por eso lo más deplorable de la campaña ha sido la agresividad y los insultos que en muchos casos han disfrazado la falta de argumentos y de propuestas.

Felizmente los principales medios de prensa han tratado de limitar el recurso a las noticias falsas que circulan sobre todo en redes y plataformas sociales. Las mentiras siempre han prosperado durante las campañas electorales, pero su identificación podía significar la descalificación duradera de sus responsables. Ahora son la obra de cuadrillas anónimas o peor aún, de algoritmos capaces de reconocer brechas de vulnerabilidad y márgenes de credulidad. Resulta aterrador el ejemplo de lo sucedido en Estados Unidos y el recuerdo del elevado porcentaje que sigue creyendo que Donald Trump ganó las elecciones. Es una buena señal que la plataforma WhatsApp haya lanzado una campaña bajo el titulo inspirador de Comparte hechos, no rumores. También marca en ciertos mensajes Reenviado muchas veces, para que los receptores estén prevenidos sobre eventuales campañas de propaganda. El objetivo declarado no puede tener una connotación más metafórica: reducir la viralidad y permitir que los usuarios sepan si, sin su consentimiento, han sido integrados a algún grupo de destinatarios. Como en otros momentos de grandes innovaciones, la ética se activa más lentamente que la tecnología, pero termina por imponerse puesto que la vida en sociedad es inviable sin una opción clara por la verdad y contra la mentira.

La historia de nuestro país nos enseña una lección compleja: desde los inicios de nuestra vida independiente hubo personas que no nos creían capaces de ser nación, y menos aún de funcionar como República. El amor al Perú y a su gente se hereda y se aprende. Quienes no sean capaces de obrar de la mejor manera por los que hoy están sufriendo las consecuencias sanitarias de nuestra división y nuestros odios no merecen gobernarnos.

Las cosas como son