Donald Trump, presidente de Estados Unidos. | Fotógrafo: EFE

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El presidente Donald Trump insiste en relativizar la importancia de medidas restrictivas para contener la epidemia, multiplica los adjetivos sobre el futuro radiante de su país y salta sobre toda ocasión, por débil que sea, para asegurar a su pueblo que la situación está bajo control. Pues bien, no está bajo control, como evidencia el aumento de infecciones y de muertes en Nueva York y otros “puntos calientes” en el territorio de Estados Unidos. El gobernador Andrew Como ha afirmado que su Estado necesita ventiladores mecánicos, mascarillas e indumentaria médica, como si se tratara de un país subdesarrollado y no la plaza financiera más importante del mundo. La situación ha llegado a tal extremo que existe ahora el miedo de que la población de Nueva York busque refugio en otros Estados, llevando el virus y perdiendo valioso tiempo para el despistaje.

El célebre médico Anthony Faucy, titular de la Agencia Federal de alergias y enfermedades infecciosas, aparece en las conferencias de prensa junto a Trump y hace milagros para no contradecir en público al presidente sin traicionar su lealtad primera: a la ciencia, a la preservación de la vida, a la curación de los pacientes. Se dice que debemos a Faucy haber ganado veinte años en la lucha contra el SIDA, así como la exitosa gestión de otras epidemias recientes, como la del Ébola. Esperemos que también en este caso, nos sorprenda con hallazgos terapéuticos y con organización en la gestión de la crisis. Por ahora, Trump pareciera creer que las consecuencias económicas pueden ser más graves que la crisis sanitaria, que ya se traduce en su país con la muerte de más de 500 personas. La reticencia de Trump sorprende tanto más que ayer el conservador primer ministro de la India, Narendra Modi, decidió imponer una cuarentena de tres semanas al país con la segunda mayor población del mundo. Y el Consejo Científico de Francia recomienda al presidente Macron la prolongación de la cuarentena durante cuatro semanas más.

Según Trump, las restricciones vigentes podrían levantarse después de la Semana Santa, porque según él, en caso contrario “el remedio podría ser peor que la enfermedad”: quiebra, desempleo y recesión. Más claro fue el vicegobernador de Texas Dan Patrick, de 70 años, quien afirmó que no le importaría morir para salvaguardar la calidad de vida de sus hijos y nietos. El problema es que ese pensamiento puede llevar a favorecer la tesis del contagio colectivo o “inmunidad de rebaño” , contando con que causaría sobre todo la muerte de personas ancianas y enfermas. El tema de fondo es decidir hasta qué punto se puede priorizar la economía en detrimento de la salud los seres humanos. Al fin y al cabo, siempre podremos aprovechar el rebote y redoblar los esfuerzos por reformar nuestro sistema económico y mejorar su productividad. Lo que no podemos es recuperar vidas humanas perdidas en aplicación de una forma de “darwinismo social”. Por cierto, la abnegación, llevada hasta los límites del heroísmo o la santidad, puede ser una opción personal, nunca una política pública. Tal ha sido el caso del sacerdote Giuseppe Berardelli, fallecido como miles de sus paisanos en la ciudad italiana de Bérgamo. Sus feligreses hicieron una colecta para comprarle un respirador artificial, pero el sacerdote, de 72 años, decidió renunciar a su uso para beneficiar a un paciente más joven y con más posibilidades de sobrevivir que él. En los momentos de crisis podemos saber lo que valen los seres humanos, lo que valen las virtudes morales, lo que vale la vida.

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