Médicos, enfermeras y personal técnico de varios hospitales del país protestan y denuncian en abandono del sector salud en medio de la emergencia sanitaria por la COVID-19. | Fuente: AFP | Fotógrafo: ERNESTO BENAVIDES

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La Organización Mundial de la Salud ha hecho saber que el día de ayer ha sido el peor en lo que va de la pandemia, respecto al número global de casos de Covid-19. En total, 106 mil nuevos contagios registrados, la mayoría de los cuales procede de siete países: Estados Unidos, Rusia, Brasil, Arabia Saudita, India, Qatar y Perú. La declaración formulada por el Director General de la Agencia de la ONU para la Salud actuó como un baldazo de agua fría frente a las expectativas de los que esperábamos que al cabo de más de dos meses de confinamiento la tasa de contagio iría en descenso.

Sobre todo porque nos habíamos acostumbrado a ver el descenso constante en los países europeos que en su momento fueron el epicentro de la pandemia y que ahora proceden gradualmente a reanudar las actividades productivas, educativas y de esparcimiento. Nadie tiene las explicaciones de la razón por la que siete países tan diferentes se hallan en la lista de los más afectados.

Respecto al Perú los datos crudos de la OMS coinciden con cálculos hechos por el equipo especializado en “periodismo de data” del diario británico Financial Times, que ha comparado el número de muertos registrados los últimos meses con los registrados en la misma época de años anteriores. Por su parte, otro diario británico, The Guardian se pregunta: “¿Qué está fallando en el Perú, pese a que la respuesta del gobierno fue adoptada a tiempo?”. The Guardian contrasta los errores del presidente brasileño Jair Bolsonaro con los aciertos de Martín Vizcarra, que adoptó las orientaciones recomendadas por la OMS, que fue el primero en imponer una cuarentena y movilizar a la Policía y la Fuerza Armada para hacer respetar las restricciones.

The Guardian cita a especialistas como el médico Elmer Huerta y el economista Hugo Ñopo quienes destacan la indisciplina de una parte de la población, las carencias de nuestro sistema hospitalario, la informalidad y el mal funcionamiento de los mercados. El profesor y dirigente Shipibo-Koniba Miguel Hilario-Manemina subraya el centralismo, la deficiente regionalización y el desinterés por las comunidades nativas.

A todas esas taras debemos agregar la corrupción. Aunque los temas judiciales y la grave trama criminal de Odebrecht han sido desplazados del centro del interés por el coronavirus, existe una conexión evidente entre la impunidad en el uso del dinero fiscal y la mala calidad de los servicios públicos. La prueba flagrante nos viene de Bolivia, donde el ministro de Salud Marcelo Navajas ha sido detenido y está siendo investigado por su presunta implicación en sobrefacturación en la compra de ventiladores mecánicos.

Saliendo de su tradicional discreción, el Banco Interamericano de Desarrollo ha dado cuenta de su propia investigación sobre el uso de dinero, prestado al gobierno boliviano para la compra de 170 ventiladores a una empresa española. Aparentemente funcionarios prevaricadores y empresarios coimeros se habrían coludido para enriquecerse con 20,000 dólares por cada ventilador. Ese tipo de miserable atentado contra la salud pública sólo se puede hacer a través de una organización que requiere expertos en derecho y gestión pública, pero esta vez el BID ha decidido plantar cara a un caso que debería ser emblemático de lo que sucede en numerosas compras y contratos de servicios.

Para terminar con una buena noticia, celebremos los vientos de apaciguamiento y buen criterio que parecen soplar en las relaciones entre el Ejecutivo y el Congreso. El primer ministro se presentará ante el Pleno el jueves próximo. No hay que cansarnos de repetir que los tiempos requieren dejar de lado el narcicismo de grupo y pensar en el sufrimiento de muchos peruanos afectados en su carne y privados de su derecho a trabajar y alimentar a sus familias. Precisamente porque las noticias sobre la curva epidemiológica no son buenas, tenemos que reforzar nuestra unidad frente al enemigo común:  el coronavirus y su cortejo de pobreza, destrucción y muerte.

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