En la selva de Vohibola, en la costa oriental de Madagascar, el crimen reina: matanzas salvajes, caza de lémures y descarados saqueos de la naturaleza.

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Una lástima para el guía y jefe de la aldea de Andranokoditra, Michael Tovolahy, más conocido como "jefe Nabé". "Su" selva de Vohibola, situada entre el canal colonial de los Pangalanes y el océano Índico, alberga tesoros de biodiversidad.

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"Hay al menos 20 especies de animales autóctonos, incluidos seis tipos de lémures, y 150 variedades de árboles", cuatro de los cuales solo crecen en la Gran Isla, explica. "Temo que debido a los leñadores-cazadores furtivos, esta selva desparezca un día para dejar su lugar a una tierra vacía donde inversores vendrán a plantar muros de cemento..."

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Convertidos en un símbolo de Madagascar desde el éxito planetario de la película animada del mismo nombre, los lémures son uno de los blancos privilegiados de los cazadores. Algunos se los comen, otros los venden como animales de compañía.

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"Los lémures nocturnos son muy fáciles de capturar durante el día mientras duermen", explica el jefe Nabé. Los cazadores furtivos cortan los árboles que rodean su nido para impedirles la huida. Luego ya solo tienen que sacudir el nido para hacerles caer. Sencillo y eficaz.

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Según la oenegé Lemur Conservation Network (LCN), 105 de las 111 especies de lémures repertoriadas en Madagascar están en peligro de extinción.

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Los pequeños mamíferos no son los únicos amenazados. Para los habitantes de la región está en juego el futuro mismo de la selva.

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A lo largo de su recorrido, la patrulla del jefe Nabé se cruza con montones de cortezas, vestigios de las salvajes talas diarias que transformaron la selva de Vohibola en una gran obra.

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La mayoría de los árboles "robados" al bosque se queman para hacer carbón, un combustible barato y por tanto apreciado por los habitantes de Madagascar, uno de los países más pobres del planeta.

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"Es realmente triste ver que se atreven a convertir en carbón maderas preciosas como el ébano", se lamenta el jefe Nabé.

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