Proyecto cultural promueve la lectura y la expresión artística entre los niños. | Fotógrafo: Morgana Vargas Llosa

Por: Verónica Ramírez Muro

Fotos: Morgana Vargas Llosa

Es sábado a las nueve de la mañana en el asentamiento humano Santa Rosa, en el distrito de Puente Piedra, y al menos 30 niños y niñas asisten a clases de música, marinera, gimnasia y taller de lectura. El proyecto Quijote para la vida ha transformado la fisonomía del barrio con sus murales de colores, un barullo y trajín inusual y una música que trasciende las paredes.  

Hoy, en la biblioteca, discuten sobre la novela Juan Salvador Gaviota, de Richard Bach. Leen la novela por capítulos, en voz alta, aunque algunos niños han adelantado la lectura en casa.

“Hay una gaviota diferente que prefiere tener muchos sueños y aprender muchas cosas  y no comer y comer como las demás gaviotas”, explica Hillary, de 9 años, al resto de sus compañeros. Varios niños saltan como resortes de sus asientos. Quieren opinar. Lis Pérez, fundadora del proyecto junto a su esposo Eddy Ramos, pide que levanten la mano para organizar los turnos.

“Cuando el niño lee se hace autónomo y autor de sus ideas. Empieza a inventar  y eso le abre muchas puertas. La lectura te tiene que ayudar a mejorar como persona”, recalca Lis.

Los felices lectores

Eddy, periodista, y Lis, profesora, son padres de dos hijos: Cielo, de nueve años, y Luis, de cuatro. Hace un tiempo atrás, Lis y otros profesores barajaban planes de emergencia para elevar los niveles de lectura en las escuelas. En el último informe Pisa el Perú había obtenido unos resultados catastróficos.

Así fue como emprendieron el proyecto “La escuela más allá de los muros” con el fin de analizar qué hacían los niños al salir de la escuela. Descubrieron que dormían hasta tarde, acudían a las cabinas de Internet, pasaban solos la mayor parte del día y no contaban con un espacio comunitario donde hacer un uso productivo del tiempo libre.

Al ser conscientes de la carencias, los futuros padres de familia (en ese entonces Lis estaba embarazada de Cielo) decidieron gestionar su propio proyecto. “Eddy y yo queríamos vivir en esta comunidad y queríamos que nuestros hijos vayan a la escuela pública. Entonces compramos este terreno con la idea de crear una biblioteca”, cuenta Lis.

Según cuenta Eddy, sus principales cuestionamientos eran: “¿Que espacios públicos tendrá nuestra pequeña para crecer en libertad? ¿Es el colegio la única alternativa de su formación? ¿Cómo hacer para que nuestra hija abrace el arte y la lectura y los contagie a sus amigos y amigas? ¿Es posible construir una nueva ciudadanía desde el barrio?”.

Ambos buscaban un referente de la literatura universal y a la biblioteca le pusieron de nombre Don Quijote y su manchita.. “Del Quijote admiro su espíritu aventurero, perseverante y afán justiciero, es por ello que desde hace años continúo mis viajes por todo el Perú y América Latina. Mi gran sueño es replicar el proyecto Quijote para la vida en los barrios y regiones del Perú y ver la consolidación de una generación de nuevos líderes y nuevos ciudadanos que se han formado sobre la base de la lectura, el arte y la cultura”, sostiene Eddy.

La biblioteca fue el germen de un proyecto que se ha ramificado y crecido con el tiempo, pero los comienzos no fueron fáciles. Obtuvieron libros a través de donaciones y  empezaron a llegar los niños, pero las cosas no salieron cómo estaban previstas: los niños hojearon los libros y se fueron a la calle a jugar. Nunca habían leído un libro completo y no tenían el hábito de la lectura. Lis y Eddy los animaban a leer en grupo y a que se llevaran los libros a casa, pero los pequeños no lograban conectar con ningún tipo de literatura.

Entonces decidieron trabajar con videos y películas y luego implementaron más actividades como la marinera, la música y la gimnasia. Los niños volvieron. Después de hacer ejercicios,  se acercaron a los anaqueles de ese espacio en silencio y empezaron a sentirse intrigados por las figuras y las historias que encerraban esas páginas. Sin darse cuenta, los libros dejaron de ser objetos para convertirse en seres animados que los invitaban a conocer nuevos mundos.

Un día en el barrio

“Rodilla - punta, rodilla - punta, un dos, un dos, mentón arriba, brazos atrás”, repite Wilín Alcalá, profesor de marinera. Un piso más arriba, otro grupo de niños ensaya el Himno de la alegría  con dos baterías, un arpa, dos violines, un órgano, un clarinete, un chelo y varias flautas. Aspiran a convertirse en una orquesta sinfónica, aunque de momento y hasta que no completen todos los instrumentos prefieren llamarse “la futura orquesta sinfónica”. El último piso está acondicionado para las clases de gimnasia donde ensayan coreografías y practican flic flacs.

Todas estas actividades se llevan a cabo en una rama del proyecto Quijote para la vida: el Centro Cultural Luis Berger, que rinde homenaje a un sacerdote francés muy querido que en los años sesenta vivió en Puente Piedra y renunció al sacerdocio para casarse con una monja.

Las clases diarias, tanto en el centro como en la biblioteca, permiten que Eddy y Lis estén en contacto con los problemas que aquejan a los habitantes de esta zona urbano-marginal. Hay muchos casos de violencia doméstica y también de pobreza extrema. Habitualmente, las clases cuestan 2 soles para generar un vínculo responsable y que los niños cumplan en asistir, pero hay niños exonerados del pago. “No queremos que ese día no coman o no tomen leche. En esos casos las madres que no pueden pagar también nos ayudan con la limpieza o con la supervisión de los niños durante las actividades”, cuenta Lis.

 

El objetivo central del proyecto es enriquecer la vida de los niños a través de la lectura. Creen firmemente que otro mundo es posible. “No se trata de leer para terminar un examen sino para tener un plan y descubrir cuál es tu misión en la vida”, dice Lis. Además, los niños también tienen las puertas abiertas para expresar sus aficiones e inquietudes, como es el caso de Eder, de 13 años, que ha logrado convertir un teléfono en una radio portátil porque de grande quiere ser científico. 

Un pilar importante del proyecto es la confianza en el trabajo comunitario. Lis y Eddy conservan las enseñanzas de sus padres y de los vecinos mayores que hace 50 años  se organizaron para construir viviendas en el cerro haciendo una cadena humana que pudiera transportar el cemento. De la misma forma, uniendo esfuerzos,  también consiguieron comprar una bomba de agua. A eso también aspiran ellos, a que los niños del Quijote crezcan con un alto sentido de solidaridad y pertenencia a su comunidad.

 

De vuelta a la biblioteca, en cuya entrada hay una escultura del Quijote en tamaño natural obra del artista Miguel Mejía,  los niños continúan enfrascados en las múltiples interpretaciones de la vida de una gaviota. El taller de lectura debió terminar hace ya 15 minutos, pero nuevas teorías dan pie a reflexiones y comentarios.

“Lo que pasa es que las gaviotas tienen un límite de vuelo y altura, pero Juan Salvador quiere pasarlos a todos “, dice un niño. “Nooooo”, grita una niña desde el fondo de la clase: “el libro se trata de una gaviota que vuela mucho más alto que la bandada”. “Mucho más alto”, repite Lis… como todos aquí, tan lejos de La Mancha, pero tan cercanos al Quijote.

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