Los hijos de Amador Ballumbrosio han unido esfuerzos para mantener vivo su legado. | Fuente: La otra ruta

Por: Verónica Ramírez Muro
Fotos: Morgana Vargas Llosa

La antigua trocha construida para el paso de burros y carretas es hoy una pista asfaltada rodeada de sauces y guarangos. Sobre el terreno que se extiende a ambos lados de la pista crecen los campos de espárragos, mandarinas, uvas o paltas alimentados por sofisticados sistemas de irrigación. Muchas de las antiguas haciendas han sido lotizadas y reconvertidas en casas familiares. La fertilidad del valle de Chincha es un terreno feliz para la agricultura, la ganadería y el turismo.

El tiempo ha pasado también en el distrito de El Carmen, aunque sus viviendas siguen siendo bajas y de adobe. Desde la entrada de un hogar familiar con las puertas abiertas se alcanzan a ver fotos y recuerdos colgados de las paredes de colores. Los pocos muebles se han arrinconado para darle más amplitud a la sala, y de la cocina escapa el olor del próximo almuerzo. Es mediodía, el sol quema y la plaza está desierta. Alguien baldea el suelo de la casa y el agua se derrama en la pista para evitar que el polvo se levante. Dentro de pocos minutos, un autobús se estacionará precisamente aquí, sobre la tierra recién mojada. 15 turistas afroamericanos vendrán a conocer a la familia Ballumbrosio desde la costa Oeste norteamericana.

Miguel Ballumbrosio es uno de los 15 hijos músicos de Amador y Adelina. Está de pie frente a la cruz de caminos con banderines que identifica a la Fundación Cultural Amador Ballumbrosio. El centro todavía se encuentra en construcción, pero cuenta con un patio central y, a ambos extremos, dos cubos de cemento. “Tienen la forma de dos cajones”, nos explicará luego Miguel.

Aquí, Miguel y su pareja, Sylvie Rouvreau, dirigen la fundación, que cuenta con una biblioteca y una mediateca con libros, películas y música de todas partes del mundo. “Hemos hecho este centro para proteger la identidad de nuestro pueblo. A veces no somos conscientes que las nuevas generaciones están más dispuestas a recibir otro tipo de culturas y no a fortalecer la suya”, dice Miguel.

Ambos trabajan también en las escuelas de Ica, donde difunden su música, enseñan zapateo, percusión y cantos. Hoy, un grupo de niños y niñas carmelitanos se ha reunido para bailar, reír y leer cuentos. Los acompaña Iliana Holguín, una joven percusionista francesa. En París le dijeron que si quería aprender a tocar bien el cajón tenía que viajar a El Carmen y preguntar por los Ballumbrosio.

Esta mañana en la biblioteca con forma de cajón peruano Miguel y Sylvie realizan sesiones de cuentacuentos. En otras ocasiones también ofrecen charlas de orientación para mujeres adolescentes en alianza con otras asociaciones. “Queremos darle una casa de la cultura a El Carmen, donde puedan pintar, crear, bailar y mantener sus tradiciones religiosas. Hay que registrar todo eso para no perderlo y fomentar la convivencia comunitaria”, dice Sylvie, hija de un etnomusicólogo especializado en música vernacular que de niña pasaba largas temporadas entre Ecuador, Bolivia y Perú.

“Mucha gente me dice, ¿por qué no te quedaste en Europa, por qué has vuelto al pueblo? Porque yo quiero proteger y reafirmar la identidad de los carmelitanos”, dice Miguel.

Mantener vivo el legado

Chebo, así le dicen, es el tercer hijo de los Ballumbrosio, pero recibió el nombre del padre, Amador, por una tradición musulmana que sostiene que el tercer hijo es quien debe heredar el nombre. El profesor y director musical de La Tarumba en Lima vuelve a la casa familiar prácticamente todos los fines de semana. Hoy va a tocar el violín en el pequeño festejo y posterior almuerzo con los turistas.

“Tenemos que mantener viva a la familia, mantener la imagen de mi padre y que nuestras tradiciones no se deterioren. Mi papá revolucionó la música. Si antes las mujeres no zapateaban, ahora sí. Él generó una revolución para que las mujeres ganaran espacio”, dice Chebo.

Amador Ballumbrosio -violinista, cajonero, danzante y devoto de la virgen de El Carmen- falleció en 2009 y desde entonces sus hijos han unido esfuerzos para mantener vivo su legado.

El patriarca era el sol alrededor del cual giraba una familia numerosa y extendida a los amigos, a los amigos de los amigos, a músicos locales y a extranjeros que llegaban hasta aquí para formar parte de las fiestas donde celebraban, indistintamente, la vida y la muerte, la religión y la magia, pero, sobre todo, la libertad. Amador celebraba la liberación de sus antepasados esclavos y, al mismo tiempo, interpretaba su sufrimiento. Además, era rezador, cualidad que lo convirtió en una especie de intermediario entre el mundo de los vivos y los muertos, en alguien que ofrecía alivio, consuelo y un rezo para reparar el mal.

Los esclavos negros trabajaron en los campos de algodón y caña desde finales del siglo XVI hasta que Ramón Castilla abolió la esclavitud en 1854. “Cuando se busca reemplazar las manos indias por las manos negras se traen esclavos de distintas regiones de África para que no se puedan comunicar entre sí. Aquí llegaron de Angola, Congo y Guinea, entre otros lugares, y como todo sistema esclavista el trabajo era forzado, principalmente en las haciendas San José y San Regis.”, dice el historiador carmelitano Rolando Palma, quien hace unos años tuvo la iniciativa de crear una campaña para que la danza Hatajo de Negritos y Pallitas -conformada por un mayoral, dos caporales, un violinista, un instructor y un grupo de pastorcillos- sea reconocida como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO.

“Nuestras danzas y expresiones son multiculturales. Tienen influencias andinas, españolas y africanas. Nuestro legado no es solo musical, también tenemos los cantos, el gran aporte gastronómico y nuestra religiosidad”, dice Palma.

La casa de todos

El grupo de turistas se acomoda en las sillas de la familia Ballumbrosio mientras Miguel les hace una pequeña introducción. “El motivo de las 24 danzas del Hatajo de Negritos siempre es el mismo: bailarle a un santo en una fiesta patronal. En El Carmen hay 5 agrupaciones y cada agrupación puede tener entre 50 y 80 personas. Esta es una tradición que nos hermana”, dice.

Chebo señala el suelo. “¿Ven que está rajado? Ahora van a saber por qué”, dice mientras le arranca los primeros acordes a su violín y Miguel, acompañado de tres bailarines, empieza a zapatear.

Además de Chebo, ha venido Lucía, otras de las hermanas Ballumbrosio. Acaba de dictar el curso de catequesis en la iglesia del pueblo. Es diseñadora de modas y dentro de poco hará un desfile en la plaza. Sus primeras prendas estuvieron inspiradas en los pañuelos que su madre se ataba a la cabeza para protegerse del calor y del polvo cuando trabajaba en el campo. Lucía sustituyó los pañuelos por las telas africanas que su padrino, el cantante Miki González, le enviaba de regalo. “Es el símbolo de la mujer trabajadora que deja su fuerza en el campo y consigue algo de comer para sus hijos”, dice Lucía, quien también diseña vestidos de novia y otras prendas.

A la casa llegan primos, parientes y una larga cola de niños y niñas que bailan y se mueven al compás del cajón con la naturalidad de quien levanta una mano o camina. “El ritmo viene de la conexión con tu cuerpo, con tu esencia”, dice Lucía.

Los tres hermanos recuerdan que las visitas de extranjeros, de limeños o de carmelitanos siempre existió en la casa de los Ballumbrosio. Los hijos crecieron acostumbrados a cederle sus habitaciones a los invitados y la madre, Adelina, a cocinar para 30, 40 o 100 personas. “Nos adornábamos, bailábamos, nos gustaba dar discursos de bienvenida. Ahora cada uno cumple su rol en la sociedad. Como familia, cuando nos organizamos, buscamos el potencial en cada uno de los hermanos para poder llegar a un solo estado, a una sola razón”, dice Chebo.

Existen fechas especiales en la vida de los carmelitanos. Las más celebradas ocurren en diciembre durante las festividades de la Virgen del Carmen, en enero por Bajada de Reyes, en febrero por carnavales o en junio por el mes de la cultura afroperuana. Pero hay una casa donde se baila todo el año. Tiene el suelo rajado de tanto zapateo pero, aun así, quedó intacta tras el terremoto de 2007. Es una pequeña construcción de adobe donde caben cientos de personas y a veces miles. Pueden preguntar por ellos en la plaza. Todo El Carmen los conoce. Son los que viven en la casa de las puertas abiertas al mundo.

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