El cultivo de cacao, una alternativa a la minería ilegal. | Fuente: La otra ruta

Por: Verónica Ramírez Muro
Fotos: Morgana Vargas Llosa

Un cinturón de hospedajes, tiendas de abarrotes, ferreterías, talleres y prostibares anilla el territorio conocido como La Pampa, la tierra de nadie donde la minería ilegal pisa el acelerador de la trata de niñas y mujeres, los asesinatos, la explotación sexual y laboral, y la destrucción del medio ambiente.

José Luis Lara (35) transita diariamente en su moto Bajaj de 130 cc por el kilómetro 108, puerta de acceso a La Pampa. Su universo personal –familia, trabajo y recuerdos-, se ubica en Santa Rita Baja, en el distrito de Inambari, a 2.5 kilómetros de ahí. De manera que, si le falta un repuesto, baterías o algún remedio para su hija pequeña, no tiene otra opción que ir al territorio de depredación que seduce a los buscadores de oro, atraídos desde todos los puntos del Perú.

En Santa Rita Baja, casi todos los vecinos son migrantes o hijos de migrantes que han llegando a lo largo del tiempo, esperanzados en que la fertilidad selvática les brinde buen clima y prosperidad. “Siempre hay alguien que ofrece trabajo en la minería”, dice José Luis mientras abre la reja de la cooperativa de la que es gerente.

Sus padres también son migrantes y llegaron de Trujillo en busca de trabajo. Cuando era niño solo existía una escuela primaria en Santa Rita y el trayecto hasta la escuela secundaria más próxima –entonces no existía la carretera Interoceánica- podía tardar entre 6 horas y 3 días. Al no tener parientes cercanos, José Luis terminó el colegio en Mazuko, donde vivió en un albergue para chicos en la misma situación. Hoy, ese albergue ya no es el hogar de jóvenes con deseos de estudiar sino el refugio de mujeres y niñas víctimas de trata en la zona.

“Acá vienen gente de todas partes para dedicarse a la extracción de madera o minería”, dice Paulina Castro, de 58 años, quien también forma parte de la cooperativa, donde se desempeña como vocal. “La minería no me gusta. Si me gustara ya estaría trabajando ahí”. Paulina llegó por motivos muy distintos a la búsqueda de trabajo. Vino tras los pasos de sus hijos, secuestrados por su ex pareja en su Apurímac natal. Aquí se estableció –primero en Puerto Maldonado y luego en Santa Rita-, recuperó a sus hijos, se volvió a casar y adquirió una parcela donde ahora cultiva cacao.

“En la minería todo es temporal”

Paulina y José Luis muestran las instalaciones de la Cooperativa Agrobosque, que desde 2005 ha reunido a un grupo de familias –al principio fueron 19, hoy 56- en torno al cultivo del cacao y otros productos agrarios como alternativa a la minería aurífera.

“En la minería todo es temporal. No hay estabilidad. La mayor parte de nuestros socios conservan el interés en practicar actividades en armonía con el entorno, en algo menos perjudicial”, dice José Luis mientras parte un fruto del cacao que ha descolgado de un árbol y presenta los granos que, tras un proceso de fermentación y secado, se convierten en las almendras de las que se obtiene el chocolate.

El año pasado consiguieron un comprador de cacao en pasta y tomaron contacto con comercializadoras de Italia, Estados Unidos y Francia. Han participado en varias ferias. Ofrecen talleres de capacitación, están en vías de obtener el certificado de comercio justo y reciben el apoyo de la ONG Terre des Hommes. También acaban de inaugurar una planta que transforma los granos de cacao en nips, licor y cobertura de chocolate.

Según la Asociación Peruana de Productores de Cacao (APPCACAO), se estima que el Perú produjo 120 mil toneladas de cacao en 2018. De ellas, 85 mil se exportaron principalmente a Bélgica, Alemania y Holanda y el resto satisfizo la creciente demanda interna.

La producción de Agrobosque es pequeña porque las plantaciones son todavía jóvenes. La cooperativa gestiona la producción de un grupo de campesinos que han tenido que esperar entre 4 y 5 años para que sus árboles de cacao empiecen a dar frutos. En total, entre todos los socios cuentan con 200 hectáreas de cacao y el año pasado cosecharon 10 toneladas. Por cada kilo de cacao orgánico, libre de fertilizantes, cada socio recibe 6.50 soles y semanalmente, dependiendo de la extensión de sus cultivos, entregan baldes de 20 kilos.

El taxista que nos lleva de Puerto Maldonado a Santa Rita utiliza el nombre de una verdura como apodo. Supongamos que su nombre es Choclo. Choclo nos cuenta que en La Pampa todos tiene un apodo (por eso pide no revelar su nombre). Cuando no hay muchos servicios de taxi trabaja en minería como “traquero”. Es decir, como operador de la máquina que succiona la tierra donde se encuentra el oro. Las jornadas duran 24 horas continuas y la paga diaria oscila entre los 400 y los 500 soles. “La agricultura y la madera demoran, pero en la minería pagan rápido”, dice.

Perdidos en el bosque

En el colegio 52042 de Santa Rita Baja, Mariluz Sanabria (30 años), coordinadora del área social de Agrobosque, dirige un concurso de dibujo entre los alumnos de quinto y sexto grado. El tema es la trata de personas.

Por encima del hombro de los niños y niñas pueden verse dibujos inspirados en los cuentos clásicos, pero adaptados a la realidad local. En uno de los dibujos, realizado por una niña de 11 años, dos hermanos remotamente relacionados con Hansel y Gretel se encuentran en un bosque. Hay un hombre de bigote abundante. Lleva una botella en una mano y una pistola en la otra. Pregunta a los niños si están perdidos y les ofrece comida y trabajo. El niño dice tener hambre. La niña acepta la invitación. En letra pequeña y con algunas faltas de ortografía, va el mensaje: “Los niños deben estudiar y no ser explotados sexualmente y este señor se los quiere llevar para hacerles cosas que no debe”.

“Ningún niño debe ser vulnerado, tienen que conocer sus derechos, sus deberes y se les debe reconocer sujetos de derecho”, dirá más tarde Mariluz en la biblioteca que Agrobosque ha implementado para que los martes, jueves y sábados los hijos de la cooperativa (muchos de los cuales estudian en el colegio 52042) pueden acceder a lecturas, realicen sus tareas o reciban cursos y talleres.

La directora del colegio, Eva Quispe, nos guía a los biohuertos, que también fueron instalados por Agrobosque. Aquí, los niños y niñas de Santa Rita aprenden a cultivar y a comer hortalizas como complemento al desayuno ofrecido por Qali Warma, el programa nacional de alimentación escolar.

En la oficina en Lima de Terre des Hommes, Lizeth Vergaray, coordinadora nacional, explica los motivos por los que su institución apoya a la cooperativa y los proyectos que lleva a cabo en Santa Rita. “La cooperativa ofrece una visión diferente a las familias y una alternativa de comercializar el cacao frente a la minería para no estar en ese limbo de informalidad e ilegalidad. También se trabaja el tema del cuidado del medio ambiente y la protección infantil. Madre de Dios es un todo un paquete de violencias”, dice.

Un producto a largo plazo

José Luis tuvo la oportunidad de ir a estudiar a la Universidad Agraria de Lima. Siempre tuvo claro que quería desarrollar la zona donde creció y crear alternativas estables para que las familias no tengan como única opción de supervivencia la extracción de recursos.

“Lo que yo he visto de niño ya nadie lo va a ver”, dice, “la gente antes se bañaba en los ríos. Ahora la única opción de garantizar el agua limpia es perforando el subsuelo”.

Parte de su trabajo consiste en brindar asistencia técnica a las familias que forman parte de la cooperativa. Hoy ha venido a visitar a Franklin Carbajal (52 años), el último socio en sumarse al proyecto.

“El cacao es un producto a largo plazo y permanente. Otros cultivos como la yuca o el plátano son pasajeros”, explica. “Acá el Estado brilla por su ausencia. En cambio, la cooperativa nos fortalece. Nosotros solos no podemos”.

A pocos metros de la chacra de Franklin, Gregoria cuenta con 3 hectáreas de terreno. Trabaja sola, en falda y sandalias. Se despierta a las 4 am, alimenta a sus gallinas, pollos y perros. Luego enciende la radio y toma desayuno. Vive en el centro poblado y diariamente camina los 3 kilómetros que separan su vivienda de la chacra. Algunos días su marido la acerca en el mototaxi que utiliza como fuente de ingresos.

Esta mañana ha repetido las acciones que realiza todos los días, sin importar que sea domingo o feriado. Abre caminos con el machete, arranca la maleza que le quita los nutrientes a su tierra, revisa sus plantas y árboles, cosecha lo que puede y calcula los ahorros que necesita para terminar de construir el cobertizo. A las 12, cuando el sol calcina, vuelve a casa a preparar el almuerzo.

Su marido quiere vender la parcela, pero ella se niega a abandonar la vida en su chacra. “A mí me ha nacido siempre el campo. Antes sembraba copoazú, pero yo quería tener mi cacao. Me decían que ya soy vieja, pero de más vieja voy a seguir viviendo de mi chacra”, dice. La semana pasada entregó 4 baldes de cacao a la cooperativa.

En Santa Rita la vida es tranquila, pero el cerco de la minería ilegal aprieta. Hace unos meses los vecinos vieron unos cuerpos tendidos al lado de la carretera. La Pampa crece a lo largo y ancho. Al mismo tiempo que engulle y envenena los bosques, demanda insumos de todo tipo para satisfacer su voracidad: gasolina, materiales de construcción, vehículos, grupos electrógenos, alcohol, agua, alimentos, armas, personas, niñas.

De regreso a Puerto Maldonado, Choclo reduce la velocidad a la altura de La Pampa. ingresa a la derecha por unas calles estrechas de tierra donde se intercalan los comercios de abarrotes con las tiendas de electrodomésticos y ropa. Se detiene brevemente en un espacio despejado y rodeado de construcciones precarias de madera con antenas parabólicas. Las casas parecen a punto de desplomarse. El sonido de las motos se mezcla con el sonido de las distintas músicas que salen de los bares. Las mujeres en las puertas de los prostibares. Las cervezas. Los hombres que se acercan a ver qué quieres. Hay uno que reconoce a Choclo, pero no a los demás pasajeros y dos motos nos escoltan a la carretera.

“Ese Agrobosque es la resistencia”, dice Choclo y acelera.

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