Edgar Almanza

Como en la mayoría de los pueblos del altiplano en la filantrópica ciudad puneña de Juli, la Semana Santa se inicia con la compra de ramos el día domingo, para la bendición del hogar.

Los feligreses de la hermandad del santo sepulcro se reúnen en la plazoleta de la Asunción para iniciar con la escenificación de la entrada triunfal de Jesús.

Después de la misa se preparan para las actividades de la Semana Santa, muchos pobladores aprovechan los días santos para poder visitar llevando flores al cementerio.

El jueves, todo amanece en silencio y no hay misa, mucho menos la vibración de las campanas del pueblo y, en forma voluntaria y puntual.

Los hermanos ingresan a la catedral San Pedro a partir de las 3 de la tarde para asistir al lavado de pies a cargo del párroco y en muchas oportunidades lo realiza el mismo obispo.

El Viernes Santo, desde la madrugada, se participa en el vía crucis hacia el santuario de San Bartolomé que finaliza con una ceremonia litúrgica en el cerro.

Desde ese momento los peregrinos recogen hierbas medicinales del campo en señal de la salvación del Señor.

Por la tarde, los tenientes gobernadores en forma obligatoria vestidos de negro en señal de luto participan de la procesión del santo sepulcro, para luego terminar el domingo con ropa en forma de “panqara” vestuario  reluciente originaria donde predomina el rojo y rosado.

En Juli, denominada como la Pequeña Roma de América el plato favorito en Semana Santa es el “Kisu umacha” que se prepara a base de habas, leche, queso, chhijchipa y papa y algunos otros condimentos que son el secreto de las juleñas.

En cambio otros saborean un pescado frito, algunos los combinan con una sopa de  quinua y hay pobladores que se preparan  el p’isqi, que es un guiso acompañado de leche fresca y queso rallado.

Por: Paty Condori

Lea más noticias de la región Puno