Violentas protestas en Chile. | Fuente: Foto: AFP

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Los anuncios del primer ministro sobre el ingreso mínimo, las pensiones, el Plan de Competitividad y las 500 mil empresas que emiten comprobantes electrónicos, así como las manifestaciones de descontento en países vecinos, nos obligan a una consideración serena de los aspectos que podemos mejorar en el funcionamiento de nuestra economía. Lo primero que la serenidad debería inspirarnos es el reconocimiento de los progresos que hemos hecho desde que recuperamos la democracia. No solo tenemos fundamentos macroeconómicos estables: deuda, déficit e inflación. El Perú ha mejorado también indicadores sociales como la reducción de la pobreza, de la mortalidad materno-infantil, del analfabetismo y ha generalizado el acceso a la educación y a la salud. Es cierto que la anemia y la informalidad no han podido ser reducidas, que el índice de desigualdad es elevado, que la ejecución presupuestal es baja y que la opacidad de los trámites amenaza con disuadir el impulso emprendedor de muchos de nuestros compatriotas. Pero sobre todo, es la corrupción la que ha venido a sembrar dudas y favorecer discursos ligeros sobre “otros modelos” y “otra constitución”. ¿Acaso hemos olvidado los fusilamientos a funcionarios corruptos en Cuba, Corea del Norte y China? Para no mencionar las cifras astronómicas de cuentas bancarias de allegados al régimen venezolano.

El período electoral debe favorecer un debate sereno que permita reconocer a los que tienen ideas claras y conocimiento de lo que sucede en el mundo, y diferenciarlos de los que disimulan intereses, manipulan el miedo y se aprovechan de las dificultades crecientes para entender la economía globalizada y sus crudas exigencias. Por eso es bueno que actores económicos hagan posible la presencia en nuestro país de pensadores de talla mundial como Steven Pinker, profesor en Harvard, uno de los grandes críticos de la “progresofobia” y defensor del humanismo y de una Nueva Ilustración.

El economista Efraín González de Olarte afirma en el Semanario de la Universidad Católica que “a la ciencia económica predominante le importa más las cosas que las personas” y deplora que se confunda el crecimiento con el desarrollo. Por eso concluye que la salida a una crisis como la chilena “pasa por la restitución de los valores humanos y el cambio de los referentes morales y democráticos… Es decir, toda una revisión del modelo neoliberal y en general de la idea de desarrollo”. Desde una perspectiva diferente y bajo el título de “La convulsión chilena”, el economista Roberto Abusada parece llegar en El Comercio a las mismas conclusiones: “El Estado Chileno, dice, tiene hoy el talento y los recursos para ser más solidario. Creo que, usando ese talento, gastando más pero con eficacia esos recursos, y mostrando mayor empatía, Chile se convertirá más temprano que tarde en el primer país de Latinoamérica que logre el pleno desarrollo”. También el exministro Alonso Segura aporta en Gestión “Lecciones desde Chile”. Mostrando una modestia poco frecuente entre economistas, Segura afirma que otras disciplinas son necesarias para dar con “una explicación más comprensiva de lo que falló en Chile”. Y menciona a la antropología, la sociología y la psicología social. Multiplicando los indicadores y matizando las hipótesis más comunes, Segura concluye que el modelo chileno “falló porque también devino en una versión de capitalismo mercantilista o de castas, poco inclusivo, y no priorizó las políticas micro que generan una mejor distribución de ingresos”. Recordando sin duda su propia experiencia como ministro de Economía, Segura concluye: “Gobernar es cada día más difícil a nivel global. Más aún, con generaciones jóvenes que no han vivido crisis y tienen otros estándares aspiracionales”.

Ah, ¡los jóvenes!

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