Columna | El debate como herramienta para elegir mejores autoridades

La primera parte del debate entre candidatos a la alcaldía de Lima está marcado por tres características negativas: demasiados candidatos, desconexión entre la mayoría de ellos y los partidos políticos nacionales distraídos de los temas locales a causa de las crisis política nacional.

La primera parte del debate municipal se vio perjudicada por el contexto y el desinterés del candidato con mayor intención de voto.
La primera parte del debate municipal se vio perjudicada por el contexto y el desinterés del candidato con mayor intención de voto. | Fuente: Andina

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Al término de varias semanas de grave fricción política, el primer debate entre los candidatos a la Municipalidad de Lima ha permitido a los electores pensar en los problemas concretos de nuestra vida pública.

En Lima, como en todas las ciudades de nuestro país, enfrentamos cada día las consecuencias de elegir malas autoridades. Los índices de la delincuencia, la inseguridad vial, la corrupción en los trámites, el tiempo perdido en el transporte, la mala calidad ambiental, la falta de planificación urbanística y la mala gestión de la basura bajan la calidad de vida de todos, perjudican la inversión y obligan en particular a las mujeres a vivir bajo el signo del miedo y la inseguridad.

Los debates electorales en Lima son una tradición desde que Fernando Belaunde estableciera las elecciones municipales hace más de cincuenta años. Ellos sirven para que los electores conozcan a los candidatos y sopesen racionalmente sus propuestas y sus trayectorias para tomar una decisión informada. Sin embargo, el debate este año está marcado por tres características negativas: demasiados candidatos, desconexión entre la mayoría de ellos y los partidos políticos nacionales distraídos de los temas locales a causa de las crisis política nacional.

En estas condiciones el Jurado Nacional de Elecciones cumplió con adoptar un formato propio de las circunstancias: división de los 20 candidatos en dos tandas a celebrarse en dos domingo sucesivos, constitución de un Pacto Ético Electoral para promover el debate sobre programas y evitar los insultos. Los candidatos firmaron libremente ese Pacto, que incluía la obligación de asistir al debate.

Sin embargo, el favorito de los sondeos, Renzo Reggiardo optó por no cumplir su palabra y en vez de eso asistir a la sede del debate para presentar una carta llena de críticas al Jurado Nacional de Elecciones para justificar su ausencia. Ningún argumento puede justificar su ausencia: él se comprometió a asistir y el pacto firmado no le otorgaba el derecho a ausentarse de acuerdo con sus consideraciones e intereses.

El comportamiento de Reggiardo pone en evidencia un mal general, la caprichosa relación que mantenemos con la ley, nuestra tendencia a ubicarnos por encima de ella cuando nos conviene. El presidente del Pacto Ético Electoral, Enrique Bernales, ha anunciado que su colegiado sesionará este lunes para adoptar sanciones.

Pese a todo, el debate permitió algunas contribuciones. Por ejemplo, la prohibición de todos los mercados que ofrecen mercaderías robadas. Parece increíble que todavía tengamos que discutir de eso. Mientras los delincuentes puedan vender lo que roban, los mercados seguirán estimulando el robo de celulares, de piezas de automóviles y de enseres domésticos.

Un tema sin embargo fue abordado sin convicción suficiente, la reciente creación de una Autoridad Única del Transporte para Lima y Callao, probablemente la medida con mayor impacto sobre la ciudad adaptada durante los últimos años. Algunos candidatos simplemente la silenciaron, descontentos quizás, sin decirlo, por la relativa pérdida de poder que ella implica tanto para la municipalidad de Lima como para la de Callao.

A lo largo del fin de semana, un tema típicamente urbano se había impuesto en las redes sociales. El comportamiento matonesco de un conductor, Manuel Liendo Rázuri, que escupió y amenazó con un arma de fuego a quien le hacía notar que estaba manejando contra el tráfico.

Lo más chocante del incidente es la explicación que ha dado el agresor: “Lo que he hecho no es nada ilícito”. Esa frase parece tomada directamente de explicaciones dadas recientemente por políticos y autoridades judiciales: “Mentir no es un delito”.

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