¿Adiós 1990?

Si convertimos en metáfora temporal a un año determinado, no terminaría el 31 de diciembre de este. Más bien, se prolongaría por un espacio de tiempo indefinido. Sobre todo, porque su sombra se puede proyectar por mucho más tiempo del que creemos. De pronto, el 1990 recién estaría llegado a su fin.

A la distancia, pareciera que los años ochenta fue un largo puente que puso término a un periodo de la historia de nuestro país.  El “huaico social”, del que habló Carlos Amat, no pudo ser acogido y direccionado por un estado que se hallaba en evidente crisis financiera e incapacitado para la gestión. Ese mismo estado mostró su ineptitud cuando no pudo darle cauce prospectivo al “desborde popular” (Matos Mar) y, además, le fue imposible relacionarse con la economía sumergida que se multiplicaba de forma exponencial (De Soto). Al mismo tiempo, la crisis de la “deuda externa” tenía diversos efectos sobre las naciones de América Latina, en el contexto de la radicalización final de la Guerra Fría, que terminó con la demolición de los experimentos socialistas de Europa del Este. En este “largo puente temporal” (la década de 1980, las acciones violentas de Sendero Luminoso y del MRTA, evidenciaron, con mayor contundencia, las fragilidades estructurales de nuestro país y aceleraron la situación de colapso integral del Perú.

En 1990 se llevaron a cabo elecciones generales que tuvieron un impacto considerable en el derrotero del Perú de los años siguientes. Dicha elección estuvo marcada por los postulados ideológicos del liberalismo neoconservador, hegemónicos en aquel momento, que había dominado la agenda de discusión peruana entre 1987 y 1990.  Ante el “fracaso” de la idea socialista, se publicitaba la eficacia triunfal de la idea liberal neoconservadora, incluso contra los consensos social demócratas y cristianos demócratas.

Han pasado 30 años de las elecciones de 1990. Y el Perú que emergió a inicios de esa década evidencia las señales de sus enormes limitaciones para adaptarse a la situación internacional que se avecina con la Gran Depresión posCOVID-19.
Han pasado 30 años de las elecciones de 1990. Y el Perú que emergió a inicios de esa década evidencia las señales de sus enormes limitaciones para adaptarse a la situación internacional que se avecina con la Gran Depresión posCOVID-19. | Fuente: Freeimags

Por ello las elecciones peruanas de 1990, estuvieron marcadas por un signo determinista: la situación internacional que había surgido tras la Segunda Guerra Mundial tenía que llegar a su fin. Y en ese “nuevo orden mundial”, el Perú, como todos los países de Latinoamérica, debían alinearse a esa nueva condición. Más allá quien ganase esas elecciones, lo que debía hacerse ya estaba definido de antemano. Y, entre 1990 y 1995, el Perú experimentó un giro en su conformación económica, política y cultural. Se trató de un viraje de la conducción económica, pero bajo una estructura productiva sumergida (informal) y sin sociedad política.

Sin duda se hicieron reformas económicas de amplias repercusiones. Pero la crisis terminal del espacio público anterior, que llegó a su clímax en 1990, no creó el ecosistema para la regeneración de la trama política. Más bien, la condición “antipolítica” (Degregori), se expandió por tres décadas. Movimientos independientes sin ideología diferenciada, sin diagnóstico y sin reflexión sobre el país, se fueron sucediendo uno a tras otro, gobernando con un pragmatismo de impacto limitado y siguiendo tendencias globales de guion definido.  Todo ello, en medio de la eliminación tácita de la ciudadanía convertida en consumidora o en mano de obra barata.

Han pasado 30 años de las elecciones de 1990. Y el Perú que emergió a inicios de esa década evidencia las señales de sus enormes limitaciones para adaptarse a la situación internacional que se avecina con la Gran Depresión posCOVID-19. De pronto, tenemos que llegar hasta 31 de diciembre de 1990 y pasar al año siguiente, al 2021. Y, tras ello, convencernos que no podemos dejar a la inmensa mayoría sin prestaciones sociales de calidad. Que no podemos tener dos países, muy diferenciados, en salud y educación.  Y que no podemos pretender ser una sociedad política sin partidos políticos, con tendencias ideológicas diferenciadas (porque todas las tendencias son necesarias y expresan distintas cosmovisiones sociales). ¿Llegaran a su fin el 1990? Esperemos que sí. El “vino nuevo requiere un odre nuevo”.

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