Jim Carrey
Jim Carrey lanzó el año pasado su primer libro, titulado "Recuerdos y desinformación". | Fuente: Paramount Pictures | Fotógrafo: Austin Hargrave

En 2020 Jim Carrey presentó su primer libro titulado "Recuerdos y desinformación", en coescritura con Dana Vachon. El libro ya se encuentra en diferentes países del mundo y traducido al español ya puede ser adquirido en Perú. El propio actor describió esta entrega como "nada de esto es real, pero todo es verdad’".

Se tratan de unas memorias sobre lo que queda cuando se desvanece la fama. Es casi autobiográfica y nos abre las puertas al lado oscuro de Hollywood, con sus sanguinarios agentes y sus vulnerables y frívolas celebridades. Aquí lo real y lo imaginario se trenzan hasta explotar. Y es, ante todo, una reflexión sobre el privilegio, la amistad, el amor, la adicción a la relevancia y la búsqueda de sentido en la vida.

A continuación, compartimos un fragmento del libro debut de Jim Carrey, que corresponde a una parte del primer capítulo.

UN FRAGMENTO DEL PRIMER CAPÍTULO

En otra vida había protagonizado un taquillazo veraniego que llegó a recaudar doscientos veinte millones de dólares en todo el mundo sin ningún esfuerzo, de los cuales el treinta y cinco por ciento se destinó a Carrey en persona y afluyó hasta sus reservas económicas desde los territorios de distribución, que se extendían, como se dice, «desde Tuscaloo hasta Tombuctú». Que la película no estuviese, incluso según él, entre las mejores que había hecho endulzaba todavía más el éxito; cuanto mayor era la impunidad, más se acercaba a Dios.

Se alimentó del amor de las multitudes durante la exitosa trayectoria de la película, con los estrenos en Londres, Moscú y Berlín. Llegó a Roma como un césar del slapstick caminando por una alfombra roja de cien metros donde advirtió a un publicista agachado en medio de su camino y —calibrando el momento igual que calibra la marea alguien que está a punto de saltar desde un acantilado— se tropezó con el tipo y cayó como un águila en picado. La cabeza y los hombros impactaron con tal fuerza en la alfombra que la multitud pensó que acababa de morir frente a ellos. Allí tirado, Carrey pensó en su tío Des, asesinado de un disparo mientras iba a hacer la broma de la mazorca de maíz disfrazado de bigfoot. Algunos se lanzaron a ayudar a la estrella. Otros se quedaron sin aliento. Carrey dejó que la preocupación creciera antes de ponerse de pie de un salto como un muelle y de dar todas las entrevistas de aquel día con un ojo bizco.

Después hubo una cena en su honor en el palacio del Quirinal. El presidente de la República italiana había dispuesto una mesa para cien comensales. Todos habían acudido para codearse con el genio de la interpretación y lanzaron miradas de elogio cuando Carrey, que presidía la mesa, le pidió al experimentado sumiller que escanciaba el vino en su copa si podía ver la botella. El hombre dejó de servirle y se la tendió. Todos miraron a Jim, que olisqueó el corcho y leyó la etiqueta, como preámbulo a lo que haría después: amorrarse a la botella, darle un buen trago y luego decir, con la cara de un verdadero experto: «Maravilloso. Les va a encantar». Y así fue. Todos le aclamaron: el marchante de arte suizo, los tres hombres de Merck y los camareros que presenciaban el espectáculo desde la cocina, donde también los cocineros se rieron. Y el sicario de la Camorra que esa misma semana había tirado dos cuerpos al Tíber. Y el marido de la embajadora sueca. Se rieron por el súbito alivio que les produjo aquella infracción de los modales y la risa los unió más allá de los diferentes idiomas, y comieron y bebieron en la terraza de mármol bajo la noche romana.

Pronto estuvo de vuelta en su casa en Brentwood, sin un ápice de divertido caos en su famosa cara, solo desánimo allí donde acababa de encarnarse tanto carisma en bruto.

La película se desvanecía de la psique colectiva.

Sintió que sus ánimos se disipaban con ella, movidos por leyes desconocidas de correspondencia entre lo humano y lo industrial. Se sentía solo. Y de verdad deseaba, aunque fuese ridículo, la versión real de la payasada que había interpretado con la duchessa de la limpieza en seco. Esta le había dado un cupón para el lavado de diez prendas y, al sacarlo de su cartera, empezó a pensar, movido por un impulso masoquista, en todo lo que podría haber vivido con Renée Zellweger, su último gran amor. Le había dejado por un torero, Morante de la Puebla. Solo, en el sofá de su casa en Brentwood y entumecido por la televisión, se dio cuenta de que las heridas del abandono no habían sanado del todo. Hacía zapping entre Engineering the Reich, donde Werner von Braun lanzaba a hombres como proyectiles que atravesaban la barrera del sonido como experimento para el programa espacial del Apolo, y Vietnam Reunions in HD, donde un estadounidense sin piernas abrazaba a un vietnamita sin dientes en el montículo de la selva donde ambos habían perdido su juventud.

Al cambiar de un canal a otro, Carrey entrevió Oksana en la TNT, y una entre los billones de sinapsis de su mente se disparó con un brillo mayor que las demás, obligándole a quedarse en el canal. Allí vio a una actriz de serie B o C, Georgie DeBusschere, tan metida en el papel de una asesina rusa como sus modestos talentos le permitían, torturando al traficante kirguís de armas al que había seducido y conducido a un piso franco en Bucarest con promesas de sexo salvaje. Ella lo drogaba y ataba, y cuando el hombre se despertaba, le pedía el antídoto para un virus carnívoro que estaba desbaratando el arco narrativo de su personaje. Alegando la «rápida tasa de mutación del virus», el hombre decía que no podía ayudarla. Entonces ella le introducía el taladro eléctrico en el fémur y luego le mataba con un golpe de yudo en la nariz.

Al contemplar a Georgie en aquel instante de violencia excesiva, el subconsciente de Jim vio los ojos de su madre en los de ella, la piel de su madre en la de ella, y la nariz de su madre en su nariz. Sin embargo, su mente consciente sabía que solo era un arrebato empalagoso.

Los primeros años de su vida los marcaron las dificultades económicas de su querido padre, Percy, cuya sonrisa crecía a la misma velocidad con la que la familia caía en la miseria. A veces su madre, Kathleen, canalizaba su declive de manera visceral, imaginándose su propia muerte.

—¡Los médicos dicen que mi cerebro se deteriora a una ve- locidad alarmante! —solía decirle a la familia a la hora de cenar. Aquellas palabras aterrorizaban al joven Jim, que temía encontrarse cualquier día al volver de la escuela a su madre en el suelo, sin cerebro. Los médicos le recetaron codeína y Nembutal. Se hizo adicta a los analgésicos, como mucha otra gente. Algunas de sus primeras actuaciones cómicas nacieron de un intento de hacer que ella se sintiera mejor: un niño de siete años, delgado como una cerilla, entrando en su habitación en calzoncillos, fingiendo ser una mantis religiosa que la atacaba, con la cabeza torcida, sacudiendo sus pinzas, haciéndola reír para alejar el sufrimiento de ella, que iba creciendo con el paso del tiempo.

En 1994, Jim Carrey dio vida a uno de sus papeles más icónicos en "La máscara". | Fuente: New Line Cinema

Pero todos aquellos analgésicos, década tras década, pasaron factura. Se quedaba tumbada en el sofá, rígida por la artritis, fumando un cigarrillo tras otro, en el piso de North Hollywood que Carrey les había invitado a compartir con él cuando se jubilaron y se quedaron sin dinero. Cuando volvía de trabajar en su primera serie de televisión para la NBC, The Duck Factory, se la encontraba profundamente dormida en el sofá y con los cigarrillos que había olvidado apagar quemando los cojines.

Después el programa se canceló y, como se estaba quedando sin dinero, les dijo con todo su pesar que tenían que volver a Canadá, donde por lo menos, si se ponían enfermos, podían permitirse ir al hospital. Les dijo que les enviaría dinero.

Nunca consigues nada, Jim —le espetó ella—, nunca consigues nada.

Fue un golpe demoledor. A veces soñaba con estrangularla y se despertaba con sudores fríos, sintiéndose culpable por su matricidio fantaseado, deseando los cuidados maternales que nunca había tenido, una sensación que volvía ahora mientras veía a Georgie en la tele. ¿Quién era aquella actriz cuya imagen tanto le conmovía? ¿Qué era aquel programa? Le dio al botón de INFO: «Oksana: los sujetos de un experimento abortado de la Guerra Fría van finalmente en busca de la verdad».

Se unió a ellas durante veinte horas que le pudrieron el cerebro. Vio a Georgie DeBusschere y a sus hermanas luchando hasta llegar al laboratorio de Moscú en el que descubrían que todas eran asesinas programadas, todas salidas de los ovarios de gimnastas soviéticas fertilizados con el esperma congelado de un tal Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, más conocido como Iósif Stalin, y criadas por superordenadores en una isla de las Aleutianas que no aparece en el mapa. Absorto por su belleza, se la imaginó siendo una Kennedy, la única chica de una familia de hombres. «Seguro que jugaban al fútbol americano en la playa después de comer marisco», pensó al verla noquear a uno de los malos con una patada giratoria.

No podía estar más equivocado.

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