Leila Guerriero habla sobre su último libro "Opus Gelber". | Fuente: Instagram

Pocos saben que lo que más disfruta Leila Guerriero es quedarse en casa y cocinar para sus amigos. No le gusta dar consejos, valora mucho su soledad y no puede trabajar en medio del caos. Esto último, cree, lo heredó de su padre. “Mi viejo me decía que si estaba haciendo la tarea del binomio al cuadrado tenía que concentrarme solo en eso. Para él no podías estar escuchando al mismo tiempo Led Zeppelin”, cuenta.

La cronista no es una persona optimista y lo dice sin miedo. Se horroriza con las letras de los temas de reguetón y cree que estamos muy lejos de llegar a cambiar la mentalidad machista que impera en nuestras sociedades. Los viajes aparecen en su vida como una interrupción pero, a pesar de que está agotada y a veces da 14 entrevistas diarias, aprovecha esta suerte de escape de la rutina para visitar a sus amigos. Los más cercanos, me cuenta, no viven en Argentina.

Su estancia en Lima fue un tanto particular, pues su esposo se encontraba cubriendo los Juegos Panamericanos, por lo que pudieron coincidir y pasar algunas noches juntos. No obstante, la razón principal de su viaje fue la promoción de su más reciente libro, “Opus Gelber”, un extenso perfil de uno de los cien mejores pianistas del siglo XX de quien se conocía poco. Hasta ahora.

¿Por qué te interesaste en la vida de Bruno Gelber?

Él es una persona conocida, muy extravagante en su aspecto y muy popular en la Argentina, incluso es un músico clásico que ha traspasado la capa de popularidad entre los músicos clásicos. Yo lo conozco porque lo conoce todo el mundo, pero nunca lo había tenido en el radar para entrevistarlo. Un día, hace unos años, leí un par de entrevistas que un periodista (que entrevisté para este libro) le había hecho a Bruno y en ellas hablaba de cosas muy personales: una de ellas era la relación con su madre, Ana Tosi, que también era una gran pianista, pero que fue arruinada y paralizada por el profesor de Bruno, que la llenó de miedos y la llevó a limitarse a dar clases de piano. En esta entrevista, Bruno también hablaba de su soledad en los viajes, de la música y de lo que esta implicaba para él. Era tan bello y genuino lo que decía… tan reflexionado, pero a la vez tan salvaje, tan lírico, que yo me quedé prendada y pensé ‘quiero saber más de este sujeto’.

Te conquistó la manera en la que hablaba sobre aquello que le apasionaba: la música.

A mí me fascina escuchar, ver o leer a la gente que habla de lo que hace, sobre todo si se dedican a algo creativo. Gente hablando de lo que hace, de cómo lo hace, de cuál es la relación sensual, de deseo salvaje que tiene con un objeto. Y hay gente que no es muy articulada, o que no lo ha reflexionado mucho y te dice cosas vacuas; pero hay otros, por ejemplo, como el pintor Edward Hopper, que escribía sobre la pintura y es maravilloso. O escuchás a Marcel Duchamp, que decía que su mayor arte había sido disfrutar la vida en el día a día. Yo me quedaba fascinada, prendada y eso me llevó a pedirle a Bruno una entrevista para hacer un artículo, un perfil en una revista. Después eso fue creciendo y quedó muy en evidencia de que era irreductible —incluso si me hubieran dado 60 páginas en una revista—. Tenía que transformarse en un libro.

¿Qué descubriste a medida que fuiste conociendo a Bruno y entrevistando a las personas de su entorno?

Yo no voy con una idea preconcebida, voy con los datos en la cabeza. Yo sabía que Bruno tenía ese aspecto muy extravagante, sabía que era un gran pianista y no entendía por qué estaba viviendo en la Argentina y en pleno barrio de Once, que es un barrio super popular. Me dijeron que la equivalencia acá sería Gamarra. Me producía mucha curiosidad cómo se casaba este aspecto tan extravagante con un sujeto tan particular. Viste que hay ámbitos en donde la extravagancia no está permitida. Vos puedes ser extravagante si sos artista pop. Lady Gaga transformada en una maestra de colegio sería un escándalo, pero en la escena pop está permitido que se ponga esos trajes de carne. La música clásica no es un lugar muy apto para la extravagancia: la gente es muy formal, viste como están vestidos en el escenario de negro. Hay una elegancia... Bruno es lo contrario.

¿Por qué crees que Bruno tiene esta necesidad de extravagancia?

Yo creo que en Bruno se juntan facetas bastante inusuales —no solo entre los músicos clásicos, sino en las personas en general—, porque es un sujeto que tiene este talento, este genio aplicado a un arte muy exquisito, muy de nicho; pero no ha perdido esa cosa que tenía de chico de leer las revistas de telenovelas y de chismes. Hay algo en él profundamente infantil; una puerilidad no perdida, siempre anidada.

Y esa puerilidad no perdida es una especie de refugio…

Creo que el gusto por esa frivolidad es muy necesario para una persona que, como él, tuvo que seguir viviendo (desde los siete años) con una marca muy importante en el cuerpo, que es su pierna paralizada por la poliomielitis, siendo él una persona que, desde muy chico, estaba obsesionado con la idea de la belleza y se pintaba los labios y los ojos. Creo que esa frivolidad es una especie de refugio en un lugar en el cual no reina nada que tenga que ver con la enfermedad ni con la desgracia. Un lugar en el que todo es brillantina. Es una teoría un poco arriesgada pero es lo que formé en mi cabeza para tratar de entender esa extravagancia y esa frivolidad sin ponerlas en el lugar de lo superficial o lo tonto. Yo siento que ese lugar es uno de refugio, un lugar en el que nada malo puede pasar. De alguna forma, la frivolidad es el escudo que protege a Bruno del desastre de su pierna y la que le pone muchas chispas de luz a su vida.

Al margen de esta entrevista que me cuentas, mucho más no podías saber de Bruno…

Entre lo que había encontrado en las notas sobre él y lo que encontré cuando lo conocí, había una distancia sideral. No había en esos artículos una profundidad ni una complejidad psicológica. Todas las notas repetían lo mismo: “Era un genio del piano, estudió a escondidas de su padre, se enfermó de polio, le encajaron el piano en la cama para que pudiera tocar, a los 19 se fue a Francia, triunfó en el mundo y ¡boom! Fin de la historia”. Eso era todo lo que se repetía y Bruno también se encargaba de que se repitiera ad infinitum. Leí todo lo que se había escrito sobre él y no había mucho, salvo en dos libros de Cecilia Scalisi. En uno de ellos aparece como parte de una generación de oro; y en el otro ambos analizan—de manera muy intelectual y absolutamente crítica— los conciertos de Beethoven. No había nada escrito sobre Bruno, no es un músico que haya generado largas entrevistas o perfiles.

Y luego pasaste a hablar con las personas de su entorno.

Sí, lo que nunca hago es entrevistar a la gente que conoce a mi perfilado antes de entrevistar al perfilado, porque quizás puede despertar paranoia y disgusto en el personaje. Y, por otra parte, tampoco es un buen camino porque cuando entrevistás a la gente que lo rodea puedes contrastar la versión del protagonista del perfil con la versión que tienen ellos. Hay contradicciones que son maravillosas y muy iluminadoras.

¿Cómo cuáles?

La hermana de Bruno me decía, por ejemplo, que cuando Bruno se había enfermado de polio ellos dos dormían juntos en la misma habitación y yo dije “cómo, pero si la polio es tan contagiosa y me dijo “sí bueno, viste, esas cosas de los padres”. Lo contrasté con Bruno luego eso y no me dijo ni que sí ni que no, pero evidentemente había una cosa rara ahí. Es muy interesante tener muy avanzada la historia del protagonista, creo yo, para empezar a hablar con los demás. Y también pueden ser grandes colaboradores: yo no tenía una forma de llegar a Munina (su hermana) y que Bruno no supiera que estaba hablando con ella. Cuando le pedí su contacto pensé que me iba a mandar al cuerno pero me dijo “bueno, si te divierte hablar con mi hermana” y me lo dio.

Bruno Gelber | Fuente: Walter Sangroni | Fotógrafo: Walter Sangroni

Una vez dijiste que no se puede hacer periodismo encerrado 10 horas en una oficina. Concuerdo contigo pero, ¿cómo podemos los jóvenes sacarle un poco la vuelta al sistema y sobresalir?

Yo creo que hay que oponer resistencia a ciertas formas de trabajo. Me parece que nadie te va a venir a ofrecer un espacio y una forma de hacer las cosas que te resulte cómoda. Los que trabajamos en esto por muchos años también pasamos por momentos de incomodidad y depresión, pero el tiempo y el espacio son cosas que se ganan día a día, mes a mes con calidad. Si vos le pedís a tu editor dos semanas para entregar un texto, cuando se lo entregues el editor tiene que sentir que valió la pena esperarte, tiene que ser un texto que marque la diferencia. A veces, para construirse un nombre es necesario hacer una especie de sobreesfuerzo. Proponerse, por ejemplo, hacer tres grandes crónicas al año que marquen la diferencia. Poca gente está dispuesta a sacrificar tiempo de disfrute para ello. Y no es espontáneo. De un día para otro Martín Caparrós no se convirtió en Martín Caparrós. Hizo crónicas gastronómicas, trabajó en diarios, se pagó viajes él solo. No sucede de un día para el otro, pero en algún momento tiene que empezar a suceder y ese empezar a suceder lo tiene que hacer cada uno.

¿Cuándo uno sabe que ya se corrigió suficiente y que hay que abandonar un texto?

Uno se transforma con el tiempo en un editor de uno mismo. Hay que ver que el texto esté equilibrado en sus partes, sentir que dijiste lo que querías decir de la mejor manera posible, saber que has hecho el mayor esfuerzo por construir cada frase, que no fuiste perezoso y ver que no hayan lugares comunes. Cuando esta todo esto, el texto está.

Cuando trabajas eres ordenada y disciplinada. ¿Estos hábitos los adquiriste por ti misma?

Mi viejo era muy de esto… ponte que si estabas haciendo la tarea del binomio al cuadrado perfecto te tenías que concentrar solo en eso, no podías estar escuchando al mismo tiempo Led Zeppelin. Me inculcó esta cosa mona calca, de “si estás haciendo eso, no estés haciendo otra cosa”. Entonces soy bastante prolija, no me gusta trabajar en medio del caos.

Siempre has dicho que para saber escribir, primero hay que leer mucho. ¿Qué consejo le darías a un periodista joven que quiere escribir crónicas?

A mí no me gusta mucho dar consejos, pero sí les diría lo que te dije hace un rato, que no pueden pensar que uno se va a transformar en un gran cronista como esos fideos chinos que les echas agua caliente y se hacen en tres minutos. Primero, sí, también hay que leer muchísimo, pero también hacer el esfuerzo de hacer el sobreesfuerzo: además del trabajo cotidiano hay que pensar en hacer cosas más ambiciosas y esas cosas más ambiciosas van a traer otras.

¿Cómo concilias tu profesión con el hecho de tener que viajar tanto?

Trato de ser muy organizada, pero el viaje siempre es una interrupción, sobre todo cuando vas dos días a una ciudad y te hacen 14 entrevistas, pero es lindo el interés de los colegas, porque las dos somos lo mismo. Me encanta viajar porque cuando lo hago veo a mis amigos pero tiene un costo. No afecta la escritura en sí, sino la producción. A mí me gusta estar sola igual, me gusta mucho leer y estoy muy enganchada con lo que es el streaming. Me gusta mucho estar en mi casa, cocinar, a veces salgo a pasear con Diego.

El día de la inauguración de la Feria del Libro de Lima se tuvo en la mesa inaugural a nueve hombres y a ninguna mujer. ¿Qué pasa que las mujeres seguimos sin ser representadas en todos los ámbitos, sobre todo en el de la cultura?

Me parece que en todos los espacios, no solo en los culturales. Si se le niega un espacio a la mujer es una injusticia, porque la mujer tiene la capacidad para hacer lo que sea y está clarísimo que tendría que poder competir a la par con un hombre o una persona transexual. Hay muchas cuestiones de género invisibilizadas y hay que apostar por la diversidad. Y no creo que esto tenga que ver con la sensibilidad femenina ni nada, eso es un verso que nos han colgado para hacernos pensar que las mujeres somos seres angelicales reproductores, pero es obvio que cuantas más miradas hay de personas lúcidas de todos los géneros sobre alguna cuestión va a ser más interesante. Eso es la inclusión, la equidad, la igualdad. Es muy sintomático que siempre haya menos mujeres en todo: no hay más hombres que mujeres en el mundo, pero hay muchos más hombres en espacios de decisión, de poder.

Sin embargo, no eres partidaria de las leyes de cupo para las mujeres.

Si bien no soy partidaria de las leyes de cupo en ningún aspecto (ni político, ni cultural, ni nada), sí creo que a veces es necesario subrayar algunas cosas para que se empiecen a ver, porque antes era natural ir a cualquier feria del libro, a cualquier congreso de literatura y hasta para una misma pasaba desapercibido el hecho de que hubiera una baja cantidad de mujeres. Eso no significa que en ese tiempo no hubiera buenas escritoras mujeres, ni buenas editoras mujeres, ni buenas diseñadoras gráficas mujeres; sino que los primeros nombres que venían a la cabeza de los organizadores (hombres y mujeres, hay que decirlo) eran nombres masculinos. Hay que estar atentos a eso: ¿es tan probable que todas las personas que tienen un talento sean hombres? A esta altura ya hay cosas que llaman la atención porque son muy raras y no está mal que se proteste, se visibilice y se debata.

Sobre todo es necesario que se debata.

Sí, me parece interesante que el debate sirva para pensar por qué pasan esas cosas todavía. ¿Por qué seguimos pensando que los únicos aptos para hacer determinadas cosas son varones? Pero todo este griterío que se arma alrededor tapa el problema de fondo, que es ¿por qué seguimos replicando esas acciones? Esa pregunta no hay tanta gente que se la esté haciendo. La discusión interesante no es pelearse a gritos, sino sentarse a pensar.

Esta idea la desarrollaste también en la columna que publicaste en el diario “El País”, sobre las “manadas” en España, en referencia a los hombres que abusan grupalmente de jóvenes.

Yo no soy muy optimista… sé que están pasando muchas cosas, pero estamos lejos de llegar a cambiar esa mentalidad. Los síntomas se ven por todos lados. Pensá nada más en la música que se escucha hoy día, las letras del reguetón que son casi porno. Esa es la música que consumen los jóvenes, la música con la que se ilusionan, se enamoran, construyen identidad de pareja y esas canciones siguen siendo lo mismo. Hay una cosa muy precámbrica metida en la cabeza de la gente. Yo veo que las parejas de gente joven siguen valorando los celos de manera positiva. Eso está mal, es una relación violenta en el fondo y la gente que tiene 16, 17, 18 años se sigue relacionando de esa manera. El feminismo de discurso impregna poco la vida cotidiana de las mujeres.

El otro día conversaba con una escritora que me decía que veía el feminismo en Argentina como desbocado.

Me parece interesante que se discuta sobre feminismo y sobre todo que se debata, pero me deja de parecer interesante cuando no hay un lugar para la disidencia, como si ser feminista implicara estar de acuerdo con todo un grupo de ideas. ¿Venimos de años de sometimiento y vamos a empezar a someternos entre nosotras mismas? Por ejemplo, ¿por qué seguimos haciendo sentir a las mujeres que no pueden dar de lactar a sus hijos como madres descastadas? El feminismo no puede ser un deber ser y me parece que la discusión se enriquece mucho cuando podemos pensar juntos.

Opus Gelber, retrato de un pianista. | Fuente: Anagrama
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