Rolando Gonz

Fue hace 15 años cuando las añejas poncianas de la Plaza de Armas de Trujillo mostraron toda su ignorada belleza. Vestidas con los tradicionales colores navideños, los árboles se convirtieron de pronto en parte fundamental de un escenario que pretende rendir homenaje al nacimiento de Jesucristo en los corazones norteños.
 
Sí, ha pasado ya bastante tiempo desde que en 1998 la inquietud de la periodista Karina de Orbegoso, inspirada por unos videos familiares traídos del extranjero, tuvo eco en las autoridades regionales y el gremio de empresarios privados.
 
De esta manera, y con el recelo inicial de quienes le auguraban un éxito pasajero, nace “El Festival de Luces y Colores de Trujillo”, un motivo de encuentro familiar para quienes deseen verse inmersos en todo el ambiente navideño que se respira en las figuras que recrean el nacimiento de Jesucristo y rinden homenaje a un hecho trascendental de la historia humana.
 
A partir de la quincena de diciembre, el entorno de la plaza central trujillana adquiere el color y la alegría propios de las fiestas de fin de año y una veintena de empresas colaboran con los adornos que captan la atención de chicos y grandes por igual.
 
Con el fin de preservar el estado de las áreas verdes en un contexto en el que se habla de polución y cambio climático, desde el año 2002 se utilizan árboles artificiales. El cambio ha sido bien recibido por los asistentes que valoran el cuidado de la ecología.
 
Es realmente emocionante observar a familias de toda clase social mezclarse con armonía y saludar con admiración la iniciativa que ha cambiado el rostro circunspecto del Trujillo heterogéneo que recién hoy podemos observar.
 
Si anteriormentese mencionaba al centro de la ciudad como un lugar de encuentros elitistas, ese panorama cambió con la presencia de un festival que junta a propios y foráneos sin distinción.
 
Sin duda, la Navidad es símbolo de paz y amor en todo el mundo, pero en Trujillo es también sinónimo de luz y color que irradia su fulgor a todos los corazones norteños.
 
Por: Julia Góngora

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