Leonie Van Iersel, holandesa de 40 años, visita Manchay para dictar clases de yoga a un grupo de niños. | Fuente: La otra ruta

Por: Verónica Ramírez Muro

Fotos: Morgana Vargas Llosa

En el salón comunal del sector La Unión de Manchay, en el distrito de Pachacámac, se apilan las esterillas que los niños y niñas desenrollan y ubican alrededor de un circulo imaginario. Leoni se ubica en el centro de este círculo e inicia la clase con los ojos cerrados y las manos juntas, que luego elevará al cielo para saludar al sol. Como si fuera un espejo, los pequeños replican todos sus movimientos con ligeras variaciones.

Desde hace casi 2 años, Leonie Van Iersel, holandesa de 40 años, visita Manchay para dictar clases de yoga a un grupo de niños y niñas. La primera vez que llegó hasta aquí fue para realizar un voluntariado en el colegio San Pablo, donde enseñaba inglés y algo de matemáticas. En los recreos empezó a practicar algunas posturas de yoga con los niños y en poco tiempo despertó la curiosidad de alumnos de todas las edades, de profesores y de auxiliares con deseos de realizar las posturas de la montaña, del perro mirando hacia abajo, de la silla, del guerrero, del niño o de la cobra.

“Mi corazón me trajo hasta aquí”, dice Leonie. “Vine a Perú y pensé que podría empezar mi proyecto dentro de 10 años. Primero aprendería español y me integraría, pero las cosas fueron mucho más rápido de lo que pensaba y en 6 meses ya teníamos un fundación en Holanda y luego otra en Lima”, recuerda.

El proyecto al que se refiere es el primer colegio holístico del Perú, un lugar donde, además de seguir el currículo nacional del Ministerio de Educación, tendrá como objetivos principales “una educación integral que incluya el desarrollo de la sabiduría, la compasión y la felicidad, que implique vernos a nosotros mismos en relación a los demás en lugar de vernos a nosotros mismos como egos aislados”, dice.

La misión, continúa Leonie, es “contribuir al desarrollo de seres humanos sanos, responsables y creativos que se den cuenta de la plenitud de su potencial en términos de expresión creativa y participación activa en nuestra sociedad civil”.

Miss Yoga en Manchay

Leonie nos lleva al terreno que la comunidad le ha cedido por 15 años para construir el colegio. Se ubica en un terreno elevado, desde donde se ven los asentamientos humanos que alfombran los cerros hasta la cima. Hasta mediados de los años 80 todo esto era piedra y desierto, un territorio de canteras frecuentado por corredores de motos y miembros del Ejército que realizaban entrenamientos con tanques de combate.

En total, Manchay, que hoy forma parte de un distrito donde viven más de 130,000 habitantes, está dividido en 121 sectores. Cada sector cuenta con su propia agenda de necesidades que solucionan a partir de una organización vecinal ajena a la municipalidad. Los vecinos aportan una cuota mensual no obligatoria que se utiliza para obras de bien público, como el salón comunal. También ofrecen alimentación o ayuda económica a las familias más necesitadas.

María Esther Huamaní, de 53 años, es la asistente social del sector La Unión, que agrupa a un promedio de 800 familias. “No tenemos áreas infantiles. No tenemos nada. Nuestra labor es apoyar a nuestros niños y jóvenes y salvarlos del lugar en el que estamos. Acá hay mucha drogadicción y delincuencia”, dice.

En este escenario de pistas de tierra y construcciones sin terminar apareció un día “una señorita del extranjero para hablar de algo que nunca habíamos escuchado antes. Pensamos: todo lo que sea beneficioso para nuestros niños y niñas, bienvenido sea. Leonie tiene las puertas abiertas”, dice María Esther antes de convocar por megafonía a los niños y niñas que quieran participar en la clase de “Miss Yoga”.  

El inicio de todo

Leonie se graduó en educación primaria y especial en Holanda y llegó a ser subdirectora del colegio. Tenía una vida cómoda en Holanda, un lugar donde “todo está tan bien organizado que sabes perfectamente lo que vas a hacer el siguiente año”. Pero su sueño no tenía nada que ver con las certezas. Ella quería “marcar una diferencia y contribuir a un mundo mejor”.

En la búsqueda de ese propósito realizó un viaje a Nicaragua para dedicarse íntegramente a la práctica del yoga y, en el camino, decidió crear un plan alineado con su interés supremo: “ser capaz de alcanzar mi corazón”. Al volver a Holanda incorporó el yoga al colegio donde enseñaba, pero una hernia de disco la mantuvo en cama durante un largo periodo de reflexión. Ya casi recuperada, aplicó a un trabajo en un colegio holandés en Lima y en marzo de 2017 dejó familia, casa, trabajo y amigos para volar a Perú y perseguir su propósito.

Así fue cómo nació Con Pazion, nombre derivado de dos virtudes pilares para Leonie: la paz y la compasión. Y así fue como una práctica remota, cuyos orígenes algunos sitúan hace 35 siglos y otros –como los hinduistas- consideran simplemente eterno, llegó a un grupo de familias de Manchay.

A través de la práctica, Leonie descubrió que para los pequeños habitantes de Manchay las privaciones no solo tenían que ver con la escasez de recursos sino también con carencias afectivas. “Quiero ayudar a que los niños crezcan sanos, felices, conscientes y con un buen nivel de educación”, dice.

Un día de clases

La profesora Isabel Timoteo, del Centro Educativo Inicial Los Jardines, prepara a los niños y niñas para la clase de yoga. “Los niños son de por sí inquietos”, dice la profesora Timoteo, “lo que nosotras hemos podido ver es que después de las clases terminan relajados, pero también aprenden a esperar su turno, a tener paciencia”.

Las clases de hoy están a cargo de dos voluntarias que contactaron a Leonie a través de las redes sociales. Akemi Ayala, de 27 años, es una de ellas. “Yo encontré que los niños necesitaban mucho cariño. Tienen muchos problemas en casa, sus padres necesitan trabajar y ellos no reciben toda la atención necesaria. No solo se trata de darles una clase sino de crear un sentido de comunidad, un sentido de familia con ellos”, dice.

Yoga, que en sánscrito significa unión, se puede percibir como una rutina de posturas (asanas) que busca la reducción del estrés, la flexibilidad y la fortaleza física, pero hay un conocimiento mucho más hondo, una dimensión espiritual relacionada a la trascendencia, la meditación y la armonía. Eso es lo que Leonie busca para sus alumnos en Manchay.

“He podido ver cómo los niños han crecido, han reforzado su autoestima y por un momento se han olvidado de sus problemas. Es muy hermoso ver cómo trabajan juntos, se dan la mano y se apoyan mutuamente cuando practican”, dice.

Inhala, abre. Exhala, cierra. Los niños y niñas tienen una facilidad inmensa para seguir las posturas, guiados por el ritmo de una respiración pausada y profunda. Andrés ha aprendido a hacer la postura del cuervo y Alanis se planta en un pie como un árbol profundamente enraizado. Los murmullos y las risas infantiles se silencian bajo el sol de media tarde y algo parecido a la calma se respira de pronto en Manchay. Si el yoga es unión, Leonie ha creado una sólida cadena, compuesta por cosas imposibles de tocar como el amor, la solidaridad o la voluntad de transformar el mundo. Efectivamente, debió ser su corazón el que la trajo hasta aquí.

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