Una solución democrática

Solicitar la intervención militar en Venezuela es lo mismo que avalar la violencia como recurso legítimo de la democracia y la supresión de los derechos humanos como política oficial de Estado.

Es sensato reconocer que Venezuela protagoniza una de las crisis más agudas del continente, aunque no tan aguda ni tan intensa como la que vive Haití en estos mismos días. Con todo, la crisis se ha vuelto más profunda en las últimas semanas. La recurrente presión internacional ha contribuido a poner de relieve el cariz cada vez más autoritario, corrupto, clientelar y populista que distingue al régimen de Nicolás Maduro, que ha demostrado pésimo tino en la dirección del país: cuando el 60 % de la población infantil sufre desnutrición a causa de las políticas de Estado, lo sensato es ceder la posta. Empero, la sumatoria de las causas internas e intrínsecas de la crisis venezolana, en modo alguno justifica una solución militarizada.

Disturbios hace unos días en el municipio venezolano de Ureña, fronterizo con Colombia. | Fuente: EFE | Fotógrafo: Héctor Pereira

La situación en Venezuela es más compleja de lo que parece y hace falta, sin duda, un debate amplio que se procure un entendimiento honesto y verdadero de su problemática, pues dicho entendimiento constituye la antesala necesaria para concebir y alumbrar genuinas soluciones democráticas, pacíficas y consensuadas. Solo el diálogo auténtico permite la clarificación de las ideas y la apertura de un horizonte de nuevas posibilidades. Por lo pronto, los expertos avanzan en esa línea. Recientemente, desde diciembre de 2018, gracias al esfuerzo conjunto de la Fundación Konrad Adenauer, el Instituto de Ética y Desarrollo de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, la Organización Internacional para las Migraciones y el Observatorio Iberoamericano sobre Movilidad Humana, Migraciones y Desarrollo, está en circulación el libro editado por José Koechlin y Joaquín Eguren, titulado El éxodo venezolano: entre el exilio y la emigración.

El libro reúne una serie de estudios que permiten entender la migración como una respuesta forzada de la ciudadanía a la crisis venezolana. Los artículos concentran su análisis, sobre todo, en los países que han recibido los mayores flujos migratorios, a saber: Colombia, Perú, Brasil, Argentina, Chile, Uruguay, México, República Dominicana y España, dejando para otro contexto el análisis de la situación en Paraguay, Bolivia, Ecuador, Panamá y Costa Rica. Empero, los datos analizados permiten aproximarse a una perspectiva iberoamericana que procura la comprensión de un fenómeno social sin precedentes modernos en América Latina, como señalan Joaquín Eguren y Cecilia Estrada en el último ensayo.

En conjunto, los estudios reunidos permiten entender que las causas de la migración son, cuando menos, de tres órdenes íntimamente relacionados: económico, social y político. En principio, los migrantes venezolanos manifiestan que la dificultad de acceder a un salario repercute en el acceso a alimentos y medicinas, que se hacen inasequibles y generan una sensación de inestabilidad e inseguridad permanente. Además, la inseguridad en las calles y la militarización progresiva del régimen alimentan la precariedad y sirven para imponer el miedo en la población, buscando inhibirla de protestar y reclamar con la amenaza perenne de la represión.

Aun así, la intervención militar de un ejército extranjero no es la mejor solución para la crisis de Venezuela, pues es posible fortalecer su debilitada base democrática: el desafío es averiguar cómo.

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