El gobierno no es la solución, el gobierno es el problema

¿Se equivocó Reagan?

Norberto Barreto

Norberto Barreto

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La frase es lapidaria. La pronunció  Ronald Reagan el día de su juramentación como presidente de Estados Unidos: Goverment is not the solution to our problem, goverment is the problem (El gobierno no es la solución nuestro problema, el gobierno es el problema). Las palabras de Reagan marcaban el triunfo de Hayek y del llamado neoliberalismo. Bajo esa consigna han transcurrido casi cuarenta años de globalización dura, periodo en el no que chorreó riqueza, sino que, por el contrario, se concentró y aumentaron esas terribles y eternas hermanas siamesas: pobreza y desigualdad. Hoy que con creciente horror y frustración enfrentamos la amenaza de una pandemia, descubrimos, o tal vez confirmamos que, Reagan estaba equivocado, pues no hay solución para ese y otros graves problemas que enfrentamos como especie, sin la participación de un gobierno efectivo, capaz, bien articulado.

En el caso que mejor conozco, el estadounidense, siempre me ha molestado cómo los detractores del gobierno federal son los mismos que, tras un desastre natural o crisis económica,  claman y hasta exigen por los helicópteros militares, las ayudas económicas y los paquetes de rescate. Sólo cuando el agua le llega al cuello o están a punto de quebrar sus empresas, les parece correcta la intervención del Estado.  Antes de eso, rechazan la regulación, bendicen la destrucción de la educación pública, miran hacia otro lado para no ver a los sin casa; en fin, rinden culto a uno de los dioses medulares del neoliberalismo: el individualismo.

En gran parte de los países desarrollados, este periodo fue testigo de cómo se privatizaron servicios básicos como la educación y la salud pública, convirtiéndoles en privilegios de algunos y afectando su calidad y alcance.
En gran parte de los países desarrollados, este periodo fue testigo de cómo se privatizaron servicios básicos como la educación y la salud pública, convirtiéndoles en privilegios de algunos y afectando su calidad y alcance. | Fuente: EFE

En gran parte de los países desarrollados, este periodo fue testigo de cómo se privatizaron servicios básicos como la educación y la salud pública, convirtiéndoles en privilegios de algunos y afectando su calidad y alcance. Donde no se privatizó se redujo el gasto público, especialmente, en periodos de crisis. De los efectos de la austeridad pueden dar testimonios griegos, españoles y portugueses.  La salud se convirtió así en un negocio orientado al lucro, no al servicio.

En algunos países no desarrollados se generó crecimiento económico, pero no desarrollo, es decir, no hubo un cambio cualitativo en la vida de sus ciudadanos ni en su relación con el Estado.  Tampoco se reforzó la capacidad del Estado para atender las necesidades de sus ciudadanos. Tal vez el efecto más nefasto haya sido a nivel ideológico, pues presa de la ideología liberal, sus autoridades -y no pocos ciudadanos- son incapaces de  tomar o apoyar medidas básicas, no digamos radicales, para defender a su sociedad de las limitaciones del mercado en estos momentos de crisis. Dejamos atrás el culto al Estado para adorar al becerro del mercado.

Reagan se equivocó, el gobierno no es el problema, sino una parte fundamental de la solución.

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