¿El país de las sorpresas?

No podemos seguir naturalizando que Perú es un país impredecible. Es fundamental desprenderse de esa idea, dejar de indignarse de la impredecibilidad para reconocer que no es un problema de la naturaleza del objeto sino de la ignorancia del observador y que nuestros movimientos políticos son los principales ignorantes allí.

Muchos dicen que en el Perú todo es posible, pero la verdad es que Perú no es el país de las sorpresas sino el país de la incomprensión.

Algo es impredecible porque no se cuenta con un modelo para entenderlo y por tanto predecir su conducta. La naturaleza siempre tiene un nivel de incertidumbre, mayor o menor de acuerdo al fenómeno del que se trate, y en gran medida debido a la distancia entre nuestro razonamiento y la compleja realidad externa o interna. Sin olvidar ese nivel de incertidumbre podemos afirmar que lo impredecible no depende tanto de su naturaleza sino de la incapacidad para comprender el fenómeno.

Cuando decimos que el Perú es impredecible parece que damos a entender que su naturaleza es esa.  La de ir cambiando de manera irracional, aleatoriamente o sin sentido. Pero ese es un gran error.  Uno ve desorden donde no conoce el patrón, pero cuando el patrón salta a la vista uno puede ver el orden, las razones y predecir el movimiento.

Perú no es un país impredecible; es un país desconocido e incomprendido.

Ningún movimiento político pudo captar el movimiento del 14 de noviembre. Ninguno supo canalizar la indignación colectiva que exigía un cambio en el pacto social, un cambio en las formas de vincularse con la política. Mucho quisieron adaptar la masa a sus propias agendas (como el cambio de constitución, por ejemplo) pero ese intento de reducir la movilización a sus propias lógicas resultó infructífero.

Los candidatos que pasan a segunda vuelta han sido elegidos por menos de un tercio de la población y el electorado que los apoya fue cambiando día a día en una inestabilidad que refleja la falta de identificación con sus propuestas. | Fuente: Andina

Los candidatos que pasan a segunda vuelta han sido elegidos por menos de un tercio de la población y el electorado que los apoya fue cambiando día a día en una inestabilidad que refleja la falta de identificación con sus propuestas. Es así que vamos camino a una segunda vuelta que no representa a nuestro país.

Un país incomprendido cuyos políticos no han podido entender y no han sido capaces de salir de su propio narcisismo. Creen que saben y que conocen el mejor discurso para vender, pero la verdad es que no saben, no entienden. Sus proyectos son construidos desde sus propios deseos y desde sus propios prejuicios sobre la población. Desde sus puntos de vista sesgados pocos han aprendido las virtudes de la tolerancia y la equidad. Incapaces de generar discursos que respeten y revaloren las diferencias étnicas y culturales, no logran aglutinar más que pequeños grupos o a través del miedo a una peor opción ¿Aprenderemos algún día a ser democráticos y dejar de intentar homogenizar a los otros?

El Perú reclama ser entendido y como decía mi padre, Alberto Flores Galindo, no se puede aplicar aquí modelos externos es necesario crear algo nuevo y su reclamo de hace más de 30 años sigue sin obtener respuesta hoy en día.

 

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