Piedad Bonnett participará en la Gala de poesía de esta nueva edición del Hay Festival Arequipa 2022
Piedad Bonnett participará en la Gala de poesía de esta nueva edición del Hay Festival Arequipa 2022 | Fuente: EFE

Desde su publicación en 2013, ´Lo que no tiene nombre´ se ha ganado el membrete de baluarte de la literatura testimonial latinoamericana—si es que existe algo así como la literatura testimonial latinoamericana o ya de golpe la literatura latinoamericana— y ha llegado a ojos y manos de los lectores más dispares. La culpable del libro, Piedad Bonnett, explica que gran parte del éxito de este subgénero está motivado por el morbo y que otro tanto proviene de la empatía.

Sin embargo, la escritora colombiana ha construido un corpus literario bastante más amplio que alimenta desde hace ya más de 30 años: la poesía. Empezó en 1989 con el poemario ´De círculo y ceniza´ y llega hasta el 2022 con su última novela, ´Qué hacer con estos pedazos´. La autora partipará en el Hay Festival Arequipa 2022, que se llevará a cabo del 3 al 6 de noviembre en la ciudad blanca.

La culpa, la pérdida, el duelo, el fracaso son temas de los que Bonnett se considera devota. Pero es otro el elemento que estimula los engranajes de la literatura. La verdadera fe está en el lenguaje.

¿Cómo fue tu infancia? ¿La relación con tus padres y con la religión? ¿Adoptaste la culpa?

Yo me crie como creo que tantos colombianos y peruanos, en una casa de gente creyente. Pero no vivíamos la religión de una manera muy opresiva. Sí, claro, todo el entorno lo que de alguna manera comunicaba era una noción de pecado, culpa y posible castigo, infierno, todo eso con lo que criaron a la gente de mi generación. Entonces yo desde muy chiquita sentí esa aprensión de que no vaya a tener malos pensamientos, de que me podía morir e ir al infierno. Todas esas amenazas estúpidas de una religión mal concebida y mal enseñada. Pero en mi casa eso se vivía como una realidad más, no de manera opresiva.

Luego yo muy rápido me desenganché de la religión. En la adolescencia empecé a leer mucho y a descreer de muchas cosas. Y también a oponerme a un autoritarismo que prevalecía en mi entorno. Mi papá era muy autoritario, la educación era autoritaria. Y Dios era una figura, si bien un poco consoladora, amenazante. Pero, sobre todo, mi racionalidad me dijo que ahí había algo que yo no creía del todo. Y me desprendí de la religión con cierto dolor, porque queda uno abandonado cuando deja de creer.

Contabas que habías tenido que moderarte porque tiendes a decir la verdad sin pensar si puede afectar a los demás. ¿Es la literatura un lugar donde se puede ser totalmente sincero?

En la literatura el tema de la sinceridad funciona en ciertos momentos. Cuando tú te decides a hacer una literatura confesional, como la de Annie Ernaux, ahí hay un compromiso con la verdad y eso te exige una honestidad. Y también corres un riesgo, porque mucha gente se puede mortificar con lo que tú dices. Cuando haces ficción ese compromiso con la verdad no existe y puedes camuflar las cosas más personales en los personajes y tramitarlas ahí. Hay un componente de imaginación y nadie sabe hasta dónde eso te pertenece o no.

Más de una vez he oído a narradores que en lo íntimo se sienten poetas o que han desistido de escribir poesía para consolarse en la narrativa. En tu caso, publicaste tu primera novela 12 años después de tu primer poemario. ¿Cómo te consideras tú?

Ahora ya no sé contestar esa pregunta. Hubo un momento de la vida en que yo decía que me sentía más poeta. Y yo te podría decir que siento que tengo un pensamiento analógico propio de los poetas en el sentido que puedo liberar el lenguaje de un montón de opresiones y hacerlo hablar como habla la poesía. Aprender a ser poeta es muy difícil, pero sí se puede aprender a ser narrador. Si tienes qué decir, muchas lecturas y mucha vocación, vas aprendiendo cómo se hace la narrativa. Puede que no seas brillante si no tienes el don, pero puedes hacer cosas bastante decorosas y que a la gente le guste.

´Lo que no tiene nombre´ es quizá el libro que a más personas ha llegado y ha alcanzado a un nicho de lectores que no buscan únicamente una historia, sino un testimonio. ¿Piensa el autor en los posibles lectores durante el proceso de escritura?

La literatura testimonial siempre le ha gustado a la gente. Hoy hay mucho interés en lo testimonial y creo que tiene que ver con la forma en cómo nos estamos comunicando a través de las redes. Por un lado, hay una cierta morbosidad y por otro, un interés de confrontar lo propio con lo de otro. Y eso viene en el envase de la literatura, con un lenguaje más afinado y una sensibilidad más grande. Ahí el proceso de significación tiene más peso.

´Lo que no tiene nombre´ no es una novela. Es un libro testimonial. Por eso yo nunca lo mandé a concursar y tuve mucha dificultad porque tampoco los libreros sabían cómo ponerlo. Tampoco es un ensayo, sino literatura autobiográfica. Nació de la necesidad de contar una historia muy poderosa; es decir, nació del sitio de donde nace toda la narrativa en un escritor, que es que tú vislumbras que hay algo muy fuerte que puedes contar y que eso que vas a contar tiene mucho sentido y va a poner el dedo en la llaga de muchas cosas. Con cualquier libro tú sientes eso. Ahora este libro, que era mucho más íntimo, implicaba más riesgos desde el punto de vista del respeto de la memoria de Daniel y de la gente que me rodea, pero mucho menos riesgos desde el punto de vista narrativo, porque yo tenía la historia completa. No era sino manejar ese material con talento. Por un lado era muy difícil la tarea, pero de alguna manera yo ya tenía un dominio del conjunto de las cosas.

¿Has intentado abordar el suicidio desde el lado teórico? Pienso, por ejemplo, en los trabajos de John Donne, Al Alvarez.

Para nada. Eso tiene sus expertos y conocedores. Está en el terreno de la medicina. Eso está muy tratado por los que lo saben. Yo me sigo considerando una persona ignorante del suicidio. A mí me llaman mucho a que hable del suicidio, pero yo hablo desde un lugar que no es el del especialista, sino de la persona que ha tenido la experiencia cerca y, sobre todo, que defiende el suicidio como una opción humana. Esa es mi postura. También dejando en claro que hay políticas de prevención del suicidio. No es que piense que todo el que se quiera suicidar, que se suicide. Hay muchos casos en que la gente se puede salvar. Pero también tengo claro que hay muchos que lo intentan una y otra vez y finalmente lo consiguen y que nadie puede detener ese proceso. Es desde ahí que yo puedo hablar del suicidio.

Además de ser un tópico importante en ´Lo que no tiene nombre´, la idea de la pérdida recorre el cuerpo de tu obra poética y narrativa. ¿Sientes que podría ser el eje central de tu literatura?

Sí, pero llevándolo a otros territorios. La noción de la muerte está siempre ahí en mi poesía. La pérdida amorosa también. Ese es otro de los temas importantes. Y también de la pérdida de la infancia. Pero creo que hay otros temas ahí que hacen que el lector no tenga la sensación de que eso es lo que prevalece. Por ejemplo, mi última novela es sobre las relaciones familiares. Ahí el tema no es la pérdida. Hay otro tipo de conflictos. No quisiera tampoco perpetuarme en ese concepto. Tengo novelas sobre otras cosas.

“A veces basta tirar una piedra sobre un tejado para que una casa se desmorone”, dice justamente el narrador de ´Qué hacer con estos pedazos´, tu última novela. ¿Qué hiciste tú con esos pedazos?

La literatura nace mucho del concepto de crisis. Y cuando hay crisis, necesariamente hay pedazos. Ahí lo que hace la novela es reconstruir un mundo y en esa reconstrucción hay que amarrar esos pedazos. Pero para darle significación y no porque la literatura restaure nada, sino más bien porque muestra hasta dónde pueden llegar los destrozos en una sociedad o en un alma. 

 


¿Cómo ves al concepto de autoficción? Hay, como en todo, críticos y entusiastas. No obstante, la última concesión del premio Nobel a Annie Ernaux parece legitimar el género. ¿Cómo lo ves tú?

Ahí hay que hacer una distinción. La autoficción se parece mucho a lo que ha sido la literatura tradicional. Por eso está la palabra ficción ahí. Yo tengo una novela que se llama ´El prestigio de la belleza´, que la presenté como una autobiografía falsa. Es decir, hay muchos elementos reales, autobiográficos, pero que yo no los presenté así, porque hay gran parte de la novela que es pura imaginación. Entonces lo que yo quise fue engañar al lector, porque da la sensación de que fueran unas memorias, pero está presentado como una novela.

Lo otro es lo que hace Annie Ernaux, que es pura declaración de sus experiencias, que eso tiene justificación en el sentido en que muestra una sociedad. No es que ella se esté confesando así y quiera verterle a uno toda la mierda, sino que ella está mostrando unos manejos masculinos, unas mentalidades femeninas que van descubriendo que están colonizadas por el machismo. Lo que es muy interesante es que no es una exaltación idílica de las mujeres, sino que está mostrando un proceso de transición a una conciencia.

¿Y dónde está ese punto que divide el hecho simple de contar una historia y transformarla en literatura?

El lenguaje. No es lo mismo que yo esté sentada en una sala contando mis cosas. En el caso de Ernaux, hay un manejo del lenguaje muy seco y cortante, con frases muy lapidarias que nos permiten entrar en una serie de problemas, mientras que otros cuentan la intimidad de una manera mucho más literaria, proustiana, por decirlo así.

En mi caso, en el momento de escribir ´Lo que no tiene nombre´ apelé a algunos elementos de la literatura que quieren mostrar también la belleza del horror.

A mí me gusta que la gente esté gozando de la literatura, de la belleza del lenguaje y de su capacidad de ir al fondo de las cosas, sin edulcoramientos y tampoco sin cosas que parezcan puro ornamento. En ese sentido soy discípula de Proust, de Banville. Además, tengo alma de poeta y me gusta elaborar las imágenes, pero siempre cuidando de no caer en un alambicamiento que parezca que esté dando vueltas en relación con el lenguaje y no vaya a lo medular.

¿Crees que tu manejo con el lenguaje está íntimamente ligado con tu trabajo en poesía?

Sí, totalmente. Y hecho mucho de menos eso en la literatura contemporánea. Hay gente que lo hace extraordinariamente bien. Yo diría que Javier Marías es eso, es un poeta. Y García Márquez, por ejemplo, es un gran poeta.

Esa literatura muy escueta, muy realista, muy como pasando los lenguajes del cine a la literatura me parece que se queda corta, a menos que use recursos muy buenos de otra naturaleza, estructurales, por ejemplo.

¿Prefieres leer o releer?

Yo soy muy ávida de cosas nuevas, de conocer escritores nuevos. A veces me llevo muchos chascos, me frustro mucho. A veces me recomiendan libreros, los veo, los encargo y me vuelvo loca esperando los 15 días a que llegue el libro del nuevo, del novedoso, y de pronto me frustro. Claro, ahí están los clásicos que al releerlos me darían una satisfacción enorme. Pero quiero ver qué se está haciendo en el terreno de la literatura. Y a veces también tengo sorpresas muy buenas.

Ahora, yo leo de manera utilitaria. Ya llevo años leyendo para mi próximo proyecto, un proyecto que viene y que es largo, del que no quiero hablar mucho porque no conviene. Entonces voy leyendo los libros que me sirven para ello y los voy apilando porque los voy a releer en el momento en que esté escribiendo. Espero que la vida me de la oportunidad y tener dos años de concentración profunda en eso que quiero hacer.


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