La inercia teratológica

Mary Shelley estableció el arquetipo de lo “monstruoso”, personificado en una criatura desproporcionada, compuesta de trozos de otros cuerpos, presumiblemente de cadáveres. Así, el “monstruo de Frankenstein”, sin nombre propio, deambulaba sin rumbo, asesinando, incluso, a su propio creador.

El concepto “teratológico” suele ser utilizado en los estudios biológicos, tanto zoológicos como de anatomía humana. Y está referido a las malformaciones físicas que alteran radicalmente una forma originaria, debido a causas internas o externas. La visión de estas deformaciones son a menudo una experiencia chocante, sobre todo si la sensibilidad no está habituada a tales presentaciones.

El filósofo y arquitecto francés Paul Virilio (1932-2018) usó este concepto dentro del ámbito de la reflexión filosófica y de la teoría social, para referirse al tipo de personas que por un deseo manifiesto tratan de deformar su propia apariencia o deforman a otras especies (como los artistas Orlan y Stelarc). Para Virilio, la tecnología de las últimas décadas, le había otorgado al ser humano la capacidad de intervenir en su propia constitución física, creando las condiciones para la aparición de seres teratológicos.

Pero Virilio no se quedó solo en la cuestión formal. Para él, la condición teratológica era una metáfora social, donde las prácticas culturales desbordadas y aceleradas al máximo (dromología), no permitían la fusión pausada de lo diverso para dar lugar a la aparición de nuevas culturas. Es decir, bajo esta perspectiva, ni siquiera serían posibles las “culturas híbridas” que hicieron famoso a García Canclini. La “cultura teratológica”, más bien, estaría formaba por sujetos, espacios y objetos, como el Frankenstein de Mary Shelley: realidades personales y colectivas, hechas de trozos de diverso origen y medio, donde -por la velocidad y el vértigo- no existe una asimilación paulatina de lo diverso. El resultado: pegotes socioculturales sobrepuestos, sujetos/objetos indefinidos que anuncian la “generación de lo monstruoso”. Por ello resulta muy interesante que “el monstruo de Frankenstein” carezca de nombre y que, por ello, casi no tenga memoria ¿Cómo tener memoria de sí mismo si no se es algo o alguien?

| Fuente: Freeimages

La inscripción del Oráculo de Delfos, “Conócete a ti mismo”, enunciada por tantos en la antigua Grecia, tenía como finalidad alertar moralmente a los que querían indagar sobre su futuro sin “conocerse”. Pues la apertura hacia el futuro y, por lo tanto, a la esperanza, solo es posible si hay indicios claros de autoconocimiento. El futuro no está abierto para aquellos que no saben quiénes son.

Lo más perturbador de la cultura teratológica es que al incidir en la indefinición se osifica. Así, lo monstruoso nos lleva a la inercia, a la inacción. Mientras más retazos configuran ese espacio, ese cuerpo, esa mente, las probabilidades de acción proyectiva se diluyen. Por eso el “terato” (el monstruo), no se aventura a la lucha por el futuro; no se ilusiona, porque no es nada definido. En ese mundo teratológico, lo justo o injusto, el bien o mal, no tienen lugar. Hay algo de “dantesco” en todo esto. El peor de los monstruos infernales, Lucifer, está congelado en el “cocito” (el lago de hielo que se congela por el movimiento de sus alas). Torpe, maltrecho e idiotizado, devora a los tres grandes traidores.

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