Delincuentes: ¿nacen o se hacen?

Antes de cumplir los 18 años, un 32% de reos “primerizos” ya tenía amigos que delinquían. Entre los “reincidentes”, el 59% tuvo este tipo de malas juntas siendo menor de edad.

Mientras que algunos entran al delito por seguir el mal camino que sus padres o amigos les mostraron, otros delinquen como excepción (oveja negra) en familias sin rastro de problemas con la justicia. La pregunta deviene natural: ¿los delincuentes nacen o se hacen? La respuesta es que ambos factores influyen. Algunos aprenden en el camino de la vida. Otros nacen con una predisposición a delinquir.

Empecemos con la tesis de que el crimen se aprende. Ser delincuente es un oficio que se aprende esencialmente en los medios en que uno vive y socializa. Dos son los espacios donde este aprendizaje delictivo es más fuerte: el hogar y los amigos (pares). Padres que han tenido por costumbre delinquir tienen mayor probabilidad de criar hijos que luego también delinquirán. Los hijos aprenden a comportarse por imitación o no reciben en su crianza las habilidades necesarias para asimilar las diferencias entre lo bueno y lo malo, o simplemente para frenar lo malo. De ahí que importe mucho el ambiente en el que uno crece, incluyendo el de los familiares.

De cada cien reos que por primera vez han ingresado en un penal (“primerizos”), 26 tienen familiares que también han estado privados de libertad. De cada cien reos que han estado más de una vez en la cárcel (“reincidentes”), una proporción mayor (43) tiene familiares que alguna vez han estado presos | Fuente: Andina

Algunos datos de nuestras cárceles son muy ilustrativos: de cada cien reos que por primera vez han ingresado en un penal (“primerizos”), 26 tienen familiares que también han estado privados de libertad. De cada cien reos que han estado más de una vez en la cárcel (“reincidentes”), una proporción mayor (43) tiene familiares que alguna vez han estado presos (datos del Censo de Establecimientos Penitenciarios, 2016).

¿Quién no hizo algo malo en su adolescencia por “culpa” de un mal amigo? Los amigos –o malas juntas– también ejercen un peso relevante en la probabilidad de delinquir. La misma fuente ofrece datos de sustento para el Perú. Antes de cumplir los 18 años, un 32% de reos “primerizos” ya tenía amigos que delinquían. Entre los “reincidentes”, el 59% tuvo este tipo de malas juntas siendo menor de edad.

El problema se complejiza cuando estos espacios –familia y amigos– arrastran otras prácticas: consumo de alcohol, drogas, acceso a armas, violencia familiar, etcétera. Pero el problema es mayor aún porque todas estas características se refuerzan entre sí. Es decir, se potencian hasta multiplicar la probabilidad de cometer delitos (y seguir cometiendo más delitos).

Así es que algunos delincuentes se hacen. Otros, en cambio, nacen. Si algunos cometen un delito tras otro es porque nacen con una tendencia latente a hacerlo. Es la tesis de los genes. Para responderlo, Hjalmarsson y Lindquist* realizaron una investigación particular. Emplearon más de cuatro décadas de registros criminales de personas adoptadas y los cruzaron con los registros criminales de sus padres naturales (¿nacen?) y adoptivos (¿se hacen?).

Hallaron que las condiciones prenatales (características de los padres biológicos) influyen en la probabilidad de cometer delitos violentos y contra la propiedad (en los hijos adoptados). ¿Por qué? Según los autores, son dos factores. Primero, los genes. Ciertas condiciones y desórdenes mentales son hereditarios (antisociabilidad, esquizofrenia, alcoholismo, desorden de atención e hiperactividad…) y presentan asociaciones con conductas delictivas y antisociales. Segundo, los genes influyen, pero también cómo se llevó el embarazo. Un cuidado pobre (consumo de drogas y alcohol, enfermedades en la madre) tiene un doble efecto: afecta el peso al nacer, la cognición y la salud física y mental del recién nacido, y a largo plazo esto eleva el riesgo de cometer delitos.

Pero ¿qué influye más? ¿Los medios de socialización o los genes? Hjalmarsson y Lindquist hallaron que el efecto de los padres adoptivos (tesis del “medio en que uno vive y socializa”) es mayor que el de los padres biológicos.

Tomemos todos estos resultados con el debido cuidado. Por un lado, acumular malos padres y malas juntas no me hace necesariamente delincuente. Hay muchos mecanismos que a lo largo de la vida lo evitan. Por otro lado, para exagerar el ejemplo, tener padres asesinos no convierte inevitablemente a una persona en otro asesino. 

Más allá de lo evidente, varias lecciones son importantes: mejorar las condiciones durante el embarazo, proveer servicios de salud mental de calidad, introducir desde la escuela programas efectivos de control de consumo de drogas y alcohol, etcétera. Pero, por encima de todo, hay que ser conscientes de que la delincuencia de hoy no es agenda única del Ministerio del Interior ni de la Policía. Hay mucha responsabilidad en los sectores sociales del Estado y en las familias. Y eso hay que enfatizarlo.

* Hjalmarsson, R. & Lindquist, M. (2013). The origins of intergenerational associations in crime: Lessons from Swedish adoption data. Labour Economics, 20, 68-81. http://bit.ly/2SHXAu7

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